Es una santa Carmelita, Doctora de la Iglesia y Patrona de las misiones. En este blog podréis encontrar sus obras completas: su autobiografía, escritos, cartas, poesías etc...
martes, 24 de diciembre de 2019
NO PACTAR CON EL MUNDO (RENUNCIAMIENTO)
Cuando, desterrada en el mundo, me veía obligada a seguir la corriente del ambiente en que vivía, mi querida Teresita probaba una pena profunda; sobre todo un día en que había de asistir a una velada de baile.
Lloró, me dijo, como nunca había llorado, y me rogó que la visitase para hacerme sus recomendaciones. Como me pareciese que exageraba un poco y que era demasiado severa, pues no hay que ponerse en ridículo, ella se mostró indignada y me dijo con energía:
«¡Oh, Celina! Considera la conducta de los tres jóvenes Hebreos, que prefirieron ser arrojados en un horno ardiente antes que doblar la rodilla delante de la estatua de oro; y tú, la esposa de Jesús, ¿quieres pactar con el mundo, adorar su ídolo entregándote a placeres peligrosos? Acuérdate de lo que te digo de parte de Dios; mira cómo recompensó la fidelidad de sus servidores y trata de imitarles».
Después de tomar la firme resolución de no bailar, y no sabiendo cómo arreglármelas para poner en práctica mis designios, me metí en el bolsillo un gran crucifijo y recé una fervorosa plegaria. Estaba la velada casi terminada y había resistido todo el tiempo a las apremiantes. solicitaciones que se me habían hecho, hasta el punto de disgustar a ciertas personas, cuando, yo no sé cómo, me vi arrastrada por un joven. Pero me fue imposible ejecutar un sólo paso de baile. Era verdaderamente extraño. Cada vez que la música se reanudaba, el pobre señor trataba de lanzarse, y yo hacía verdaderamente lo posible; ¡trabajo inútil! Por fin, después de pasearse conmigo muy religiosamente, se esquivó, rojo de confusión. En cuanto a mí, no me hallaba en manera alguna turbada, y me volví muy contenta entre las señoras que estaban de mironas y a quienes divertí mucho contándoles mi aventura.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
SACRIFICIO DE LOS AFECTOS FAMILIARES
Un nuevo ejemplo de su desapego resalta de su conducta cuando sacaban alguna fotografía de un grupo de Comunidad.
Estando encargada yo de preparar el aparato, cuando era llegado el momento de colocarme no hallaba lugar disponible entre las novicias, por haberse ya éstas reunido en torno de nuestra Maestra de manera que pudiesen estar lo más cerca posible de ella.
Mi querida Hermanita las dejaba hacer, no sin lamentar, sin embargo, alguna vez, el que no tuviesen la delicadeza de proporcionarnos la dicha de estar la una cerca de la otra.
Me confesó que esto le había hecho sufrir.
Estando encargada yo de preparar el aparato, cuando era llegado el momento de colocarme no hallaba lugar disponible entre las novicias, por haberse ya éstas reunido en torno de nuestra Maestra de manera que pudiesen estar lo más cerca posible de ella.
Mi querida Hermanita las dejaba hacer, no sin lamentar, sin embargo, alguna vez, el que no tuviesen la delicadeza de proporcionarnos la dicha de estar la una cerca de la otra.
Me confesó que esto le había hecho sufrir.
Una vez, no obstante, alteró este modo habitual de comportarse: fue en el grupo del lavado:
En aquella ocasión ella rogó a Sor Marta de Jesús que se alejase un poco para dejarme sitio.
En verdad, no hubiera sido posible encontrar un corazón más afectuoso que el suyo, pero sólo en la intimidad nos testimoniaba a nosotras, sus hermanas, toda su ternura.
Habiendo leído que ciertos Santos se alejaban de sus parientes por deseo de perfección o modificaban sus relaciones para con ellos, ella nos decía «que estaba muy gozosa de que hubiera muchas moradas (Juan 14, 2) en la casa de Dios», añadiendo que «la suya no sería la de los grandes santos, sino la de los pequeños, los cuales aman mucho a su familia».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
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LA COMUNIDAD DE LISIEUX A LA HORA DEL LAVADO
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LAS DOS MONJAS DEL CENTRO SON TERESITA A LA IZQUIERDA,
Y CELINA A LA DERECHA
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En aquella ocasión ella rogó a Sor Marta de Jesús que se alejase un poco para dejarme sitio.
En verdad, no hubiera sido posible encontrar un corazón más afectuoso que el suyo, pero sólo en la intimidad nos testimoniaba a nosotras, sus hermanas, toda su ternura.
Habiendo leído que ciertos Santos se alejaban de sus parientes por deseo de perfección o modificaban sus relaciones para con ellos, ella nos decía «que estaba muy gozosa de que hubiera muchas moradas (Juan 14, 2) en la casa de Dios», añadiendo que «la suya no sería la de los grandes santos, sino la de los pequeños, los cuales aman mucho a su familia».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
AMOR PROPIO
Durante su enfermedad imaginé, para aliviarla, toda una táctica, que llevé a la práctica tan rápidamente y le parecía tan ingeniosa que me miraba toda sorprendida.
Me agradeció entonces mi caritativa prontitud, mi destreza, y añadió:
«Si os hubiesen mandado esto, si hubiese sido idea de vuestra primera de oficio, ¿lo habríais ejecutado con tanta alegría?».
Y, desarrollando su pensamiento, me demostró lo muy inclinada que está la naturaleza a encontrar fácil lo que nace de la propia inspiración personal, mientras que por el contrario siempre hay peros y condiciones cuando se trata de adoptar las ideas de los otros. Así, vemos con buenos ojos los alivios que se dan a las demás cuando los hemos obtenido por nuestra mediación. Si no intervenimos en su concesión, ¡mil tentaciones se levantan en nuestro corazón, y hallamos modos de desaprobar todo aquello en lo que no hemos puesto las manos!».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
DESAPEGO
Cuando Sor Teresa estaba enferma se lo decía por obediencia a nuestra Madre, sin ocuparse de ser atendida o no, y si alguna cosa le faltaba, pensaba que Dios estaba seguro de su paciencia, de lo cual se enorgullecía y se gozaba.
«Cuando emprendáis un trabajo, me decía, es necesario que lo hagáis con desprendimiento, que permitáis que vuestras Hermanas os den consejos y aún que lo retoquen en vuestra ausencia, y que os hagan perder, en consecuencia, varias horas de esfuerzo si por ventura no tienen el mismo gusto que vos. Aun más: si vuestra labor, de esta suerte retocada, pierde valor, os debéis alegrar de ello, pues se ha de trabajar no tanto con el fin de realizar una obra perfecta cuanto con el de hacer la voluntad de Dios»
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
ABNEGACIÓN EN LAS VISITAS
En el locutorio escuchaba en silencio, no tomando la palabra más que cuando se le preguntaba. Su reserva era tal, que aun dentro de nuestra propia familia se la juzgaba insignificante, y se decía «que habiendo entrado demasiado joven en el convento, su instrucción había sido truncada, y que de ello se resentiría toda su vida».
