martes, 10 de septiembre de 2019

QUE YO ME PAREZCA A TI



Haz que yo me parezca a ti
 

¡Jesús...!
¡Haz que yo me parezca a ti, Jesús...! 




NOTAS:

Doc.: autógrafo. - Fecha: 1896 (?). - Publ.: DE, p, 517. 

Pergamino (7/4'2 cm.) plegado a la mitad. En el interior, al lado izquierdo, una viñeta de la Santa Faz de Tours. Texto: sobre la viñeta: «Haz que yo me parezca a ti»; debajo: «¡Jesús...!». En el sobre en que se conserva, Celina escribió tardíamente a lápiz: «Pergamino que Sta. Teresa del N. J. llevaba, con otras oraciones, en una bolsita prendida sobre el pecho». 

Teresa expresó muchas veces los deseos que le inspiraba la contemplación de la Santa Faz (cf CA 5.8.9). Lo cantó en una de sus poesías: «Mi cielo en la tierra» (P 12). Y lo repitió en sus oraciones apasionadas (Or 12 y 16). Aquí lo resume todo en un grito de amor: aspiración a la transformación perfecta en su Amado, a la configuración con Jesús en su Pasión. Tenemos aquí algo así como la oración intemporal y fundamental de «Teresa de la Santa Faz» (sobre la «semejanza», cf Prières, p. 117). 

Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.

 

OFRENDA DEL DÍA





Dios mío, te ofrezco todas las acciones que hoy realice por las intenciones del Sagrado Corazón y para su gloria. Quiero santificar los latidos de mi corazón, mis pensamiento y mis obras más sencillas uniéndolo todo a sus méritos infinitos, y reparar mis faltas arrojándolas al horno ardiente de su amor misericordioso. 

Dios mío, te pido para mí y para todos mis seres queridos la gracia de cumplir con toda perfección tu voluntad y aceptar por tu amor las alegrías y lo sufrimientos de esta vida pasajera, para que un día podamos reunirnos en el cielo por toda la eternidad. Amén.



 

NOTAS:

Doc.: copia MSC. - Fecha: 1895 (?). - Compuesta para: Edith de Mesmay. - Publ.: NS 1927, p. 212s.

Esta oración fue compuesta «para una persona del mundo», Edith de Mesmay (1860-1927), que nació en La Porte de Sainte Gemme, amiga predilecta de María Martin en el internado de la Visitación de Le Mans. Se puede tener por seguro que María del Sagrado Corazón (prima de santa Teresita) pidió a Teresa esta oración para su amiga Edith. Como antiguas alumnas de la Visitación, las dos tenían en común una gran devoción al Sagrado Corazón.




 


 

ORACIÓN DE CELINA Y DE TERESA

CELINA Y TERESITA

 »Os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, mi Padre del cielo se lo concederá. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».
San Mateo, c. 18, vv. 19-20.
 

Dios mío, te pedimos que tus dos lirios nunca estén separados en la tierra. Que juntas os consuelen del poco amor que encuentras en este valle de lágrimas, y que por toda la eternidad sus corolas brillen con un mismo resplandor y derramen el mismo perfume cuando se inclinen hacia ti.

Celina y Teresa


Recuerdo de la noche de Navidad de 1895

 


 
NOTAS:

Doc.: autógrafo. - Fecha: Navidad de 1895. - Compuesto para: sor Genoveva. - Publ.: Lettres 1948, p. 305.


Es texto se encuentra al dorso de una estampa con orla de encaje que representa a un Niño Jesús segando lirios; debajo del grabado, este texto impreso: «Dichoso el lirio que llegue sin mancha a la hora de la siega, su blancura brillará eternamente en el paraíso». Bajo dos lirios segados se lee: «Teresa» y «Celina», de mano de sor Genoveva (después del 30/9/1897). Esta estampa iba a ser colocada en la sandalia de la novicia la noche de Navidad. Este gesto tan sencillo quiere subrayar que Teresa está presente y vigilante en su afecto fraternal en medio de las dificultades que sor Genoveva está encontrando para ser admitida a la profesión; cf Prières, pp. 110-111.




