miércoles, 18 de septiembre de 2019

LO QUE ESTÁ OCURRIENDO EN MI ALMA, CARTA 233

 A la madre Inés de Jesús

1 de junio de 1897 

J.M.J.T. 

 

¡Es demasiado emocionante, demasiado melodioso...! ¡Prefiero callarme a tratar en vano de cantar lo que está ocurriendo en mi alma...! ¡Gracias, Madrecita (1)...! 
 




NOTAS:
 

(1) Con esas pocas palabras, Teresa respondía a un billete de la madre Inés, del que transcribimos aquí una parte: 

«Esta noche he rezado todo el rosario de rodillas ante la Santísima Virgen del mes de María, y me parece que, al terminarlo, la Virgen tenía una sonrisa muy especial. Angelito mío, creo que, si rezas por mí, voy a empezar realmente una vida nueva, creo que he recibido una gracia muy grande. No quiero tampoco entristecerme si nuestra Madre te rechaza, la Santísima Virgen me ha hecho comprender que las más hermosas vidas de los santos no valen lo que un acto de obediencia y de renuncia. Incluso aunque nuestra Madre, después de tu muerte, rasgase tu vida, me parece que, si estoy como esta noche, no sentiría nada más que una atracción más fuerte hacia el cielo. Volaría más alto, eso es todo: Mas allá de las nubes, el cielo es siempre azul. Pisamos las riberas en las que reina Dios... 

«No sufras por mí, nuestra unión nunca ha sido más íntima, no, lo sé. Esta noche, junto a la Santísima Virgen, había una velita muy luminosa que se estaba consumiendo, y la cera formaba, a un lado, la auténtica figura de un corderito suplicante. 


Y pensé que tú eras la luz y que ese corderito era yo, que, apoyándome en tu claridad y volviendo mis ojos hacia María, alcanzaría su compasión. No sé lo que te estoy diciendo, ángel querido. Mi corazón y mi alma, toda mi persona es un mundo esta noche. Espero que me comprendas y que, después de tu partida de este valle de lágrimas, vuelvas muchas veces a embellecer este mundo nuestro, a pasearte por él con los angelitos, y a convertirlo, con un soplo luminoso, en un pequeño sol...» (LC 182, 31/5/1897). 


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

OH BLANCA PALOMA, CARTA 232

 A la madre Inés de Jesús

30 de mayo de 1897 
 

(2º billete) J.M.J.T.  


Deposité mi primer billetito en manos de sor Genoveva (1) a la vez que ella me daba el tuyo. Ahora lamento haber echado mi misiva al «correo», pues voy a tener que pagar portes dobles para decirte que comprendo tu pena. Yo deseaba seguramente más que tú no ocultarte nada, pero me pareció que era mejor esperar (2). Si he obrado mal, perdóname, y créeme que nunca dejé de tener confianza en ti. ¡Te quiero demasiado para eso...! 

Me alegro mucho de que lo hayas adivinado tú sola. No recuerdo haber ocultado ninguna otra cosa del sobre a mi Madrecita, y le suplico que después de mi muerte no crea lo que puedan decirle. 

Sí, Madrecita, la carta es tuya, y te pido por favor que sigas escribiéndola hasta el día en que Jesús rasgue totalmente el sobrecito que tantos pesares te ha causado desde que fue formado (3). 
 


NOTAS:
1 El billete 231 que sor Genoveva le había pasado en su calidad de enfermera. 
 

2 Teresa se refiere a que la primera vez que había tenido un vómito de sangre se lo ocultó a su hermana (Madre Inés de Jesús), y ella se enteró por las Hermanas de comunidad.

3 Nuevo desentendimiento: mientras Teresa escribe su «2º billete», la madre Inés está escribiendo a su vez el suyo:

"Aún sigo temiendo, angelito mío, haberte apenado con mi desafortunado billetito. El tuyo, por el contrario, ¡es tan tierno! Pídele a Jesús que me haga como tú. 
Pronto te escaparás lejos de la tierra, y mi corazón en el fondo se estremece con una alegría sobrenatural; mientras mis ojos derraman lágrimas, interiormente me siento transportada por un sentimiento indecible de felicidad. ¡Oh, blanca paloma, ya ha llegado la hora de que el Dueño del palomar te vuelva a poner en el sitio que te corresponde! Ya es hora de que los angelitos no se vean privados por más tiempo de tu compañía. Ya es hora de que Dios reciba nueva gloria con tu entrada en la patria celestial. Después de eso, yo quiero sufrir en la tierra todo lo que Dios quiera, quiero gemir yo también como una tórtola lastimera desterrada en los valles de esta tierra, quiero para mí las lágrimas. Sí, soy MUY FELIZ, por fin mi angelito va a volver a su país, va a prepararle un sitio a su Madrecita, y la hará santa, y le enseñará desde allá arriba a dominar sus tensiones tan desoladoras, y le proporcionará toda clase de bienes, al vivir ella ya para siempre en tan gran abundancia..."

 

«Jesús mío, ¡te amo! También yo iré pronto a verte; mientras tanto, te envío TODO LO QUE AMO» (LC 181, 30/5/1897). 


 
 Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.










viernes, 13 de septiembre de 2019

FUE EL VIERNES SANTO, CARTA A LA MADRE INÉS DE JESÚS, CARTA 231

A la madre Inés de Jesús

30 de mayo de 1897 

J.M.J.T. 
 

No sufras, Madrecita querida, porque parezca que tu hijita te haya ocultado algo. Y digo parezca, porque tú sabes muy bien que si te ha ocultado una esquinita del sobre (1), jamás te ocultó una sola línea de la carta, pues ¿quién conoce mejor que tú esta cartita que tanto amas? A las demás se les puede perfectamente enseñar el sobre por todos los lados, pues no pueden ver más que eso, ¡¡¡pero a ti...!!!  


 Ahora ya sabes, Madrecita, que fue el Viernes Santo (2) cuando Jesús empezó a rasgar un poco el sobre de tu cartita. ¿¡No estás contenta de que él se disponga a leer esta carta que tú estás escribiendo desde hace 24 años!? Si supieses qué bien sabrá ella decirle tu amor por toda la eternidad (3)... 
 

 


NOTAS 

(1) Sor María del Sagrado Corazón anota: «Había ocultado a la madre Inés de Jesús, que ya no era priora en esa época, el vómito de sangre que había tenido». 


(2) El 3 de abril de 1896. 


(3) Mientras Teresa escribía el billete que acabamos de leer, la madre Inés trazaba estas líneas: «Mi pobre angelito querido: Seguro que te he hecho sufrir. Y sin embargo, te aseguro que considero una gracia de Dios para mí el saber lo que te ocurrió, pues, si me hubiese enterado de esos detalles después de tu muerte, creo que nunca me habría consolado. Tengo un temperamento tan extraño, que siempre habría pensado que, debido a mis luchas, tú te habías escondido de mí y, por tanto, habría creído ya para siempre que nuestra intimidad, tan dulce y tan ENTERA a mis ojos durante tu vida, no lo era tanto como yo suponía. ¿Qué quieres que haga?, yo no soy dueña de estas impresiones dolorosas, es éste el punto débil de mi carácter. Por eso, ¡cuántas gracias le doy a Dios por la recreación de esta noche! Sí, comprendo que me ama y que tiene compasión de mi pobre corazón. No me importa sufrir las luchas que sean durante tu vida, pero después todos los recuerdos que tenga de ti tienen que ser agradables y no tengo que enterarme de nada nuevo. No me parece mal que no me digan las cosas en el momento, pero ten compasión de mi debilidad maternal y, otra vez, pide que me lo digan todo. La verdad, angelito mío, es que tienes una extraña Madrecita... Fíjate, durante Completas su corazón se parecía a un auténtico abismo de amargura, y de un género del todo especial, de un género que yo nunca había experimentado todavía. ¡Qué lástima me da de Dios cuando las almas no tienen confianza en él! Este es mayor ultraje que se puede hacer a la ternura de un padre. En tu caso, ángel querido, tus razones eran TOTALMENTE DE TERNURA. Sí, no lo dudo. Y termino este billetito diciéndole una vez más a Jesús: ¡Gracias!, has tenido compasión de mi debilidad; no, no hubiese podido soportar una cosa así después de la muerte de mi angelito, me habría muerto de dolor... 
«Y sobre todo, no te atormentes, pues lo he adivinado todo» (LC 180, 30/5/1897). 