«Cuando yo no sea ya de este mundo, nos dijo a nosotras, sus tres hermanas, cuidad de no vivir vida de familia, de no contaros nada de las visitas sin permiso, y ni aun de preguntar, a no ser que se trate de cosas útiles y no sólo divertidas».
En cuanto al locutorio, buscaba siempre el modo de esquivarse de él cuando preveía que iba a encontrar gusto, mientras que, por el contrario, se quedaba sin hacerse de rogar cuando se trataba de sacrificarse.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
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LOCUTORIO EN EL CONVENTO DE LA ENCARNACIÓN
DONDE HABLABAN SANTA TERESA DE ÁVILA Y SAN JUAN DE LA CRUZ
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En cuanto al locutorio, buscaba siempre el modo de esquivarse de él cuando preveía que iba a encontrar gusto, mientras que, por el contrario, se quedaba sin hacerse de rogar cuando se trataba de sacrificarse.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
CÓMO SANTIFICAR LAS RECREACIONES
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LA COMUNIDAD DEL CARMELO DE LISIEUX EN LA RECREACIÓN,
SANTA TERESITA ESTÁ DE PIE A LA IZQUIERDA, ES LA QUE SOBRESALE.
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«En la recreación, más que en parte alguna, decía Sor Teresa, hallaréis ocasión de ejercitar vuestra virtud.
Si queréis sacar de ella un gran provecho, no vayáis con la intención de recrearos, sino con la de recrear a las demás; practicad en ella un gran desapego de vos misma.
Por ejemplo, si estáis contando a una de vuestras Hermanas una historia que os parece interesante, y ella os interrumpe para contaros otra cosa, escuchadla con interés, aunque no os interese en absoluto, y no procuréis reanudar vuestra conversación primera. Obrando así, saldréis de la recreación con una gran paz interior y revestida de una fuerza nueva para practicar la virtud, pues no habréis buscado satisfaceros, sino complacer a las demás. ¡
Si se supiera cuánto se gana en renunciarse a sí mismo en todas las cosas!
- ¡Vos sí que lo sabéis bien! ¿Habéis obrado siempre así?
- Sí, me he olvidado de mi misma, he procurado no buscarme en nada».
¡Qué verdadero es este testimonio! Ella practicaba, en efecto, la perfecta abnegación con tanta soltura, que se la hubiera podido creer natural en ella. Y sin embargo, esta abnegación era debida a su generosa correspondencia a la gracia de Dios.
Testigo, esta confidencia:
Como yo le hiciese notar que en recreación se siente a veces una verdadera picazón de decir algún dicho ingenioso, me confesó que había probado esta tentación. ¡Nada extraño que, con su espíritu vivo, réplicas finas y picantes le hayan quemado los labios! Pero siempre salió victoriosa en el arte de abstenerse de brillar.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
PUREZA DE INTENCION Y MORTIFICACIONES EN EL REFECTORIO
Interrogada sobre su manera de santificar sus comidas, me contestó:
«Hay que realizar esta acción, de suyo tan baja, en unión de Nuestro Señor. Con mucha frecuencia me vienen en el refectorio las más dulces aspiraciones de amor. A veces me veo obligada a detenerme... ¡oh, me encanta el pensar que si Nuestro Señor hubiera estado en mi lugar, delante de mi ración, él hubiera comido ciertamente! Tomaría lo que le fuese ofrecido... Además, es muy probable que durante su vida mortal haya gustado los mismos manjares que yo. La Santísima Virgen le hacía sopa. Se alimentaba de pan, de frutos, de legumbres, de pescado...».
En estos y parecidos pensamientos se entretenía, y su alma se exhalaba en perfume de amor.
He aquí las penitencias que se permitía en el refectorio, pues las otras le estaban
prohibidas:
Cuando el mango de su cuchillo o de su cuchara no estaba suficientemente enjuagado y, ligeramente pegajoso, se adhería a su mano, se guardaba muy bien de poner fin a esta mortificación, que le costaba mucho, y la sufría hasta el final de la comida.
Un año en que, durante las últimas semanas de Cuaresma, se leía un libro sobre la Pasión de Nuestro Señor, me dijo que «le repugnaba tanto tomar el alimento escuchando aquella lectura, que se veía obligada a realizar casi furtivamente, aquel acto que le parecía tan bajo, y a privarse de beber hasta que la lectora se paraba un instante o la lectura era menos emocionante». Entonces, bebía rápidamente y como a hurtadillas, porque, decía, a pesar de todo, el comer es una necesidad, pero en cuanto al beber, puede uno privarse, es un alivio».
Me contó este hecho, no para animarme a seguir su ejemplo, sino para manifestarme lo conmovida que estaba por el relato de los sufrimientos de Nuestro Señor.
En el refectorio, Sor Teresa del Niño Jesús observaba pequeñas rúbricas infantiles que nos confiaba con sencillez:
«Me figuro estar en Nazaret, en la casa de la Sagrada Familia. Si me sirven, por ejemplo, ensalada, pescado frío, vino, o cualquiera otra cosa de sabor fuerte, se lo ofrezco al buen san José. A la Santísima Virgen le doy las raciones calientes, los frutos muy maduros, etc.; y los alimentos de los días de fiesta, particularmente la papilla, el arroz, las confituras, se los ofrezco al Niño Jesús. Por fin, cuando me traen una comida mala, me digo alegremente: ¡Hoy, hijita mía, todo esto es para ti!».
Nos ocultaba su mortificación bajo apariencias graciosas. Sin embargo, un día de ayuno en que nuestra Rda. Madre le había impuesto un alivio, una de las novicias la sorprendió condimentando con ajenjo aquella dulzura demasiado a su gusto.
Otra vez, la vi beber lentamente una medicina execrable.
«¡Pero, daos prisa, le dije yo: bebedlo de un trago!
- ¡Oh, no! ¿No he de aprovecharme de las pequeñas ocasiones que se me ofrecen para mortificarme un poco, puesto que me están prohibidas las mortificaciones grandes?».
Fuente: Consejos y recuerdos
(Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
«Hay que realizar esta acción, de suyo tan baja, en unión de Nuestro Señor. Con mucha frecuencia me vienen en el refectorio las más dulces aspiraciones de amor. A veces me veo obligada a detenerme... ¡oh, me encanta el pensar que si Nuestro Señor hubiera estado en mi lugar, delante de mi ración, él hubiera comido ciertamente! Tomaría lo que le fuese ofrecido... Además, es muy probable que durante su vida mortal haya gustado los mismos manjares que yo. La Santísima Virgen le hacía sopa. Se alimentaba de pan, de frutos, de legumbres, de pescado...».
En estos y parecidos pensamientos se entretenía, y su alma se exhalaba en perfume de amor.