 

ORACIÓN PARA EL ABATE BELLIÈRE

ABATE BELLIÉRE

J.M.J.T.
 
Jesús mío, te doy gracias por haber colmado uno de mis mayores deseos: el de tener un hermano sacerdote y apóstol... 

Me siento sumamente indigna de este favor; sin embargo, ya que has querido concederle a tu pobre y humilde esposa la gracia de trabajar de manera especial por la santificación de un alma destinada al sacerdocio, te ofrezco por ella, muy contenta, todas <1> las oraciones y los sacrificios de que puedo disponer; te pido, Dios mío, que no mires a lo que soy, sino a los que debiera y quisiera ser, es decir una religiosa totalmente abrasada en tu amor <2>. 

Tú sabes, Señor, que mi única ambición es hacerte conocer y amar, y ahora mi deseo se va convertir en realidad. Yo no puedo hacer más que orar y sufrir, pero el alma a la que te has dignado unirme con los lazos de la caridad irá a combatir a la llanura para conquistarte corazones, mientras yo, en la montaña del Carmelo, te pediré que le des la victoria.

Divino Jesús, escucha la oración que te dirijo por el que quiere ser tu misionero, guárdale en medio de los peligros del mundo <3>, y hazle sentir cada día más la vanidad y la nada de las cosas pasajeras y la dicha de saber despreciarlas por tu amor. Que su sublime apostolado se ejerza ya desde ahora sobre los que lo rodean, y que sea un apóstol digno de tu Sagrado Corazón <4>...  


¡María, dulce Reina del Carmelo!, a ti te confío el alma de este futuro sacerdote cuya indigna hermanita soy. Enséñale ya desde ahora con cuánto amor tocabas tú al divino Niño Jesús y lo envolvías en pañales <5>, para que él pueda un día subir al altar santo y llevar en sus manos al Rey de los cielos.

Te pido también que lo guardes siempre a la sombra de tu manto virginal, hasta el momento feliz en que, dejando este valle de lágrimas <6> puede contemplar tu esplendor y gozar por toda la eternidad de los frutos de su glorioso apostolado... 


Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind.



NOTAS  - ORACIÓN PARA EL ABATE BELLIÈRE

Doc.: autógrafo. - Fecha.: entre el 17 y el 21 de octubre de 1895. - Compuesto para: Mauricio Bellière, seminarista. - Publ.: HA 53, pp. s.

Teresa compuso esta oración de manera espontánea, dedicándosela a su nuevo hermano espiritual,que le había encomendado la madre Inés en octubre de 1895 (cf Ms C 31vº s). Esta adjuntó la oración de Teresa a su respuesta afirmativa al seminarista.

<1> El subrayado de «todas» responde a la petición del seminarista. Para entender adecuadamente el sentido de esta ofrenda exclusiva, véase el relato de Teresa, Ms C 33vº.

<2> Esta es la oración que Teresa pedirá a su hermano que haga por ella, cf Cta 220.

<3> Los del cuartel sobre todo, cuando las «huellas de una vida ligera» aún no se han borrado de la mente del joven, como acaba de escribirlo.

<4> Una devoción predilecta de M. Bellière, que añade tras su firma: «Guardia de Honor del Sagrado Corazón».

<5> Reminiscencia de la oración de Teresa Durnerin, cf Cta 101 y RP 2, nota 25.

<6> Reminiscencia de la Salve Regina.

martes, 3 de septiembre de 2019

ORACIÓN A JESÚS EN EL SAGRARIO


Jesús +

16 de julio de 1895

¡Oh Dios escondido en la prisión del sagrario!, todas las noches vengo feliz a tu lado para darte gracias por todos los beneficios que me has concedido y para pedirte perdón por las faltas que he cometido en esta jornada, que acaba de pasar como un sueño...

¡Qué feliz sería, Jesús, si hubiese sido enteramente fiel! Pero, ¡ay!, muchas veces por la noche estoy triste porque veo que hubiera podido responder mejor a tus gracias... Si hubiese estado más unida a ti, si hubiera sido más caritativa con mis hermanas, más humilde y más mortificada, me costaría menos hablar contigo en la oración <1>.
 