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

¿NINGUNO TE HA CONDENADO?, CARTA 230

A la madre Inés de Jesús

28 de mayo de 1897 

J.M.J.T. 

Querida Madrecita: 

Tu hijita ha vuelto a derramar hace un momento dulces lágrimas; lágrimas de arrepentimiento, pero más aún de gratitud y de amor... ¡Sí, esta noche te he demostrado mi virtud, mis TESOROS de paciencia...! ¡¡¡Yo, que predico tan bien a las demás!!! Me alegro de que hayas visto mi imperfección (1). ¡Sí, cuánto bien me hace el haber sido mala...! Tú no reprendiste a tu hijita, y, sin embargo, se lo merecía; pero la niña está ya acostumbrada a eso, tu dulzura le dice mucho más que las palabras severas, tú eres para ella la imagen de la misericordia de Dios. 

 

Sí, pero... sor San Juan Bautista es, por el contrario, ordinariamente, la imagen de la severidad de Dios. Pues bien, acabo de encontrarme con ella, y, en vez de pasar fríamente a mi lado, me ha abrazado, diciéndome (exactamente como si yo hubiese sido la criatura más linda del mundo): «¡Pobre hermanita, me has dado lástima, no quiero cansarte, he obrado mal, etc., etc.» Yo, que sentía en mi corazón una contrición perfecta, no acababa de creerme que no me hiciese ningún reproche. 

Sé muy bien que, en el fondo, le debo de parecer imperfecta, y si me ha hablado así es porque cree que me voy a morir; pero no importa, no he oído salir de su boca más que palabras dulces y tiernas, y por eso he pensado que ella es muy buena y yo muy mala... 

Al volver a mi celda, me preguntaba qué pensaría Jesús de mí, y al instante me acordé de aquellas palabras que un día dirigió a la mujer adúltera: «¿Ninguno te ha condenado?» Y yo, con lágrimas en los ojos, le contesté: «Ninguno, Señor... Ni mi Madrecita, imagen de tu ternura, ni mi hermana sor San Juan B., imagen de tu justicia, y sé muy bien que puedo irme en paz ¡porque tú tampoco me condenarás...!» 

Madrecita, ¿por qué será Jesús tan bueno conmigo? ¿Por qué no me riñe nunca...? ¡Sí, verdaderamente es como para morir de gratitud y de amor...! 

Estoy mucho más contenta de haber sido imperfecta que si, sostenida por la gracia, hubiese sido un modelo de bondad... ¡Me hace tanto bien ver que Jesús es siempre tan dulce y tan tierno conmigo...! Sí, desde ahora lo reconozco: sí, todas mis esperanzas se verán colmadas; sí, el Señor hará en nosotras maravillas que rebasarán infinitamente nuestros inmensos deseos... 

Madrecita, Jesús hace bien en esconderse, en no hablarme más que de tarde en tarde, y esto «a través de las rejas» (Cant. de los Cant.), pues siento claramente que no podría soportar más, que mi corazón estallaría, incapaz de contener tanta felicidad... Tú, dulce eco de mi alma, tú comprenderás que esta noche el vaso de la misericordia divina se ha desbordado sobre mí..., tú comprenderás que has sido y serás siempre el ángel encargado de guiarme y de anunciarme las misericordias del Señor... 

Tu insignificante hija, 

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind. 
 

 

 NOTAS

 1 La madre Inés presenta así los hechos: «Un día (estaba ya enferma de continuo), vino una hermana a pedirle su ayuda inmediata para un trabajo de pintura. Yo estaba presente, y por más que objeté que estaba con fiebre y extremadamente cansada, la hermana insistía. Entonces en el rostro de Teresa apareció su tensión interior. Por la noche me escribió estas líneas». 


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.


 

TODO EL BIEN QUE HAS HECHO A MI ALMA, A JESÚS SE LO HAS HECHO, A LA MADRE INÉS DE JESÚS, CARTA 229



A la madre Inés de Jesús


23 de mayo de 1897 


J.M.J.T. 


Mucho me temo haber hecho sufrir a mi Madrecita (1)... Yo, que quisiera ser su alegría, veo que soy, por el contrario, su dolor... 


Sí, pero... cuando esté lejos de esta triste tierra, donde las flores se marchitan y los pájaros se van, yo estaré muy cerca de mi Madre querida, del ángel que Jesús envió delante de mí para prepararme el camino, la senda que conduce al cielo, el ascensor (2) que debía elevarme sin cansancios hacia las regiones infinitas del amor... Sí, estaré cerquita de ella, y sin dejar la Patria, pues no seré yo la que baje, sino que será mi Madrecita la que suba adonde yo esté... ¡Ah!, si yo supiera expresar como ella lo que pienso, si supiera decirle cómo rebosa mi corazón de gratitud y de amor hacia ella, creo que sería ya su alegría aun antes de alejarme de esta triste tierra. 


Madrecita querida, todo el bien que has hecho a mi alma, a Jesús se lo has hecho, pues él dijo: «Lo que hicisteis al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo hicisteis...» ¡Y el más pequeño soy yo...!(3)  



NOTAS 

1 Desconocemos el motivo; seguramente a causa de su estado de salud. 


2 Primera vez que aparece esta palabra en la pluma de Teresa. El Ms C 3rº desarrollará pronto el tema del ascensor; cf CG p. 989+c. 


3 Esta fue la respuesta de la madre Inés a este billete: «En el mismo momento en que iba a tomar la pluma para exhalar un suspiro, recibí tus letras, ¡mi ángel querido! Esto ha hecho desbordar mi vasito. Sí, pero... ha hecho también que se produjera una especie de cambio físico, pues el vasito, lleno de agua muy amarga, sólo pudo ya rebosar en el acto un licor muy dulce y muy suave. Poco antes yo me decía a mí misma: me gustaría que, antes de partir, mi ángel me dijese lo que hará por mí allá arriba en el cielo, necesito tener éste entre mis consuelos, ¡y mira por dónde sus letras vienen a decirme justamente eso! Pues bien, ahora puedes ya morir, yo sé que allá arriba seguirás ocupándote de tu Madrecita; muérete ya enseguida para que mi corazón no tenga ya aquí abajo ningún apoyo, para que todo lo que amo esté ya allá arriba. Ya ves, mientras escribo esto me he puesto a derramar gruesas lágrimas y ya no veo..., no sé lo que hoy me está pasando, NUNCA había estado tan segura de tu final cercano. ¡Pobre angelito, o, mejor, feliz angelito, si supieras lo que allí te está esperando! ¡Sí, qué bien recibida vas a ser!, ¡qué fiesta para toda la asamblea de los santos! ¡Qué tiernamente te estrechará contra su corazón la Virgen Inmaculada! Serás como un niñito al que todos querrán pasarse de uno a otro para mecerlo y acariciarlo; y luego los santos inocentes irán, orgullosos, a tomarte de la mano, y te enseñarán a servirte de tus alas, y te enseñarán a jugar con ellos. ¡Pídeles que me dejen un lugarcito a mí también entre sus filas!» (LC 179, 23/5/1897). 

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.


jueves, 12 de septiembre de 2019

LA JUSTICIA DE DIOS CONSTITUYE MI ALEGRÍA , CARTA 226

 Al P. Roulland

J.M.J.T. 