He aquí las penitencias que se permitía en el refectorio, pues las otras le estaban
prohibidas:
Cuando el mango de su cuchillo o de su cuchara no estaba suficientemente enjuagado y, ligeramente pegajoso, se adhería a su mano, se guardaba muy bien de poner fin a esta mortificación, que le costaba mucho, y la sufría hasta el final de la comida.
Un año en que, durante las últimas semanas de Cuaresma, se leía un libro sobre la Pasión de Nuestro Señor, me dijo que «le repugnaba tanto tomar el alimento escuchando aquella lectura, que se veía obligada a realizar casi furtivamente, aquel acto que le parecía tan bajo, y a privarse de beber hasta que la lectora se paraba un instante o la lectura era menos emocionante». Entonces, bebía rápidamente y como a hurtadillas, porque, decía, a pesar de todo, el comer es una necesidad, pero en cuanto al beber, puede uno privarse, es un alivio».
Me contó este hecho, no para animarme a seguir su ejemplo, sino para manifestarme lo conmovida que estaba por el relato de los sufrimientos de Nuestro Señor.
En el refectorio, Sor Teresa del Niño Jesús observaba pequeñas rúbricas infantiles que nos confiaba con sencillez:
«Me figuro estar en Nazaret, en la casa de la Sagrada Familia. Si me sirven, por ejemplo, ensalada, pescado frío, vino, o cualquiera otra cosa de sabor fuerte, se lo ofrezco al buen san José. A la Santísima Virgen le doy las raciones calientes, los frutos muy maduros, etc.; y los alimentos de los días de fiesta, particularmente la papilla, el arroz, las confituras, se los ofrezco al Niño Jesús. Por fin, cuando me traen una comida mala, me digo alegremente: ¡Hoy, hijita mía, todo esto es para ti!».
Nos ocultaba su mortificación bajo apariencias graciosas. Sin embargo, un día de ayuno en que nuestra Rda. Madre le había impuesto un alivio, una de las novicias la sorprendió condimentando con ajenjo aquella dulzura demasiado a su gusto.
Otra vez, la vi beber lentamente una medicina execrable.
«¡Pero, daos prisa, le dije yo: bebedlo de un trago!
- ¡Oh, no! ¿No he de aprovecharme de las pequeñas ocasiones que se me ofrecen para mortificarme un poco, puesto que me están prohibidas las mortificaciones grandes?».
Fuente: Consejos y recuerdos
(Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
ESPÍRITU DE MORTIFICACION
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| REFECTORIO DE UN CARMELO |
Aprovechaba todas las pequeñas ocasiones de mortificación que no pueden dañar a la salud, y se las imponía siempre y en todo tiempo.
Se trata de prácticas bien pequeñas, sin duda, pero Dios muestra lo mismo su potencia en la creación de las cosas infinitamente pequeñas, y parece que Teresa ha manifestado su fuerza precisamente en la multiplicidad de actos microscópicos, si es lícito expresarse así.
Mi querida Hermanita me confió haber sentido, desde su más tierna infancia, una repugnancia instintiva por las comidas. No podía comprender que las gentes se invitasen para eso, que éste fuese el fin de algunas reuniones.
«Tan pronto como se desea gozar de la presencia de alguno, decía ella, se le invita a comer. ¡Qué extraño! Debería sentirse vergüenza en comer, y esconderse. ¡Ah! Si Nuestro Señor y la Santísima Virgen no hubieran comido, no me hubiera podido nunca consolar de tener que hacerlo!».
Al final de su vida, cuando estaba tan enferma, tuvo caprichos en cuanto al alimento. Por eso, me dijo con un poco de tristeza:
«¡Esto me humilla mucho! Pero lo deseo, pues es voluntad de Dios que pase por esta debilidad».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
POBREZA
Habiéndome pedido una Hermana que le prestara algunas poesías que yo había copiado en hojas volantes, no me mostré de buen humor.
Me decía a mí misma: «Hubiera hecho mejor con copiarlas en un cuaderno como lo hacen las demás; ¡así, al menos, no me expondría a perderlas!».
Sor Teresa del Niño Jesús me miró fijamente, y me dijo: «Deberíais estar gozosa de desprenderos; deberíais, no sólo prestarlas con alegría, sino obrar de suerte que os las volvieran a pedir. Puesto que deseáis hacer tanto bien a las almas componiéndolas, deberíais gozaros en prestarlas, pero en prestarlas en plan de apostolado.
Se cuenta de san Luis Gonzaga que nunca reclamaba un objeto prestado, por espíritu de pobreza».
Otra vez me dijo: «Hace un instante os quejábais de que habían revuelto vuestra canastilla de labor, de que os faltaba esto o aquello. Deberíais estar contenta de ello y deciros: soy pobre, es, pues, natural que me falte alguna cosa; han hecho bien con servirse de ella, pues no es mía».
Me habían pedido un alfiler que me era muy útil, y lo lamentaba. Sor Teresa del Niño Jesús me dijo: «¡Oh, qué rica sois! No podéis sentiros dichosa... ».
«He observado que siempre se da más aún de lo que se pide, pero hay pocas almas que se dejan coger lo que les pertenece. Eso es lo difícil. Y sin embargo, ahí están las palabras del Evangelio: «Si se os pide lo que os pertenece, no lo reclaméis» (Lucas 6, 30)
«Quisiera quedarme, como recuerdo, con esta estampa que os pertenece, le decía yo durante su enfermedad.
- ¡ Ah, todavía tenéis deseos!... Cuando esté con Dios, no pidáis nada de lo que he tenido a mi uso; recibid sencillamente lo que se os quiera dar. Obrar de otra manera sería no estar desprendida de todo; en lugar, de haceros dichosa, eso os haría desgraciada. Sólo en el cielo tendremos el derecho de poseer».
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| TERESITA YA MUY ENFERMA EN EL CLAUSTRO DEL CARMELO DE LISIEUX |
Leí: «Como un hombre que, partiendo de viaje, abandona su casa y lo deja todo en manos de sus servidores» (Mateo 25, 14)
Sor Teresa del Niño Jesús, por amor de Dios, gustaba servirse de los objetos más feos y más usados. Digo por amor de Dios, pues naturalmente, con su temperamento de artista, hubiera preferido las cosas de buen gusto y no deterioradas. Me di cuenta de ello un día que había echado yo una mancha irreparable en su reloj de arena.
Noté la violencia que se tuvo que hacer para seguir conservándolo de esta manera y para no dejarme traslucir el sacrificio que le había impuesto sin querer.
No se cuidaba en absoluto de que sus ropas le cayeran bien o le viniesen demasiado largas. En apariencia, era del todo indiferente en cuanto a su exterior, sin negligencia alguna de su parte; pero en todas las cosas, cuanto más se acercaba a la verdadera pobreza, tanto más contenta estaba. Ella misma se remendaba sus alpargatas y sus vestidos hasta el extremo límite de lo posible.