Sin embargo, Dios mío, lejos de desalentarme a la vista de mis miserias, vengo a ti confiada, acordándome de que «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos». Te pido, pues, que me cures, que me perdones, y yo, Señor, recordaré que «el alma a la que más has perdonado debe amarte también más que las otras...» Te ofrezco todos los latidos de mi corazón como otros tantos actos de amor y de reparación, y los uno a tus méritos infinitos. 
Y te pido, divino Esposo mío, que seas tú mismo el Reparador <2> de mi alma y que actúes en mí sin hacer caso de mis resistencias; en una palabra, ya no quiero tener más voluntad que la tuya. 
Y mañana, con la ayuda de tu gracia, volveré a comenzar una vida nueva, cada uno de cuyos instantes será un acto de amor y de renuncia <3>.

Después de haber venido así, cada noche, al pie de tu altar, llegaré por fin a la última noche de mi vida, y entonces comenzará para mí el día sin ocaso de la eternidad, en el que descansaré sobre tu divino Corazón de las luchas del destierro... Amén. 


NOTAS - ORACIÓN A JESÚS EN EL SAGRARIO

Doc.: CE II, 180rº/vº. - Fecha: 16 de julio de 1895. - Compuesta para: sor Marta. - Publ.: HA 53, p. 261.

Esta oración fue compuesta para sor Marta, a petición suya, para sus treinta años. Como es hermana conversa, su jornada se termina con una visita al Santísimo durante el silencio nocturno que manda la Regla. En esa visita sor Marta hace el examen de conciencia, una práctica con frecuencia poco agradable, sobre todo para un temperamento proclive a la tristeza y al desaliento.

<1> En los escritos de Teresa no encontramos, hablando con propiedad, un método de oración. Estas líneas son preciosas en extremo, pues precisan la actitud que se ha de guardar fuera de la oración: unión a Dios durante el día, caridad fraterna, renuncia habitual. 

<2> Esta es la única vez que utiliza esta palabra. Considerar a Jesús como el único «Reparador» del hombre es algo que entronca con la más antigua tradición patrística y monástica.

<3> Palabra muy rara en Teresa (Ms A 33rº y 48rº), aunque esa realidad la vivió de continuo. 
 

ACTO DE OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO


Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios




¡Oh Dios mío, Trinidad santa!, yo quiero amarte y hacerte amar, y trabajar por la glorificación de la santa Iglesia salvando a las almas que están en la tierra y liberando a las que sufren en el purgatorio. Deseo cumplir perfectamente tu voluntad y alcanzar el grado de gloria que Tú me has preparado en tu reino. En una palabra, quiero ser santa. Pero siento mi impotencia, y te pido, Dios mío, que Tú mismo seas mi santidad. 

Ya que me has amado hasta darme a tu Hijo único para que fuese mi Salvador y mi Esposo, los tesoros infinitos de su méritos son míos; te los ofrezco gustosa, y te suplico que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su Corazón abrasado de amor.

 Te ofrezco también todos los méritos de los santos (de los que están en el cielo y de los que están en la tierra), sus actos de amor y los de los santos ángeles. 

Y por último, te ofrezco, ¡oh santa Trinidad!, el amor y los méritos de la Santísima Virgen, mi Madre querida; a ella le confío mi ofrenda <1>, pidiéndole que te la presente. Su divino Hijo, mi Esposo amadísimo, en los días de su vida mortal nos dijo: «Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo concederá». Por eso estoy segura de que escucharás mis deseos. Lo sé, Dios mío, cuanto más quieres dar, tanto más haces desear. Siento en mi corazón deseos inmensos, y te pido confiadamente que vengas a tomar posesión de mi alma. ¡Ay!, no puedo recibir la sagrada Comunión con la frecuencia que deseo, pero, Señor, ¿no eres Tú todopoderoso...? Quédate en mí como en el sagrario, no te alejes nunca de tu pequeña hostia... 

Quisiera consolarte de la ingratitud de los malos, y te suplico que me quites la libertad de desagradarte. Y si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique enseguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones, como el fuego, que todo lo transforma en sí...