Jesús + 9 de mayo de 1897 


Hermano: 

He recibido con alegría, o, mejor, con emoción las reliquias que ha tenido a bien enviarme (1). Su carta es casi una carta de despedida para el cielo. Al leerla, me parecía estar escuchando el relato de los sufrimientos de sus antepasados en el apostolado. 


En esta tierra, en la que todo cambia, sólo una cosa se mantiene estable: el comportamiento del Rey del cielo respecto a sus amigos. Desde que él levantó el estandarte de la cruz, a su sombra deben todos combatir y alcanzar la victoria. «La vida de todo misionero es fecunda en cruces», decía T. Vénard, y también: «La verdadera felicidad consiste en sufrir. Y para vivir, tenemos que morir».  

 

Hermano mío, los comienzos de su apostolado están marcados con el sello de la cruz, el Señor lo trata como a un privilegiado. Él quiere afianzar su reinado en las almas mucho más por la persecución y el sufrimiento que por medio de brillantes predicaciones. Usted dice: «Yo soy todavía un niñito que no sabe hablar» (2). El P. Mazel, que fue ordenado sacerdote el mismo día que usted, tampoco sabía hablar, y, sin embargo, ya recogió la palma (3)... 


¡Cuán por encima de los nuestros están los pensamientos de Dios...! Al conocer la muerte de este misionero, al que yo oía nombrar por primera vez, me sentí movida a invocarle, me parecía verlo en el cielo en el glorioso coro de los mártires. Sí, lo sé, a los ojos de los hombres su martirio no lleva nombre de tal; pero a los ojos de Dios, ese sacrificio sin gloria no es menos fecundo que los de los primeros cristianos que confesaron su fe ante los tribunales. La persecución ha cambiado de forma, los apóstoles de Cristo no han cambiado de sentimientos; por eso su divino Maestro no cambiará tampoco sus recompensas, a menos que no sea para aumentarlas en comparación con la gloria que se les niega aquí abajo. 


No comprendo, hermano, cómo puede usted dudar de su entrada inmediata en el cielo si los infieles le quitasen la vida. Yo sé que hay que estar muy puros para comparecer ante el Dios de toda santidad, pero sé también que el Señor es infinitamente justo. Y esta justicia, que asusta a tantas almas, es precisamente lo que constituye el motivo de mi alegría y de mi confianza. Ser justo no es sólo ejercer la severidad para castigar a los culpables, es también reconocer las intenciones rectas y recompensar la virtud. Yo espero tanto de la justicia de Dios como de su misericordia. Precisamente porque es justo, «es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Pues él conoce nuestra masa, se acuerda de que somos barro. Como un padre siente ternura por sus hijos, siente el Señor ternura por sus fieles...» (4). Al escuchar, hermano, estas hermosas y consoladoras palabras del profeta rey, ¿cómo dudar de que Dios pueda abrir las puertas de su reino a esos hijos suyos que lo han amado hasta sacrificarlo todo por él, que no sólo han dejado su familia y su patria para darle a conocer y hacerlo amar, sino que incluso desean entregar su vida por el que aman...? ¡Jesús tenía mucha razón cuando decía que no hay amor más grande que ése!  


 


¿Cómo, pues, se va a dejar vencer él en generosidad? ¿Cómo va a purificar en las llamas del purgatorio a unas almas que viven consumidas por el fuego del amor divino? Es cierto que ninguna vida humana está exenta de faltas, que sólo la Virgen Inmaculada se presenta absolutamente pura delante de la Majestad divina. ¡Y qué alegría pensar que esta Virgen es nuestra Madre! Puesto que ella nos ama y conoce nuestra debilidad, ¿qué podemos temer? 


¡Cuántas frases para expresar mi pensamiento, o, más bien, para no llegar a hacerlo! Sencillamente quería decir que me parece que todos los misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al purgatorio. Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han merecido. 


Esto es, hermano mío, lo que yo pienso acerca de la justicia de Dios. Mi camino es todo él de confianza y de amor, y no comprendo a las almas que tienen miedo de tan tierno amigo. A veces, cuando leo ciertos tratados espirituales en los que la perfección se presenta rodeada de mil estorbos y mil trabas y circundada de una multitud de ilusiones, mi pobre espíritu se fatiga muy pronto, cierro el docto libro que me quiebra la cabeza y me diseca el corazón y tomo en mis manos la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso, una sola palabra abre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil: veo que basta con reconocer la propia nada y abandonarse como un niño en los brazos de Dios. 

 

Dejando para las grandes almas y para los espíritus elevados esos brillantes libros que yo no puedo comprender, y menos aún poner en práctica, me alegro de ser pequeña, pues sólo los niños y los que se hacen como ellos serán admitidos al banquete celestial. Me alegro enormemente de que en el reino de Dios haya muchas moradas, porque si no hubiese más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él. No obstante, no quisiera estar muy alejada de la de usted; espero que Dios, en consideración a sus méritos, me conceda la gracia de participar de su gloria, de igual modo que aquí en la tierra la hermana de un conquistador, aunque carezca de dones naturales, participa, a pesar de su pobreza, de los honores tributados a su hermano. 


El primer acto de su ministerio en China me ha parecido encantador. El alma cuyos despojos mortales usted bendijo ha tenido, ¿cómo no?, que sonreírle y prometerle su protección, lo mismo que a los suyos. ¡Cuánto le agradezco que me cuente entre ellos! Estoy también profundamente emocionada y agradecida por el recuerdo que usted tiene de mis queridos padres en la santa Misa. Espero que estén ya en posesión del cielo, hacia el que tendían todos sus actos y deseos. Eso no me impide rezar por ellos, pues creo que las almas de los bienaventurados reciben gran gloria con las oraciones que se hacen a su intención y de las que ellas pueden disponer en favor de otras almas que sufran. 


Si, como creo, mi padre y mi madre están el cielo, deben de mirar y bendecir al hermano que Jesús me ha dado. ¡Habían deseado tanto tener un hijo misionero...! Me han contado que, antes de nacer yo, mis padres esperaban que al fin su deseo iba por fin a realizarse. Si hubiesen podido penetrar el velo del futuro, habrían visto que, en efecto, por medio de mí, su deseo se haría realidad. Puesto que un misionero se ha convertido en hermano mío, él es también su hijo, y en sus oraciones ya no pueden separar al hermano de su indigna hermana. 


Usted, hermano, reza por mis padres, que están ya en el cielo, y yo rezo con frecuencia por los suyos, que están todavía en la tierra. Es éste un deber muy dulce para mí, y le prometo cumplirlo siempre fielmente, incluso si dejo el destierro, e incluso entonces tal vez más, pues conoceré mejor las gracias que necesiten. Y luego, cuando terminen su carrera aquí en la tierra, yo vendré a buscarlos en nombre de usted y los introduciré en el cielo. ¡Qué dulce será la vida de familia que gozaremos durante toda la eternidad! Mientras esperamos esta bienaventurada eternidad, que dentro de poco tiempo se abrirá para nosotros, pues la vida no es más que un día, trabajemos juntos por la salvación de las almas. Yo bien poca cosa puedo hacer, o, mejor, absolutamente nada si estuviese sola. 
Lo que me consuela es pensar que a su lado puedo servir para algo. En efecto, el cero por sí solo no tiene valor, pero colocado junto a la unidad se hace poderoso, ¡con tal de que se lo coloque en el lugar debido, detrás y no delante...! Y ahí precisamente es donde Jesús me ha colocado a mí, y espero estar ahí siempre, siguiéndole a usted de lejos con la oración y el sacrificio. 


Si hiciese caso al corazón, no terminaría hoy la carta; pero van a tocar a final del silencio (5) y tengo que llevar la carta a nuestra Madre, que la está esperando. Le ruego, pues, hermano, que envíe su bendición a este cero que Dios ha colocado a su lado. 


Sor Teresa del Niño Jesús de la Sta. F. rel. carm. ind. 