Siempre dentro del mismo espíritu, si tenía un libro o una, estampa con canto dorado, los raspaba cuidadosamente. Como su canastilla de labor se empezase a destejer, una Hermana la ribeteó con una cinta de terciopelo viejo, pues esta tela no se gasta, dura mucho. Aunque muy ocupada, Teresa deshizo el trabajo y volvió a colocar el terciopelo al revés, es decir, la trama al exterior, para que pareciese más pobre y menos bonito.
Habiendo dado una novicia aceite de linaza a su escritorio de celda, el cual ordinariamente está pobremente teñido de nogalina, se lo hizo lavar inmediatamente con un cepillo. Y no permitió que los muebles de su celda estuviesen barnizados de esta manera sino porque los había encontrado así a su llegada; pero le disgustaban mucho, y si sólo ella los hubiera tenido, los hubiera lavado sin piedad.
A mi entrada en el Carmelo, se deshizo, para dármelos a mí, de su escritorio y de su pila de agua bendita, y de los graneros tomó para sí objetos fuera ya de uso.
Modelo nuestro en todas las cosas, Sor Teresa no tenía nada más que lo que rigurosamente necesitaba, y desechando cuidadosamente todo lo que sabía a comodidad.
No tuvo en el Carmelo más que un par de tijeras de niña, que había traído del mundo y que eran muy insuficientes para sus labores.
Durante toda su vida religiosa se sirvió de una lámpara cuyo mecanismo no funcionaba ya, sino que era necesaria la ayuda de un alfiler para subir la mecha. Pero lo hacía con tanta gracia, que parecía natural tomarse aquel trabajo, y cualquiera se engañaba, creyendo que prefería esta lámpara a otra mejor.
Cuando necesitaba un cortaplumas, si no tenía tiempo de volverlo al taller de pintura, lo dejaba tirado en el suelo, fuera, junto a la puerta de su celda, para dar bien a entender que no formaba parte de los objetos que tenía a su uso.
Para escribir su manuscrito se procuró, por medio de nuestra hermana Leonia, un cuaderno muy barato y de muy mal papel.
Al empezar, creyó que sólo emplearía uno, por eso, su sorpresa fue grande cuando se vio obligada a pedir otro.
En cuanto a la parte que dirigió a la Madre María de Gonzaga, parte que ella redactó cuando estaba ya muy enferma, fue necesario obligarla a que escribiese menos cerrado, dejando una distancia conveniente entre las líneas, y en un papel cuadriculado.
Cuando componía sus poesías las anotaba en trocitos de papel, que todo el mundo desechaba, de todos los colores y tamaños; por eso, sus borradores son casi ilegibles. Se servía de las plumas hasta el límite extremo.
Al final de su vida, sujeta a un régimen lácteo, las mojaba en un poco de leche puesta a su disposición. Hacía esto, según decía, «para suavizarlas».
Temiendo la Madre Inés de Jesús, en la Profesión de su Hermanita, que el crucifijo de Teresa fuese demasiado pesado y pudiese lastimarla, le dio el suyo, que era más pequeño. Sor Teresa no me ocultó, más tarde, el sacrificio que esto le costó, pues había soñado con tener un gran crucifijo; pero no hizo reclamación alguna, y conservó el pequeño durante toda su vida. Fue el que tuvo entre sus manos al morir, y el que se conserva todavía hoy en su urna.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
CONFORMARSE CON LOS USOS (OBEDIENCIA)
Aunque nos recomendó obrar lo más perfectamente posible, juzgaba que no era
necesario tratar de obrar mejor que las otras, sino conformarse en todo a los usos, pues un celo indiscreto puede perjudicar a sí misma y a las demás.
«Por ejemplo, me decía, si estáis en retiro riguroso, descargada de las labores de la Comunidad, y hay ropa que tender en el granero, no os mezcléis con las Hermanas que hacen ese trabajo. Aunque se trate de un acto de caridad, es mejor abstenerse, como es costumbre, porque, una vez pasado vuestro fervor, la obligación que os habéis impuesto podría convertirse en cansancio para vuestra alma y cansar a las demás, las cuales se creerían obligadas a imitar vuestro ejemplo y tendrían miedo de rehusar algo a Dios no haciéndolo, o bien: si accidentalmente se pide a una Hermana ayuda para un oficio que no es el suyo, ha de conformarse en todo a lo que se le ha indicado, aun en el caso de que ella conciba el trabajo de una manera más perfecta, pues de lo contrario se corre el riesgo de disgustar a las oficialas habituales, que pueden tener sus razones para obrar como obran y que las demás ignoran».
Puesto que en la vida acontece que la continuidad de una cosa cansa, es mejor no emprender, en plan de costumbre, sino lo que se cree poder cumplir con perseverancia.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
NO HACER NADA SIN PERMISO (OBEDIENCIA)
Sor Teresa del Niño Jesús nos recomendaba con mucha frecuencia que fuésemos muy fieles en pedir nuestros permisos.
«En cuanto a mí, me dijo, cuando me había olvidado de hacerlo el sábado y no pensaba en ello en el momento en que hubiera podido pedirlos, me privaba de cualquier cosa indispensable antes que obrar por mí misma
Yo era muy escrupulosa en esto, y me veía muy atormentada cuando tenía que hacer alguna cosa sin la autorización de nuestra Madre. Así, Dios permitió que ella no me mandase escribir mis poesías a medida que las componía, y no quise pedírselo por miedo de faltar a la pobreza Esperaba, pues, la hora de tiempo libre, y a duras penas me acordaba a las ocho de la tarde de lo que había compuesto por la mañana. Estas pequeñas nadas constituyen un martirio, es verdad; pero hay que guardarse mucho de disminuirlas permitiéndonos, o procurando que se nos permitan, mil cosas que harían la vida religiosa agradable y cómoda. No hay que concederse a sí misma ninguna holgura»
Cuando entró en el Carmelo, a los quince años, su caligrafía, mal formada, disgustó a la Madre Inés de Jesús.
Teresa le propuso entonces escribir en redondilla, lo cual le era mucho más cómodo; pero no se lo permitieron, y se sometió, poniendo interés en corregirse. Sólo al final de su vida le fue dado el permiso.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
«En cuanto a mí, me dijo, cuando me había olvidado de hacerlo el sábado y no pensaba en ello en el momento en que hubiera podido pedirlos, me privaba de cualquier cosa indispensable antes que obrar por mí misma
Yo era muy escrupulosa en esto, y me veía muy atormentada cuando tenía que hacer alguna cosa sin la autorización de nuestra Madre. Así, Dios permitió que ella no me mandase escribir mis poesías a medida que las componía, y no quise pedírselo por miedo de faltar a la pobreza Esperaba, pues, la hora de tiempo libre, y a duras penas me acordaba a las ocho de la tarde de lo que había compuesto por la mañana. Estas pequeñas nadas constituyen un martirio, es verdad; pero hay que guardarse mucho de disminuirlas permitiéndonos, o procurando que se nos permitan, mil cosas que harían la vida religiosa agradable y cómoda. No hay que concederse a sí misma ninguna holgura»
Cuando entró en el Carmelo, a los quince años, su caligrafía, mal formada, disgustó a la Madre Inés de Jesús.
Teresa le propuso entonces escribir en redondilla, lo cual le era mucho más cómodo; pero no se lo permitieron, y se sometió, poniendo interés en corregirse. Sólo al final de su vida le fue dado el permiso.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
OBEDIENCIA
La obediencia de Sor Teresa del Niño Jesús se extendía a todo. Ella me decía: «No nos debemos procurar una vida cómoda. Puesto que quisiéramos ser mártires, es necesario que nos sirvamos de los instrumentos que tenemos y hacer de nuestra vida religiosa un martirio».
Este consejo lo practicaba ella rigurosamente, al pie de la letra.
Las Superioras habían de tener un gran cuidado con lo que decían en su presencia, pues un consejo era para ella una orden, y no lo seguía un día sólo, ni quince, sino continuamente.
Así es como la vi observar algunas pequeñas cosas, como cerrar tal puerta, no pasar por tal corredor, no cruzar el coro, y otras mil recomendaciones de este género, de las cuales nuestra Madre Priora -la Reverenda Madre María de Gonzaga-, pasados algunos días, ya no se acordaba.
No sospechaba ella que tenía a sus órdenes un alma que tomaba sus palabras como oráculos y las cumplía como si fuesen la voluntad expresa de Dios.
Obedecía de igual manera a cada una de las Hermanas, sin que se la viese ni por asomo buscar su propia voluntad, sacrificada en todo momento.
Un día que la Comunidad se había reunido en una ermita para entonar unos cánticos, agotada por la enfermedad, se sentó; una Hermana le hizo señas de que se levantara, y ella obedeció enseguida con rostro amable.
Después de la reunión, yo le pregunté el porqué de aquella obediencia, que yo reputaba demasiado ciega. Me contestó sencillamente «que, en las cosas de poca importancia, había cogido la costumbre de obedecer a todas y a cada una por espíritu de fe, como si fuese Dios mismo quien le manifestase su voluntad».
Había yo contestado vivamente a una Hermana que me había hecho un reproche a mi ver inmerecido.
«¡No tiene razón, eso no le concierne a ella!, decía yo.
-Es verdad, me contestó nuestra Maestra; pero Nuestro Señor no dijo: obedeced solamente a vuestros Superiores, sino: «Dad a quienquiera que os pida» (Lucas 6, 30) y «dad mil pasos con quien os obligue a dar cien» (Mateo 5, 41).
Algo antes de morir, Sor Teresa dijo delante de mí a la Madre Inés de Jesús: «Tengo que daros un pequeño consejo: convendría que las Prioras recomendasen a las enfermeras que éstas obligasen a sus enfermas a pedir todo lo que les haga falta. Esto es muy necesario, Madre mía...»
Me lo dijo también a mi, que estaba empleada en este oficio. De este hecho dedujimos que hablaba por experiencia, pero era demasiado tarde para poner remedio eficaz. ¡De cuántas cosas no se privaría! Estos sacrificios son secreto de Dios, pues aun pensando aliviarla la hacíamos sufrir. Así, por ejemplo, la enfermera, una buena anciana, un poco sorda, creyendo que tenía frío, cuando estaba ardiendo de fiebre, la cubría hasta la cabeza y, viendo que su enferma recibía todo lo que ella le daba, le llevaba aún más mantas. Sor Teresa se dejaba hacer. Cuando yo volví, la encontré empapada en sudor. Toda sonriente, me contó este episodio, sin que ni una sola palabra de descontento, saliese de sus labios.
Por el contrario, me dijo «que lo había aceptado todo por espíritu de obediencia a su primera enfermera».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
lunes, 23 de diciembre de 2019
FIDELIDAD A LA REGLA
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TERESITA RODEADA DE NOVICIAS |
La fidelidad de mi querida Hermanita en la observancia corrió parejas con su estima por nuestras santas Reglas y Constituciones:
«Somos demasiado afortunadas con no tener que hacer otra cosa sino practicar lo que nuestros santos Reformadores con tanto trabajo instituyeron».
Por eso, no podía sufrir que desaprobásemos nada de lo que estaba prescrito.
Nos aseguraba «que en Comunidad, cada una debería intentar bastarse a sí misma y arreglárselas de manera que no tuviese que pedir favores sin gran necesidad».
Para guardar un justo medio cuando una cree poder dispensarse de algún trabajo común o solicitar alguna excepción de la Regla, ella le aconsejaba que se dijese interiormente
-¿Si todas hiciesen lo mismo? -«La respuesta, añadía, rara vez será a nuestro favor, pues todas tendrían buenas razones siempre y ocupaciones de propia elección o de oficio para sustraerse a las obligaciones comunes.
¡Qué desorden resultaría de: ello!».
Faltar lo menos posible a los actos deMComunidad: Oficio divino, oración, recreación; tal era su consigna.
«Hay, decía, quienes, bajo el pretexto de entregarse al trabajo, abrevian las horas de oficio determinadas por la Regla; ¡eso es robar el tiempo a Dios!».
Ella misma nos daba ejemplo abandonando su trabajo al primer tañido de la campana, sin entretenerse a terminar una palabra comenzada o a poner un punto más.
Cuando era tañedora, la veía desocuparse, al final de la recreación, medio cuarto de hora antes del tiempo reglamentario, como estaba prescrito entonces en nuestros «Usos».
Se iba aun a la mitad de la más interesante conversación. A la larga, tal conducta se hace muy mortificante.
A fin de no faltar a Maitines o a otras horas en que la Comunidad está reunida, practicaba actos de virtud muy meritorios.
Siendo todavía postulante o novicia, si se sentía enferma, no lo decía, a menos que no hubiese recibido orden expresa de manifestarlo, pues no tomaba en ninguna ocasión ayudas o alivios si no se le proponían, sin adelantarse ella para nada. Por el contrario, cuando sufría, mostraba mayor ánimo, para disimular su malestar. Muchas veces iba al coro, al rezo del Oficio divino, con tal dolor de estómago, que creía no poder observar el horario de sus comidas sin desfallecer; pero reunía toda su energía, diciéndose:
«¡Si caigo, lo van a ver!»
Esta frasecita, que se repetía a sí misma muchas veces, la ayudó mucho, según me confidenció, sobre todo en los principios de su vida religiosa. Una vez que habían tocado a fin de un ejercicio, como yo no me desocupase con bastante rapidez, medijo: «id a vuestro deber, no a vuestro gusto...».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
CELO POR LAS ALMAS
En junio de 1897 la fotografié para dar su retrato a nuestra Madre Priora (Madre María de Gonzaga), cuya fiesta celebrábamos el 21 de junio. Quiso ser sacada teniendo en la mano un rollo sobre el que ella había escrito estas palabras de nuestra Madre santa Teresa:
«Daría mil vidas por salvar una sola alma»
Cuando nuestro viaje a Roma -no tenia más que catorce años-, habiendo leído algunas páginas de los Anales de las Religiosas Misioneras, interrumpió en seguida su lectura y me dijo: «No quiero seguir leyendo; ¡tengo ya un deseo tan vehemente de ser misionera! ¿Qué sería si lo avivase contemplando el cuadro de este apostolado? Quiero ser Carmelita».