NOTAS:

 1 El 24 de febrero, el P. Roulland escribía a Teresa: «Querida hermana: no le escribo por extenso porque estoy a punto de subir a Tchoug-Kin, ni siquiera respondo a su larga carta que me ha hecho mucho bien. Sólo quiero enviarle unas reliquias de un futuro mártir. Ya dejé también unas a mis padres el día que abandoné a mi familia; se las envié desde Shangai. ¿Por qué no enviarle también alguna a mi hermana? En este momento no estamos en peligro inminente de morir, pero el día menos pensado podemos recibir una cuchillada; no seríamos mártires en el sentido propio de la palabra, pero si dirigimos bien nuestra intención -por ejemplo, diciendo: Dios mío, por tu amor hemos venido aquí, acepta el sacrificio de nuestra vida y convierte a las almas-, ¿no es cierto que seríamos lo bastante mártires como para ir al cielo...? (...) En fin, estamos en manos de Dios, y si los bandidos me asesinan y no soy digno de entrar inmediatamente en el cielo, usted me sacará del purgatorio e iré a esperarla en el paraíso. (...) Me dice usted, hermana, que ofrece a Jesús mi amor junto con el suyo; pues bien, en la santa Misa yo ofrezco el suyo con el mío después de la comunión. Estoy seguro de que Jesús, al ver esta ofrenda, me perdonará por el poco amor que yo le tengo a él. En el memento de los difuntos pienso en sus padres ya difuntos» (LC 175, 24/2/1897). 


2 El P. Roulland estaba aprendiendo el chino; cf su carta a Teresa del 20 de enero de 1897: «¿Cuándo haré mi primer bautismo, mi primera conversión? Desgraciadamente, no soy más que un niñito, no sabe hablar. Voy a pasar varios meses con una familia cristiana para aprender la lengua, las costumbres, etc., y luego el apostolado con un antiguo compañero de abordo» (LC 173). 


3 El 1 de mayo acaban de enterarse en el Carmelo de Lisieux del asesinato de este misionero de veintiséis años, perpetrado por unos bandidos por ser europeo; cf CA 1.5.2. 


4 Cf Ms A 3vº y 76rº. 


5 Cf Cta 225, nota 3. 


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.



ESTOY DISPUESTA INCLUSO A MORIR, CARTA A SOR ANA DEL SAGRADO CORAZÓN, CARTA 225

A sor Ana del Sgdo. Corazón

J.M.J.T. 

Jesús + 2 de mayo, Fiesta del Buen Pastor, de 1897 

Queridísima hermana: 
 

Seguro que le va a sorprender mucho recibir carta mía. Para que me perdone que vaya a turbar el silencio de su soledad, le diré a qué se debe que tenga el gusto de escribirle. 
La última vez que tuve conferencia espiritual con nuestra madre, hablamos de usted y de ese querido Carmelo de Saigón. Y nuestra Madre me dijo que, si quería, podía escribirle. Acepté esta proposición con alegría y aprovecho la licencia (1) del Buen Pastor para conversar un momento con usted. 


Espero, querida hermana, que no me haya olvidado; yo me acuerdo mucho de usted, recuerdo feliz los años que pasé en su compañía, y usted sabe que para una carmelita recordar a una persona a la que ama es orar por ella. 
Pido a Dios que la llene de sus gracias y que aumente cada día en su corazón su santo amor, aunque no dudo que usted posee ya ese amor en un grado eminente. El ardiente sol de Saigón no es nada en comparación con el fuego que arde en su alma. 

Por favor, hermana, pida a Jesús que yo también le ame y le haga amar. Quisiera amarle, no con un amor normal y corriente, sino como los santos, que hacían locuras por él. ¡Pero qué lejos estoy de parecerme a ellos...! Pídale también a Jesús que yo haga siempre su voluntad; por hacerla, estoy dispuesta a atravesar el mundo (2)..., ¡estoy dispuesta incluso a morir!

El silencio (3) va a terminar de un momento a otro, tengo que poner fin a mi carta y veo que aún no le he dicho nada interesante; por suerte, están ahí las cartas de nuestras Madres, que le darán todas las noticias de este nuestro Carmelo. Nuestra licencia ha sido muy corta, pero si no le molesta, ya iré otro día a pasar un rato más largo con usted. 


Querida hermana, dé mis filiales y respetuosos saludos a la Reverenda Madre (4). No me conoce, pero yo oigo hablar mucho de ella a nuestra Madre, la quiero y pido a Jesús que la consuele en sus trabajos. 


La dejo ya, querida hermana, quedando muy unida a usted en el Corazón de Jesús. En él me siento feliz de llamarme siempre 


Su más pequeña hermanita, 

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz 
rel. carm. ind.  




 

NOTAS:


1 Día de recreo extraordinario durante el cual las hermana tenían permiso -«licencia»- para hablar libremente unas con otras. 


2 «Para ir a Cochinchina»; cf CA 21/26.5.2. 


3 Hora de siesta libre, desde mediodía hasta la 1 en verano. 

4 Madre María de Jesús, que había sucedido a la madre Filomena de la Inmaculada Concepción, fundadora procedente de Lisieux en 1861. 

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

 

AL ABATE BELLIÉRE, NUESTRO SALVADOR SE HA DIGNADO UNIR NUESTRAS ALMAS, CARTA 224

ABATE BELLIÉRE

J.M.J.T. 

25 de abril de 1897 

Alleluia 

Querido Hermanito (1): 
 

Mi pluma, o, más bien, mi corazón se niega a llamarle en adelante «señor abate», y nuestra Madre me ha dicho que, al escribirle, puedo utilizar el mismo nombre que empleo cuando le hablo de usted a Jesús. Creo parece que nuestro divino Salvador se ha dignado unir nuestras almas para trabajar por la salvación de los pecadores, como unió en otro tiempo la del venerable Padre de la Colombière y la de la beata Margarita María. Hace poco leía en la vida de esta santa (2): 
«Un día, al acercarme a Nuestro Señor para recibirle en la sagrada comunión, me mostró su Sagrado Corazón como una hoguera ardiente, y otros dos corazones (el suyo y el del Padre de la Colombière) que iban a unirse y a abismarse en él, y me dijo: Así es como mi amor puro une a estos tres corazones para siempre. Me dio a entender también que esta unión era toda ella para su gloria, y que, por eso, quería que fuéramos los dos como hermano y hermana, participantes por igual de los bienes espirituales. Y como yo le representase al Señor mi pobreza y la desigualdad que había entre un sacerdote de tan gran virtud y una pobre pecadora como yo, me dijo: Las riquezas infinitas de mi Corazón lo suplirán todo y lo igualarán todo».  


MARGARITA MARÍA Y CLAUDIO DE LA COLOMBIÉRE

Tal vez, hermano mío, la comparación no le parezca acertada. Es verdad que usted no es aún un Padre de la Colombière, pero no dudo que algún día usted será, como él, un verdadero apóstol de Cristo. 
En cuanto a mí, ni siquiera me pasa por el pensamiento la idea de compararme con la beata Margarita María; simplemente, me limito a constatar el hecho de que Jesús me ha escogido para ser la hermana de uno de sus apóstoles, y las palabras que aquella santa amante de su Corazón le dirigía por humildad se las repito yo con toda verdad. Por eso, espero que sus riquezas infinitas suplirán todo lo que a mí me falta para llevar a cabo la obra que me confía. 