-Me explicó luego el porqué de esta determinación:
«Era para sufrir más y con eso salvar más almas».
Ha narrado en la historia de su vida la tenacidad de sus oraciones por el desgraciado asesino Pranzini, su emoción cuando se vio escuchada por el súbito retorno a Dios del condenado al pie del cadalso.
Fue a mí a quien ella dio, sonrojándose, el dinero destinado a hacer celebrar una misa por esta conversión. Su timidez le impedía pedir ella misma este favor a su confesor.
No me había comunicado la intención de esta misa y quedó muy aliviada cuando le dije que yo la había adivinado. Después compartió conmigo sus temores y esperanzas.
El celo por las almas había comenzado a devorar su corazón cuando, en su adolescencia, la imagen sangrante de Jesús crucificado le reveló su vocación de corredentora al lado del Salvador.
En el Carmelo este celo no cesó de crecer y se manifestaba en toda ocasión. Yo la vi, después de la salida de un obrero alejado de Dios, que había de volver el mismo día a trabajar en el monasterio, esconder furtivamente una medalla de San Benito en el forro de su ropa de trabajo.
En un momento de crueles dolores, cuando la tuberculosis iba ganando todo su organismo y nosotras implorábamos con lágrimas el socorro del cielo, ella me decía:
«Pido a Dios que todas esas oraciones que se hacen por mí no sirvan para aligerarme los sufrimientos, sino para salvar a los pecadores».
Me parece que aún la estoy oyendo decir:
«No me explico tanto sufrir sino por el extremo deseo que he tenido de salvar almas».
Estas fueron algunas de sus últimas palabras.
Muchas veces, y en formas muy variadas, prometió «hacer caer una lluvia de rosas», y expresó su deseo y su seguridad de hacer el bien después de su muerte, rogando por la Iglesia, continuando su misión de predilección hacia los sacerdotes. La oí, sobre todo, explicar, describir, en qué consistiría este bien, por qué medios llevaría las almas a Dios: enseñándoles su camino de confianza y de abandono total. Respondiendo a una de sus reflexiones, le dije: «Entonces, ¿creéis que salvaréis más almas en el cielo?
- Sí, lo creo, me contestó: la prueba de ello es que Dios me deja morir precisamente cuando tanto deseo salvarle almas...».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
ENSEÑANZA DE LAS PERAS Y CULTO POR EL SACERDOCIO (CARIDAD FRATERNA)
Enseñanza sacada de unas peritas sin apariencia
Paseándose por el jardín durante la recreación, me dijo, señalándome un árbol frutal:
«Mirad esas peras tan feas en apariencia: son la imagen de las Hermanas que os disgustan.
En otoño, cuando os den esos frutos despojados de todos los cuerpos extraños que los desfiguran ahora, los comeréis con gusto, sin sospechar siquiera que los habíais despreciado. De igual modo, en el último día quedaréis admirada al ver a vuestras Hermanas libres de todas sus imperfecciones, y os parecerán grandes santas».
Lo que la atraía en el Carmelo era el sacrificio hecho en favor de la Iglesia, en favor de los sacerdotes...; quería que su vida estuviese consagrada a la santificación de los ministros del Señor. Decía que «rogar por los sacerdotes era hacer un negocio en gran escala, pues a través de la cabeza se llegaba a los miembros».
Este deseo de la santificación de los sacerdotes y, por su medio, de la conversión de los pecadores fue verdaderamente el móvil de su vida.
Nos enseñó en el noviciado una oración por ellos,
bastante larga, cuyo autor ignoraba.
Casi todas las cartas que me escribió cuando yo estaba en el mundo testimonian este rasgo, que nos era común.
Su espíritu de fe le inspiraba un gran respeto hacia los sacerdotes, a causa del sacerdocio de que están revestidos y del que es imposible tener una estima mayor de la que ella tenía.
Expresó en diversas circunstancias, a lo largo de su vida, la pena que sentía de no poder ser sacerdote.
Sintiéndose muy enferma, en junio de 1897, me dijo: «Dios me va a llevar consigo a una edad en la que no hubiera tenido tiempo de ser sacerdote si lo hubiera podido ser».
El pensamiento de que Santa Bárbara había llevado la comunión a San Estanislao de Kotska la encantaba:
«¿Por qué no un ángel, me decía, por qué no un sacerdote, sino una virgen? ¡Oh, qué maravillas veremos en el cielo! Estoy en la idea de que los que lo hayan deseado en la tierra gozarán allá arriba de los privilegios del sacerdocio»
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
JUZGAR FAVORABLEMENTE (CARIDAD FRATERNA)
Teresita me decía con frecuencia que se debe juzgar siempre a los otros con caridad, pues muchas veces lo que a nuestros ojos parece negligencia es heroísmo a los ojos de Dios.
Una persona fatigada, que tiene jaqueca o sufre interiormente, hace más cumpliendo la mitad de su obligación, que otra sana de cuerpo y de espíritu que la cumple entera.
Nuestro juicio debe ser, pues, en toda ocasión favorable al prójimo.
Se ha de pensar siempre bien, se le ha de disculpar siempre. Y si no hay un motivo valedero, queda aún el recurso de pensar:
«Tal o cual persona aparentemente obra mal, pero no se da cuenta de, ello, y si yo gozo de un razonamiento mejor, mayor motivo tengo para sentir compasión de ella y para humillarme por ser severa».
Me hacía también observar que ordinariamente Dios permite que pasemos por las mismas debilidades que nos han disgustado en los otros: olvidos, negligencias involuntarias, fatigas...; entonces, es muy natural que excusemos las faltas en las que hemos caído.
Instruida por un guía tan perspicaz yo misma vi por experiencia que las Hermanas a quienes había creído imperfectas no habían cometido falta. Una obra cumplida por obediencia, una acción más útil les había impedido, a los ojos de las demás, cumplir con su obligación, y llevaban en silencio esta humillación.
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
ÁNGEL DE PAZ (CARIDAD FRATERNA)
Había yo derramado algunas lagrimillas para hacer creer a una Hermana que estaba muy contrariada. Sin embargo, no había en mí ningún apego a lo que lamentaba.
El mismo día había mantenido también mis derechos frente a otra Hermana, defendiendo
la justicia; quería, además, convencerla de que no tenía razón.
Mi Hermana Teresa del Niño Jesús me dijo: «Cierto que, en el fondo, el alma no se ha turbado; la paz no se ha menoscabado, pero la pelusilla del melocotón ha sido restregada... Mantener vuestros derechos, querer la justicia no es un perjuicio para vuestro prójimo, pero ¡qué pérdida es para vos!
- ¡Oh! ¿Qué se va a hacer si han golpeado al melocotón?