Me alegro enormemente de que Dios se haya servido de mis pobres versos para hacerle un poco de provecho. Me hubiera avergonzado de enviárselos si no hubiese recordado que una hermana no debe ocultar nada a su hermano. Y usted los ha acogido y juzgado, ciertamente, con un corazón fraternal... Seguramente que se habrá sorprendido de volver a encontrar «Vivir de amor». No era mi intención enviársela dos veces. Ya había empezado a copiarla cuando me acordé de que usted ya la tenía, y era demasiado tarde para volverme atrás. 
Querido Hermanito, debo confesarle que en su carta hay algo que me ha apenado, y es que usted no me conoce como soy en realidad. Es cierto que, para encontrar almas grandes, hay que venir al Carmelo: al igual que en las selvas vírgenes, germinan en él flores de un aroma y de un brillo desconocidos para el mundo. Jesús, en su misericordia, ha querido que, entre esas flores, crezcan otras más pequeñas. Nunca podré agradecérselo bastante, pues, gracias a esa condescendencia, yo, pobre flor sin brillo alguno, me encuentro en el mismo jardín que esas rosas, mis hermanas. Por favor, hermano mío, créame: Dios no le ha dado por hermana a un alma grande, sino a una muy pequeñita e imperfecta.




No crea que sea humildad lo que me impide reconocer los dones de Dios; yo sé que Él ha hecho en mí grandes cosas, y así lo canto, feliz, todos los días (3). 
Recuerdo con frecuencia que aquel a quien más se le ha perdonado debe amar más; por eso procuro que mi vida sea un acto de amor, y no me preocupo en absoluto por ser un alma pequeña, al contrario, me alegro de serlo. Y ése es el motivo por el que me atrevo a esperar que «mi destierro será breve» (4). Pero no es porque esté preparada, creo que nunca lo estaré si el Señor no se digna, él mismo, transformarme. Él puede hacerlo en un instante, y después de todas las gracias de que me ha colmado, espero también ésta de su misericordia infinita. 

Me dice, hermano mío, que pida para usted la gracia del martirio. Esta gracia la he pedido muchas veces para mí, pero no soy digna de ella, y verdaderamente se puede decir con san Pablo: No es cosa del que quiere o del que corre, sino de Dios que es misericordioso. Y como el Señor parece no querer concederme otro martirio que el del amor, espero que me permita recoger, gracias a usted, esa otra palma que los dos ambicionamos. 

Veo, gustosa, que Dios nos ha dado las mismas inclinaciones y los mismos deseos. Le he hecho sonreír, querido hermanito, con el cántico «Mis armas». Pues bien, le haré sonreír de nuevo diciéndole que desde mi niñez he soñado con combatir en los campos de batalla... Cuando comencé a estudiar la historia de Francia, el relato de las hazañas de Juana de Arco me entusiasmaba; sentía en mi corazón el deseo y el ánimo de imitarla; me parecía que el Señor me destinaba a mí también a grandes cosas. Y no me engañaba. Sólo que, en lugar de una voz del cielo invitándome al combate, yo escuché en el fondo de mi alma una voz más suave y más fuerte todavía: la del Esposo de las vírgenes, que me llamaba a otras hazañas y a conquistas más gloriosas. Y en la soledad del Carmelo he comprendido que mi misión no era la de hacer coronar a un rey mortal, sino la de hacer amar al Rey del cielo, la de someterle el reino de los corazones.  

SANTA TERESITA Y JUANA DE ARCO

Es hora de terminar, y, sin embargo, todavía tengo que darle las gracias por las fechas que me ha enviado; me gustaría que añadiese también los años, pues no sé su edad. Para que disculpe mi simplicidad, le envío las fechas importantes de mi vida; lo hago también con la intención de que en esos días benditos estemos más especialmente unidos por medio de la oración y la acción de gracias. 

Si Dios me concede una ahijadita, me sentiré feliz de responder a su deseo, dándole por protectores a la Santísima Virgen, a san José y a mi santa patrona. 

En fin, querido hermanito, termino pidiéndole que disculpe mis interminables garabatos y lo deshilvanado de mi carta. 

En el Sagrado Corazón de Jesús, soy para toda la eternidad 

Su indigna hermanita, 


Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind. 


(Quede bien entendido, ¿no?, que nuestras relaciones permanecerán secretas. Nadie, excepto su director, debe conocer la unión que Jesús ha establecido entre nuestras almas.) 




NOTAS:

1 El abate Bellière acaba de escribir una larga carta, para Pascua, a la madre María de Gonzaga y a Teresa. Transcribimos aquí algunos párrafos de su carta a ésta última: «Mi buena y muy querida hermanita: (...) Aquí me tiene también usted para decirle la enorme alegría que me dio con las poesías que tuvo la bondad de copiarme. Han tenido que quitarle mucho tiempo de recreación, y casi casi le pido perdón por haber sido la causa de todo ese trabajo. Sin embargo, no quiero insistir demasiado, porque realmente me han gustado mucho. No espere, querida hermana, que se las alabe; ni siquiera se me ocurre, pues creo con toda razón que me quedaría muy por debajo de lo que realmente merecen. Sólo le digo que me he sentido encantado y feliz. Y esto no son simples cumplidos que le dirijo, sino la expresión de lo que siento. Usted las compuso para las carmelitas, pero los ángeles deben cantar con usted, y los hombres, por burdos que sean, como yo, encuentran un auténtico placer al leer y cantar esta poesía que nace del corazón. Todas me han gustado, y tal vez en especial: «Mi cántico de hoy», «A T. Vénard» (¡y con razón!), «Acuérdate», «A mi ángel de la guarda», etc. Perdón, me estoy dando cuenta de que las nombraría todas. Sí, todas me gustan y me parecen preciosas. Gracias, sencilla pero muy sinceramente, por su bondad. Usted sabe captar todos los matices, la dulzura de las sacristanas del Carmelo, y, junto a ella, los acentos viriles del guerrero en «Mis armas» Me gusta verla hablar de la lanza, del casco, de la coraza, del atleta, y me sonrío al imaginármela armada de esa manera. Sin embargo, Juana de Arco, -a quien usted tanto ama, y a la que yo mismo invoco a diario bajo ese título con el que la he saludado al final del cántico: ¡SANTA Juana de Francia!-, Juana de Arco llevó también esas mismas armas que usted canta y que son sin duda alguna su adorno más hermoso. Yo, hermana, soy y seguiré siendo fiel a la breve oración que usted me ha indicado; es algo sagrado para mí, y la rezaré siempre, incluso aunque... su destierro sea breve. Ya le había adivinado el pensamiento, hermana mía: en el Cántico del Amor había subrayado este verso: «Mi destierro, así lo espero, será corto», y este otro: «Siento que mi destierro va a acabar». Comprendo sus deseos y su impaciencia: usted, hermanita, está ya lista para entrar en el cielo, y su Esposo Jesús puede en cualquier momento extender la mano que la colocará en el trono de la gloria; usted está impaciente, como la esposa del Cantar de los Cantares. «Atráeme» hacia ti, dice, arrojándose a los pies de su Amado, totalmente consumida por la llama que la devora. Al estudiar y meditar este libro del Cantar de los Cantares, yo lo aplicaba a la carmelita y a su Esposo Jesús, y sin duda por eso lo he escrito ahora en ese sentido de manera casi natural, y por eso también han venido a caer juntos algunos versos de «Vivir de amor» y otros varios. Y tiene usted mucha razón cuando me dice que a mí no me está permitido cantar como usted. No, la verdad es que no, pues antes tengo que lograr, con un duro trabajo y una verdadera penitencia, que Dios olvide un pasado de pecado, y después hacer algo por Dios, trabajar en su viña. Antes de paladear los honores, Juana de Arco conoció los trabajos, y yo tengo que expiar mucho más que ningún otro. Y si alguna vez llego a conseguirlo, entonces le diré: Hermana mía, pídale a Dios que yo sucumba de dolor, pídale -¿por qué no?- que muera mártir (!). Este ha sido el sueño de toda mi vida. Antes, ambicionaba morir por Francia; hoy, por Dios, y usted lo sabe: «Si morir por su príncipe es una ilustre suerte», «cuando uno muere por su Dios, ¡cuál será la muerte!». (...) 
«Le agradezco también sus intenciones como madrina, ¿pero no querrá también dar nombre, en recuerdo suyo, al pequeño Beduino, en el caso de que el 1º sea una niña? Le ruego que tenga esta amabilidad». (LC 177, 1718/4/1897). 