- Una mirada de amor a Jesús y el reconocimiento de su propia miseria lo arregla todo. Buscar sus derechos es obrar en perjuicio de la propia alma, y querer juzgar a los otros, aun teniendo razón, es desollaros inútilmente. Además, no es una guerra leal, pues no estáis vos encargada de su conducta. ¡No tenéis que ser Juez de paz, sólo Dios tiene ese derecho, vuestra misión es ser un Ángel de paz!»
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
ACEPTAR EL SACRIFICIO DE SER INTERRUMPIDA (CARIDAD FRATERNA)
«Cuando os halléis en el momento de morir... »
Sacrificio, alegría y amor puro
Yo deseaba que los detalles de mi vida se engranasen como en el mecanismo de un juego de paciencia! ¡Ay de quien los alterase! Si una circunstancia imprevista rompía esta combinación y trastornaba el mecanismo, me mostraba descontenta. Un día, durante la última enfermedad de mi querida Hermanita, había contado con disponer de toda una tarde para concluir una labor, y fui llamada inopinadamente al locutorio. Yo le dije: «¡Oh, cuánto me ha contrariado verme interrumpida! ¡Sin eso, hubiera terminado mí labor! ... Ella me miró:
«Cuando os halléis en el momento de morir, ¡cuánto desearéis haber sido interrumpida!».
Dedicar tiempo a ser interrumpida
Yo tenía verdadero interés en hacer tranquilamente mi retiro mensual, y era difícil problema hallar un domingo en que no se me tendiese alguna trampa a causa de mi oficio o por cualquiera otra razón. Sor Teresa del Niño Jesús me dijo:
«Luego, ¿vos entráis en retiro para disponer de más tiempo libre, para buscar vuestra propia satisfacción? Yo voy por fidelidad, para dar más a Dios... Si tengo mucho que escribir ese día, para despegar mi corazón me pongo en la disposición de espíritu de querer verme interrumpida, y me digo: «Dedico tal o cual hora libre a ser interrumpida; y si no me interrumpen, doy gracias a Dios, como si me concediese un favor con el que no contaba».
De esta forma, nada me coge desprevenida, estoy dispuesta a ser interrumpida, lo quiero, cuento con ello. Por eso, estoy siempre contenta».
En efecto, observé que siendo sacristana, y habiendo acabado su tarea personal, pasaba expresamente, los días de fiesta, por delante de la sacristía a fin de que se la llamase. Se hacía la encontradiza con su primera de oficio a fin de que ésta pudiese reclamarla para algún servicio, lo cual no fallaba nunca. Sabiendo que, en el fondo, esto le costaba mucho, yo le hacía señas de que no pasase por allí y le proporcionaba los medios para que no lo hiciese, pero era inútil.
En los últimos meses de destierro de mi angelical Hermanita me acontecía llegar tarde a la recreación, y no poner el mismo celo en servir a las otras enfermas, mucho menos graves, por emplear más tiempo en cuidarla a ella.
Y me dijo:
«En vuestro lugar, aunque no estéis estrictamente obligada a ello, haría todo lo posible para ir a las recreaciones y servir a las otras enfermas. Me daría maña en hacer mil sacrificios, me privaría de todo para obteneros gracias. No hay que buscarse a sí misma en nada, sea lo que sea, pues desde el momento en que una empieza a buscarse a sí misma, se deja de amar» (Imitación, lib. III, cap. y, 7),
Al final de mi vida religiosa he llevado la existencia más feliz que se puede imaginar, porque no me buscaba nunca a mí misma. Cuando una se renuncia a sí misma, se alcanza la recompensa en la tierra. Me preguntáis muchas veces el medio para llegar al puro amor; ese medio es: olvidaros de vos misma y no buscaros en nada».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
CUIDADO DE LAS ENFERMAS, PACIENCIA Y GRATITUD
En la enfermería, donde yo estaba empleada desde mi entrada en el Carmelo, no había ninguna enferma grave, sino religiosas de salud deficiente. Entre ellas se hallaba una afectada de anemia cerebral crónica y atacada de manías que hacían el oficio de enfermera un perpetuo ejercicio de paciencia.
Esta enferma tenía por principio «que se había de probar adrede a las novicias». Por consiguiente, sucedía que, hallándome en el otro extremo del monasterio, era llamada para oírme decir: «Hermanita mía, distingo vuestro paso del de vuestra compañera».
Un día, no pudiendo más, me fui a Sor Teresa, toda desecha en lágrimas; ella me recibió con ternura, me consoló, me animó. La veo aún, sentada junto a mí, sobre un baúl, estrechándome entre sus brazos.
Entretanto, me era necesario volver constantemente sobre mi campo de batalla, y muchas veces daba un gran rodeo para no pasar bajo las ventanas de la enfermería, pues la Madre, viendo que me aproximaba, me hacía una seña para que le prestase algún servicio superfluo. Algunas veces pasaba rápidamente, agachando la cabeza para no ser vista por ella sintiendo en el corazón una cierta amargura.
Sor Teresa, que conocía la situación y en el fondo me disculpaba de todo corazón, me dijo en una de estas circunstancias: «Sería necesario pasar expresamente por delante de la enfermería, a fin de que se os moleste, y cuando vayáis cargada y no os podáis detener, responder con amabilidad, prometiendo volver, mostrando un semblante contento, como si se os hiciese un favor.
La campana de la enfermería debería ser para vos una melodía celestial. Lo mejor para vos es que os llamen; deberíais desearlo. ¡Oh!, mirad: pensar bellas y santas cosas, escribir libros, escribir biografías de santos no vale tanto como un acto de amor de Dios ni como la acción de contestar cuando la campana de la enfermería toca y eso os molesta. Cuando se os pide un favor, o que dispenséis un servicio a las enfermas que no son agradables, tenéis que consideraros como una pequeña esclava a la que todo el mundo tiene derecho a mandar y que ni piensa en quejarse, pues es esclava.
- Sí, pero a veces, ya lo sabéis, se me molesta por nada; entonces me hierve la sangre.
- Comprendo muy bien que eso os cueste; pero ¡si vierais cómo los Ángeles, que os miran en la palestra, esperan el final del combate para arrojaros coronas y flores, como en otro tiempo se las arrojaban a los caballeros! ¡Puesto que queremos ser pequeñas mártires, en nosotras está el ganarnos las palmas! Y no creáis que estos combates carezcan de valor: «El hombre paciente vale más que el hombre fuerte, y el que doma su alma, más que el que conquista ciudades» (Proverbios 16, 32)
«En cuanto a mí, si hubiese de vivir todavía, el oficio de enfermera sería el que más me gustaría. No quisiera solicitarlo, temiendo que eso fuera presunción, pero si me lo diesen, me creería muy privilegiada. ¡Oh, sí, me sentiría muy feliz, si me hubiesen pedido esto! Tal vez la naturaleza lo hubiera hallado costoso; pero me parece que habría obrado con mucho amor, pensando en las palabras de Nuestro Señor: «Estaba enfermo y me aliviasteis» (Mateo, 25, 36)
Me recomendaba mucho que cuidase a las enfermas con amor, que no hiciese este trabajo como uno de tantos, sino con tanto cuidado y delicadeza como si prestase este servicio al mismo Dios.