2 Texto que Teresa sacó de un Bulletin du Sacré-Coeur de diciembre de 1896; cf Vie et Oeuvres de la Bienheureuse Marguerite-Marie Alacoque. Sa vie inédite par les Contemporaines, Poussièlgue, 1867, t. 2, p. 347. 


3 Cf Ms C 4rº. 


4 Poesía Vivir de amor (PN 17, estr. 9), del 26/2/1895. 


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.


miércoles, 11 de septiembre de 2019

AL P. ROULLAND, CARTA 221

 Al P. Roulland 

PADRE ROULLAND

Jesús + 19 de marzo de 1897 

Querido hermano: 

Nuestra madre acaba de entregarme sus cartas, no obstante estar en cuaresma (tiempo durante el cual no se escribe en el Carmelo). Y me ha dado permiso para contestarle hoy, pues mucho nos tememos que nuestra carta de noviembre haya ido a visitar las profundidades del río Azul. 
Las de usted, fechadas en septiembre, hicieron una feliz travesía y vinieron a alegrar a su Madre y a su hermanita en la fiesta de Todos los Santos. 
La del 20 de enero nos llegó bajo la protección de san José. Y ya que usted sigue mi ejemplo escribiéndome en todas las líneas, no quiero perder yo esta buena costumbre, que, no obstante, hace que mi mala letra sea todavía más difícil de descifrar... 

¡Ay, cuándo llegará el día en que no tengamos ya necesidad de tinta ni de papel para comunicarnos nuestros pensamientos...! Usted, hermano, a punto estuvo de ir a visitar ese país encantado donde es posible hacerse comprender sin escribir e incluso sin hablar (1); doy gracias a Dios con toda el alma por haberle dejado en el campo de batalla para que pueda ganar para él numerosas victorias. 
Ya sus sufrimientos han salvado muchas almas. San Juan de la Cruz dijo: "Es más precioso un poquito de este puro amor y más provecho hace a la Iglesia, que todas esas otras obras juntas". Si eso es así, ¡cuán provechosos para la Iglesia han de ser sus sufrimientos y sus pruebas, dado que sólo por amor a Jesús usted los sufre con alegría! 


Verdaderamente, hermano, no puedo compadecerlo, pues se cumplen en usted estas palabras de la Imitación de Cristo: "Cuando el sufrimiento te parezca dulce y lo ames por amor a Jesucristo, habrás hallado el paraíso en la tierra". Este paraíso es, en verdad, el del misionero y el de la carmelita. 
La alegría que los mundanos buscan en medio de los placeres no es más que una sombra fugitiva; pero nuestra alegría, la que buscamos y saboreamos en los trabajos y en los sufrimientos, es una realidad extremadamente dulce, un disfrute anticipado de la felicidad del cielo. 

Su carta, toda ella impregnada de santa alegría, se me ha hecho muy interesante. Siguiendo su ejemplo, me reí de buena gana a costa de su cocinero, al que veo desfondando su olla... También su tarjeta de visita (2) me ha divertido mucho; no sé ni siquiera de qué lado volverla, me parezco a un niño que quiere leer un libro poniéndolo al revés. 

Pero volviendo a su cocinero, ¿creerá que en el Carmelo también nosotras tenemos a veces aventuras divertidas? El Carmelo, al igual que el Su-Tchuen, es un país extraño al mundo, donde uno pierde sus costumbres más primitivas. 
Le voy a poner un ejemplo:
Una persona caritativa nos regaló hace poco una pequeña langosta bien atada en una cesta. Seguramente hacía mucho tiempo que no se había visto en el monasterio semejante maravilla. Sin embargo, nuestra buena hermana cocinera se acordó de que había que poner en agua al animalito para cocerlo. Y así lo hizo, lamentando tener que someter a tamaña crueldad a una inocente criatura. 
La inocente criatura parecía dormida y se dejaba manejar a capricho; pero en cuanto sintió el calor, su dulzura se cambió en furia y, consciente de su inocencia, no pidió permiso a nadie para saltar en mitad de la cocina, pues su caritativo verdugo no había puesto la tapa a la olla. 
La pobre hermana se arma enseguida de unas tenazas y corre tras la langosta que da saltos desesperados. La lucha continúa por mucho tiempo, hasta que la cocinera, cansada de luchar y todavía armada de sus tenazas, se va toda desconsolada a buscar a nuestra Madre y le declara que la langosta está endemoniada. Su aspecto era aún más elocuente que sus palabras (¡pobre criaturilla -parecía decir-, tan dulce y tan inocente hace un momento, y ahora endemoniada! ¡Verdaderamente, no hay que creer en los cumplidos de las criaturas!). Nuestra Madre no pudo menos de echarse a reír al escuchar las declaraciones del severo juez que pedía justicia, se dirigió inmediatamente a la cocina, cogió la langosta -que, al no haber hecho voto de obediencia, opuso alguna resistencia- y, metiéndola de nuevo en su prisión, se fue, no sin antes haber cerrado bien la puerta, es decir la tapa. Por la noche, en la recreación, toda la comunidad rió hasta las lágrimas a cuenta de la langosta endemoniada, y al día siguiente todas pudimos saborear un bocado. La persona que quería regalarnos no erró el blanco, pues la famosa langosta, o. mejor dicho, su historia, nos servirá más de una vez de festín, no ya en el refectorio, pero sí en la recreación. 

Tal vez mi historieta no le parezca a usted muy divertida, pero puedo asegurarle que, si hubiese asistido al espectáculo, no habría podido conservar su gravedad... En fin, hermano, si le aburro, le ruego que me perdone. Ahora voy a hablar más en serio. 

Después de su partida, he leído la vida de varios misioneros (en mi carta, que quizás no haya recibido, le daba las gracias por la vida del P. Nempon). He leído, entre otras, la de Teófano Vénard (3), que me interesó y me emocionó mucho más de lo que pueda decir. 


Teófano Vénard

Bajo esta impresión, he compuesto algunas estrofas, totalmente personales; no obstante, se las envío (4), pues nuestra Madre me ha dicho que cree que estos versos le agradarán a mi hermano de Su-Tchuen. La penúltima estrofa requiere algunas explicaciones: en ella digo que partiría feliz para Tonkín si Dios se dignase llamarme allá. Tal vez esto le sorprenda, ¿pues no es acaso un sueño el que una carmelita piense en partir para Tonkín? Pues bien, no, no es un sueño, y hasta puedo asegurarle que si Jesús no viene pronto a buscarme para el Carmelo del cielo, algún día partiré para el de Hanoi, pues ahora en esa ciudad hay un Carmelo, fundado hace poco por el de Saigón. 
Usted ha visitado hace poco este último, y sabe bien que en Cochinchina una Orden como la nuestra no puede sostenerse sin vocaciones francesas; pero, por desgracia, las vocaciones son muy escasas, y con frecuencia las superioras no quieren dejar partir a las hermanas que a su entender pueden prestar servicios en la propia comunidad. Así, nuestra Madre, en su juventud, se vio impedida, por la voluntad de su superior, de ir a ayudar al Carmelo de Saigón. 

No soy yo quien deba lamentarlo, antes bien doy gracias a Dios por haber inspirado tan acertadamente bien a su representante; pero pienso que los deseos de las madres se realizan a veces en los hijos, y no me sorprendería de ir yo a la rivera infiel a orar y a sufrir como nuestra Madre hubiese querido hacerlo... Hay que confesar, no obstante, que las noticias que nos envían de Tonkín no son nada tranquilizadoras: a finales del año pasado, entraron unos ladrones en el pobre monasterio y penetraron en la celda de la priora, que no se despertó, pero a la mañana siguiente no encontró a su lado el crucifijo (por la noche, el crucifijo de una carmelita descansa siempre junto a su cabeza, sujeto a la almohada), un pequeño armario estaba roto y el poco dinero que constituía todo el tesoro material de la comunidad había desaparecido. 
Los Carmelos de Francia, conmovidos por la miseria del de Hanoi, se unieron para proporcionarle los medios de levantar un muro de clausura lo bastante elevado para impedir que los ladrones entren en el monasterio. 



NOTAS:

1 En su carta del 20 de enero, contaba así el P. Roulland su llegada a la misión: «Como usted lo ha hecho, voy a escribir en todas las líneas para no desperdiciar papel. Y con el permiso de nuestra Madre, le diré dos palabras nada más sobre mi querido Su-Tchuen oriental. Llego a las fronteras de esta provincia, recito el Te Deum y ofrezco a Dios todo lo que soy y lo que tengo; pienso en santa Teresa, que decía: o padecer, o morir. ¿Por qué han venido estas palabras a mi mente? No tardé en tener la explicación. Le contaré lo ocurrido, y verá cómo me da la razón. En cuanto acabé de hacer mi ofrenda, tuve que acostarme. Después de dos días, bajamos a Kouy-Fou, a casa de un compañero. Mi malestar iba en aumento, así que llamamos al médico chino, pues europeos aquí no hay más que el Padre. Se me declara incapaz de continuar el viaje; adiós, pues, a mis compañeros de viaje. Diez días después se declara la fiebre, una fiebre muy alta, especie de tributo que tengo que pagar al clima. Me paso diez días delirando, pero, al parecer, lo que dije sólo fueron cosas de hacer reír. El primer médico me desahucia; viene un segundo médico, que había sido perseguido por la fe, y me administra una fuerte dosis de quinina. La fiebre, que, si es
continua, suele ser mortal, en mí se hace periódica y comienza a notarse una mejoría. Hoy estoy ya casi curado. Estos fueron los hechos. Y ésta es mi conclusión: a la oración de las personas que se preocupan por mí, y sobre todo a las suyas, debo yo el no haber cantado mi Nunc dimittis al llegar a mi misión. (...) Le había dicho que el día de Navidad celebraría un Misa a su intención, y ése día estaba en cama. Cumpliré mi promesa lo antes que pueda» (LC 173). 

 
2 «Tarjeta de visita» escrita en caracteres chinos. 

3 Vie et correspondance de J. Théophane Vénard. Esta lectura está en el origen de una de las «grandes amistades» de Teresa. De ella dimanará un verdadero consuelo y un motivo de aliento para la carmelita enferma y moribunda; cf CA 21/26.5.1. 

4 Poesía A Teófano Vénard (PN 47, 2/2/1897). 
 

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.



 

A LA SANTA FAZ



 Yo soy Jesús de Teresa <1>


¡Oh Faz adorable de Jesús, única Hermosura que cautiva mi corazón!, dígnate imprimir en mí tu divina semejanza, para que no puedas mirar el alma de tu humilde esposa sin contemplarte a ti mismo <2>.

 


¡Oh Amado mío!, yo acepto, por tu amor, no ver aquí abajo la dulzura de tu mirada ni sentir <3> el inefable beso de tu boca; pero te pido que me abrases en tu amor, a fin de que me consuma rápidamente <4> y haga aparecer pronto ante tu presencia a...

Teresa de la Santa Faz

 

 

NOTAS:
 

<1> Teresa se apropia audazmente y hace una transposición de la palabra que atañe a Jesús niño. Y de la anécdota pasa al misterio del nombre, poniendo a la par las dos expresiones que forman su apellido: Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.


<2> Encontramos de nuevo el Cántico Espiritual, canción 36, explicación del v. 2: «Que da tal manera esté yo transformada en tu hermosura, que, siendo semejante en hermosura, nos veamos entrambos en tu hermosura, teniendo ya tu misma hermosura...» (CB 36,5).


<3> «No ver ... ni sentir»: actitud fundamental en Teresa, que se acentúa todavía más con la prueba de Pascua de 1896. «Por amor» acepta verse privada de las manifestaciones sensibles del amor. 


<4> Expresión inspirada en san Juan de la Cruz, quien escribe no obstante: «consumiéndose rápidamente» (cf Or 12).

 

PADRE ETERNO, YA QUE ME HAS DADO


 
»Así como en un reino con la efigie del príncipe se obtiene todo lo que se desea, así también con la moneda preciosa de mi santa humanidad, que es mi Faz adorable, obtendréis cuanto queráis <1>». 

(N.S. Jesucristo a sor María de San Pedro)





Padre eterno, ya que me has dado por herencia la Faz adorable de tu divino Hijo, yo te la ofrezco, y te pido, a cambio de esta Moneda infinitamente preciosa, que olvides las ingratitudes de las almas que se han consagrado a ti y que perdones a los pobres pecadores.



NOTAS:

<1> Transcripción simplificada de unas palabras interiores que escuchó sor María de San Pedro (el 28/10/1845), citadas en su Vie, p. 234, y que se convirtieron en la séptima de las «Promesas de Nuestro Señor» a quien honrare su Santa Faz. Varias de las expresiones que utiliza Teresa en este registro de su Breviario provienen de esta fuente («Padre eterno», imprimir... su divina semejanza»).

AL NIÑO JESÚS


 Yo soy Jesús de Teresa <1> 
 
IMÁGEN DEL NIÑO JESÚS EN EL CARMELO DE LISIEUX

¡Niñito Jesús <2>!, mi único tesoro, 
yo me abandono a tus divinos caprichos, y no quiero otra alegría que la hacerte sonreír. 
Imprime en mí tu gracia <3> 
y tus virtudes infantiles, 
para que en el día de mi nacimiento para el cielo, los ángeles 
y los santos reconozcan en mí a tu pequeña esposa,

Teresa del Niño Jesús

 


NOTAS
 


<1> Es la respuesta del «niño» que un día encontró Teresa de Avila en un claustro; cf OTILIO RODRIGUEZ, Leyenda áurea teresiana, Madrid, Espiritualidad, 1970, p. 2.


<2> Teresa tiene ante los ojos un Niño Jesús de uno doce años. Con el dedo índice izquierdo muestra su corazón y con el derecho apunta hacia el cielo; este detalle conmueve a Teresa en plena prueba de la fe. Lo seguirá teniendo ante los ojos en la enfermería; cf CA 25.7.4.


<3> Expresión sacada del Cántico espiritual: «Cuando tú me mirabas, / su gracia en mí tus ojos imprimían...» Es sabido cuánto le gustaban a Teresa estas estrofas (canciones 32, 33 y 36). Una vez más hay que señalar la gran importancia de san Juan de la Cruz en el itinerario espiritual de Teresa en este verano de 1896. Es ésta, en efecto, la cuarta vez que se inspira en los pensamientos del Santo para actualizar imágenes del breviario: Glosa a lo divino (P 19); Cta 188, estampa con una imagen del Santo y varios pensamientos de él al dorso; la Consagración a la Santa Faz (Or 12); y este registro.



 


martes, 10 de septiembre de 2019

PADRE ETERNO, TU HIJO ÚNICO



Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá... 
 

Padre eterno, tu Hijo único, el dulce Niño Jesús, es mío, porque tú me lo diste. 
Te ofrezco los méritos infinitos de su divina infancia, y te pido en su nombre que llames a las alegrías del cielo a innumerables falanges de niñitos que sigan eternamente al divino Cordero. 

Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.







CONSAGRACIÓN A LA SANTA FAZ



Escóndeme, Señor, en el secreto de tu Rostro...
 

Sor C. Genoveva de Sta. T. - María de la Santa Faz. 
Sor L. J. María de la Trinidad y de la Santa Faz. 
Sor María F. T. del N. Jesús y de la Santa Faz <1>.
SANTA FAZ DE TOURS

»Un poquito de este puro amor más provecho hace a la Iglesia que todas esas obras juntas» <2>. «Pro eso es gran negocio ejercitar mucho el amor, para que, consumándose aquí el alma, no se detenga mucho acá o allá sin verle cara a cara» <3>...