No obstante, después de una jornada de labor se me hacía muy duro tener que ir por la noche, durante la hora del descanso o después de Maitines, a llevar algún alivio a las Hermanas fatigadas. Me quejaba, y ella me dijo:
«Ahora sois vos quien lleva tacitas a diestro y siniestro; pero un día, en el cielo, será Jesús «quien irá y vendrá para serviros a vos» (Lucas, 12, 37),
«Vos decís: quiero ser buena con las que son buenas, dulce con las que son dulces; y cuando alguna os contradice, salís fuera de vos. Obráis en esto como los paganos de los que habla el Evangelio. Por el contrario: Haced bien a los que os odian, orad por los que os persiguen (Mateo 5, 44; Lucas 6, 27), Ser buenos con los que nos favorecen es prudencia humana: no queda nada para Dios».
viernes, 20 de diciembre de 2019
PREPARAR LA LAMPARILLA PARA EL NIÑO JESÚS
Yo le había confiado una pena.
Para animarme, demostrándome que no era insensible, me contó que siendo segunda tornera le aconteció una noche, durante el «silencio», tener que preparar una lamparilla para afuera.
Había que buscar aceite, mechas; no había nada preparado, todas se habían retirado a sus celdas, las puertas estaban trancadas.
«Tuve un gran combate, me confidenció ella. Murmuraba interiormente contra las personas y las circunstancias, reprochaba a las torneras externas el hacerme trabajar así durante un tiempo de descanso, cuando ellas mismas podían haberse muy bien bastado. Pero de repente la luz se hizo en mi alma. Me figuré que estaba sirviendo a la Sagrada Familia en Nazaret, que preparaba aquella lamparilla para el Niño Jesús, y entonces puse en ello tanto, tanto amor, que andaba con paso muy ligero y con el corazón desbordando de ternura.
Desde entonces, añadió, he empleado siempre este método, que me sigue resultando a las mil maravillas».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
MEDITACIONES SOBRE LA CARIDAD FRATERNA
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| TERESITA A LA DERECHA, DE PIE |
Abnegación fraterna
Los actos de caridad que yo vi practicar a nuestra querida Hermanita (Teresita) son innumerables y variados. No dejaba escapar ninguna ocasión.
Por ejemplo, los domingos y fiestas de guardar, el poco tiempo que tenía libre lo empleaba en complacer a las demás.
Componía poesías a petición de las Hermanas; nunca se negó a ninguna de estas demandas, de suerte que casi no hallaba vagar para hacer poesías de propio impulso. Por eso mismo, no copió nunca un solo cántico para su propia devoción, a pesar de que deseaba tener algunos a su disposición. Igualmente, se privaba de entresacar los pasajes bellos de sus lecturas, si bien una de sus novicias, a quien ella había confiado sus preferencias a este respecto hubo de tomarse el cuidado de hacerlo, sin que ella lo supiese.
«Al salir de la recreación de la noche para ir a Completas, me decía, había cogido la costumbre de dejar nuestra canastilla de labor sobre uno de los bancos próximos al antecoro. Me resultaba cómodo, y además había menos peligro de que las arañas fuesen a alojarse en ella que dejándola en el suelo. Pero pronto me di cuenta de que el sitio era ocupado muchas veces por la canastilla de otra Hermana que pasaba antes que yo. «¿Luego otras -pensaba yo- hallan también que esto es más cómodo? Pues bien: les dejaré el sitio; les agradará mucho que el sitio esté libre, pues así no hace falta agacharse».
Una vez que quería ella inducirme a practicar la caridad, me contó que, siendo joven novicia y cifrando toda su dicha en adornar la estatua del Niño Jesús del claustro, se privaba siempre de poner flores olorosas, excepto una pequeña violeta, porque los perfumes molestaban a una de nuestras Hermanas ancianas.
Ésta, viéndola una vez colocar una hermosa rosa al pie de la estatua, la llamó, con la evidente intención de hacérsela quitar. «En aquel momento, me dijo Teresa, adivinando su equivocación, probé un vivo deseo de dejarla comprobar su error, pues la rosa era artificial. Pero Jesús me había pedido el sacrificio de este pequeño triunfo. Adelantándome a toda reflexión, cogí la flor y le dije: «Mire, Madre mía, qué bien se imita hoy a la naturaleza; ¿no se diría que esta flor acaba de ser cortada del jardín?».
«¡Oh!, añadió: no podéis imaginaros cuán dulce me fue este acto de caridad y cuánta fuerza me dio».
Durante su enfermedad me hizo notar cómo Sor San Estanislao usaba siempre ropas blancas muy suaves, escogidas con la más delicada atención, a fin de aliviarla un poco:
«¿Veis? Hay que usar los mismos cuidados con las almas; muchas veces no se piensa en ello y se las lastima. ¿Por qué? ¿Por qué no aliviarías con la misma, caridad, con la misma delicadeza que a los cuerpos? Algunas están enfermas, muchas son débiles, todas sufren. ¡Qué ternura deberíamos usar con ellas!».
Pequeños guisantes y gruesas habas
Cuando una Hermana se mantenía desagradablemente en su sinrazón, ella se mostraba aún más amable, obsequiosa y dulce, a fin de calmar el corazón irritado al que veía sufrir. La bondad del suyo se manifestaba a través de una gran ternura cuando volvían a ella después de haberla disgustado.
Un día me explicó la razón de este proceder:
«¡Oh, qué misericordioso es Dios para con las almas imperfectas! Encuentro de ello una prueba en la naturaleza. Mirad los pequeños guisantes que se derriten en la boca, que son todo azúcar; su vaina es muy ligera. Sin embargo, pueden recibir los ardores del sol y la frescura de la noche, que no se les escatima. Son el símbolo de las almas perfectas. Las gruesas habas, por el contrario, que representan a las almas imperfectas, tienen una vaina bien forrada, que las preserva perfectamente, Hemos de obrar como Dios; desplegar todas nuestras delicadezas y nuestros agasajos para con las almas imperfectas».
Cuando le parecía que me replegaba sobre mí misma, me decía: «¡Replegarse sobre sí misma esteriliza al alma! Hay que darse prisa en correr a las obras de caridad».
«A veces, precisaba, se está tan mal dentro de sí, en el interior, que hay que salir prontamente. Dios no nos obliga a permanecer en compañía de nosotras mismas; al contrario, a veces permite que esa compañía nos sea desagradable para que la abandonemos. No veo otro medio en ese caso que salir de nosotras mismas e ir a visitar a Jesús y a María, corriendo a las obras de caridad».
Fuente: Consejos y recuerdos (Recogidos por Sor Genoveva de la Santa Faz, Celina)
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