Consagración a la Santa Faz

¡Oh Faz adorable de Jesús!, ya que has querido elegir nuestras almas de manera especial para entregarte a ellas, venimos a consagrarlas a ti... Nos parece, Jesús, oír que nos dices: «Abridme, hermanas mías, esposas mías queridísimas, que tengo la Faz cubierta de rocío y los cabellos del relente de la noche». Nuestras almas comprenden tu lenguaje de amor, nosotras queremos enjugar tu dulce Faz y consolarte del olvido de los malvados. A sus ojos, tú estás todavía escondido, te consideran como objeto de desprecio...

¡Oh Faz más bella que los lirios y las rosas de primavera <4>, tú no estás escondida a nuestros ojos... Las lágrimas que velan tu mirada divina nos parecen diamantes preciosos que queremos recoger para con su valor infinito comprar las almas de nuestros hermanos.

De tu boca adorada hemos escuchado la amorosa queja. Y sabiendo que la sed <5> que te consume es una sed de amor, quisiéramos, para poder apagártela, poseer un amor infinito... Esposo amadísimo de nuestras almas, si tuviésemos el amor de todos los corazones, todo ese amor sería para ti... Pues bien, danos tu ese amor y ven a apagar tu sed en tus pobres esposas...

Almas, Señor, tenemos necesidad de almas <6>..., sobre todo de almas de apóstoles y de mártires, para que gracias a ellas podamos iluminar con tu Amor a la multitud de los pobres pecadores.

¡Oh Faz adorable, lograremos alcanzar de ti esta gracia!

Olvidándonos de que estamos desterradas junto a los canales de Babilonia, te cantaremos al oído las más dulces melodías, y como tú eres la verdadera, la única Patria de nuestros corazones, esos nuestros cantos no serán cantados en tierra extranjera. 

¡Oh Faz adorada de Jesús!, mientras esperamos en día eterno en que contemplaremos tu gloria infinita, nuestro único deseo es hechizar tus divinos ojos escondiendo también nosotras nuestro rostro para nadie aquí en la tierra pueda reconocernos...

Tu mirada velada: he ahí nuestro cielo <7>, Jesús. 



Firmado:
T. del N. Jesús 
y de la Santa Faz.

M. de la Trinidad y de la Santa Faz 

G de Sta. T. María de la Santa Faz 







NOTAS:
Doc.: autógrafo. - Fecha: 6 de agosto de 1896. - Compuesto para: ella misma, sor Genoveva y sor María de la Trinidad. - Publ.: HA 98, pp. 160-161, sin el rº; para éste último: Mss I, pp. 20s. - Las palabra en cursiva fueron escritas por Teresa con tinta roja.


Esta oración fue compuesta para el 6 de agosto, fiesta de la Transfiguración. Teresa eligió esta fecha para consagrarse solemnemente a la «Faz adorable de Jesús» junto con sus compañeras de noviciado que llevaban el nombre «de la Santa Faz». Una primera versión, con importantes variantes aparece reproducida en Prières, pp. 124s. - La oración está escrita al dorso de un cartoncito de 13 por 9 cm. En el anverso, una reproducción de la Santa Faz de Tours, rodeada de tres medallones ovales dispuestos en semi-corona, y dentro de ellos las fotografías de las firmantes cuyos nombres se reproducen.

<1> Teresa pone las iniciales de los nombres de pila de cada una de ellas: «C» para sor Genoveva (Celina); «L. J.» (Luisa Josefina) para María de la Trinidad; «María F.» (María Francisca) para sí misma. Sor Genoveva de Santa Teresa se llamaba originariamente «María de la Santa Faz» (cf Cta 174), y sor María de la Trinidad «María Inés de la Santa Faz» (cf PN 11 y 12). Esta última tenía desde la infancia una marcada devoción a la Santa Faz. Teresa fue la primera carmelita de Lisieux que llevó el «título de nobleza» (cf Cta 118) «de la Santa Faz», así como también el «del Niño Jesús». 

<2> SAN JUAN DE LA CRUZ, Cántico Espiritual, B, 29,1. Es la primera vez que esta cita aparece en los Escritos. Se repetirá en Ms B 4vº; Cta 221 y 245.

<3> ID., Llama de amor viva, canción 1, n. 28. (Teresa señalará este pasaje con una cruz a lápiz, ya en la enfermería, en 1897; cf UC, pp. 419-420). Hay que hacer notar que si Teresa no cita estas palabras del Santo hasta 1896-1897, sí las está viviendo ya desde hace años; cf CA 27.7.5. 

<4> Teresa se inspira aquí en las Letanías de la Santa Faz: «¡Oh Faz adorable, más fresca que las rosas de primavera!».

<5> Este versículo (Jn 19,28) está en el origen del ardor apostólico de Teresa; cf Ms A 45vº, 46vº. Algunas semanas más tarde, en el Manuscrito B (8/9/96), esta dimensión apostólica se expresará en su dimensión universal. Cf también P 20+.

<6> La mayor parte de los libros de oraciones de Tours proponen un «Grito de amor» en el que se lee: «¡Almas! ¡Almas! ¡Tenemos necesidad de almas!». 

<7> Este final es como un eco de P 12: Mi cielo en la tierra (12 de agosto de 1895) y de P 21: Mi cielo (7 de junio de 1896); entre estas dos poesías se sitúa la entrada de Teresa en la noche de la fe. 


Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.

 

QUE YO ME PAREZCA A TI



Haz que yo me parezca a ti
 

¡Jesús...!
¡Haz que yo me parezca a ti, Jesús...! 




NOTAS:

Doc.: autógrafo. - Fecha: 1896 (?). - Publ.: DE, p, 517. 

Pergamino (7/4'2 cm.) plegado a la mitad. En el interior, al lado izquierdo, una viñeta de la Santa Faz de Tours. Texto: sobre la viñeta: «Haz que yo me parezca a ti»; debajo: «¡Jesús...!». En el sobre en que se conserva, Celina escribió tardíamente a lápiz: «Pergamino que Sta. Teresa del N. J. llevaba, con otras oraciones, en una bolsita prendida sobre el pecho». 

Teresa expresó muchas veces los deseos que le inspiraba la contemplación de la Santa Faz (cf CA 5.8.9). Lo cantó en una de sus poesías: «Mi cielo en la tierra» (P 12). Y lo repitió en sus oraciones apasionadas (Or 12 y 16). Aquí lo resume todo en un grito de amor: aspiración a la transformación perfecta en su Amado, a la configuración con Jesús en su Pasión. Tenemos aquí algo así como la oración intemporal y fundamental de «Teresa de la Santa Faz» (sobre la «semejanza», cf Prières, p. 117). 

Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.

 

OFRENDA DEL DÍA





Dios mío, te ofrezco todas las acciones que hoy realice por las intenciones del Sagrado Corazón y para su gloria. Quiero santificar los latidos de mi corazón, mis pensamiento y mis obras más sencillas uniéndolo todo a sus méritos infinitos, y reparar mis faltas arrojándolas al horno ardiente de su amor misericordioso. 

Dios mío, te pido para mí y para todos mis seres queridos la gracia de cumplir con toda perfección tu voluntad y aceptar por tu amor las alegrías y lo sufrimientos de esta vida pasajera, para que un día podamos reunirnos en el cielo por toda la eternidad. Amén.



 

NOTAS:

Doc.: copia MSC. - Fecha: 1895 (?). - Compuesta para: Edith de Mesmay. - Publ.: NS 1927, p. 212s.

Esta oración fue compuesta «para una persona del mundo», Edith de Mesmay (1860-1927), que nació en La Porte de Sainte Gemme, amiga predilecta de María Martin en el internado de la Visitación de Le Mans. Se puede tener por seguro que María del Sagrado Corazón (prima de santa Teresita) pidió a Teresa esta oración para su amiga Edith. Como antiguas alumnas de la Visitación, las dos tenían en común una gran devoción al Sagrado Corazón.