Te doy gracias, Dios mío, por todos los beneficios que me has concedido, y en especial por haberme hecho pasar por el crisol del sufrimiento <2>.
En el último día te contemplaré llena de gozo llevando el cetro de la Cruz. Ya que te has dignado darme como lote esta cruz tan preciosa, espero parecerme a ti en el cielo y ver brillar en mi cuerpo glorificados los sagrados estigmas de tu Pasión... 

Después del destierro de la tierra, espero ir a gozar de ti en la Patria, pero no quiero acumular méritos para el cielo <13>, quiero trabajar sólo por tu amor, con el único fin de agradarte, de consolar a tu Sagrado Corazón y de salvar almas que te amen eternamente.

En la tarde de esta vida <14>, compareceré delante de ti con las manos vacías <15>, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas <16> a tus ojos. Por eso yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío... 

A tus ojos, el tiempo no es nada, y un solo día es como mil años. Tú puedes, pues, prepararme en un instante para comparecer delante de ti...

A fin <3> de vivir en un acto de perfecto amor <4>, yo me ofrezco como víctima de holocausto a tu Amor misericordioso, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en ti, y que de esa manera llegue yo a ser mártir de tu amor, Dios mío... 

Que ese martirio, después de haberme preparado para comparecer delante de ti, me haga por fin morir, y que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo de tu Amor misericordioso...

Quiero, Amado mío, renovarte esta ofrenda con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces, hasta que las sombras se desvanezcan y pueda yo decirte mi amor en un cara a cara eterno...



María Francisca Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz rel. carm. ind.


Fiesta de la Santísima Trinidad El 9 de junio del año de gracia 1895.
 



NOTAS:  ACTO DE OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO
 
 
Doc.: autógrafo. - Fecha: 9 de junio de 1895. - Publ.: HA 98, pp. 257-259.

En los Archivos del Carmelo de Lisieux existe una primera versión de esta Acto de Ofrenda, escrito por mano de Teresa los días 9-11 de junio de 1895. Este texto ha sido reproducido en facsímil en las «Pièces jointes» de la edición fotocopiada de los Manuscritos autobiográficos, 1956. En ella hay algunas ligeras divergencias con la versión definitiva, que es la que ofrecemos aquí. Esta fue redactada por Teresa para la madre Inés a finales de 1896 o principios de 1897, y luego fue ampliamente difundida y aprobada por la Iglesia. Para un estudio detallado de los documentos, ver Prières 1988, pp. 77s.

En cuanto a lo esencial, la ofrenda de Teresa fue escrita sin seguir ninguna fórmula, con pocas palabras, durante la misa del 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad. Pero ya desde el principio Teresa piensa en comunicar esta consagración, y antes que a nadie a su hermana Celina. De ahí la necesidad de un texto escrito, que pudiera además ser sometido a la aprobación de los superiores. Escuchemos el testimonio de sor Genoveva: «Al salir de esta Misa, me arrastró tras de sí en busca de nuestra Madre. Parecía estar como fuera de sí, y no me hablaba. Por fin encontramos a nuestra Madre [Inés de Jesús] y le pidió permiso para ofrecerse conmigo como víctima al Amor misericordioso. Le dio una breve explicación. Nuestra Madre tenía prisa, no pareció comprender demasiado bien de lo que se trataba, y dio permiso para todo, tanta confianza tenía en la discreción de sor Teresa del Niño Jesús»

El martes 11 de junio, las dos hermanas se vuelven a encontrar, de rodillas ante la estatua de la Virgen de la Sonrisa para ofrecerse «las dos juntas».

A finales de 1895, Teresa vuelve a hablar, en el Manuscrito A  sobre la iluminación del 9 de junio: «Pensaba, escribe, en las almas que se ofrecen como víctimas a la justicia de Dios a fin de desviar y atraer sobre sí mismas los castigos reservados a los culpables» . Podríamos preguntarnos si, el 9 de junio de 1895, Teresa no piensa más en concreto en sor María de Jesús, carmelita de Luçon, cuya circular acaba de llegar a Lisieux precisamente el 8 de junio. Esta hermana «se ofreció muchas veces como víctima a la justicia divina», decía la circular. Su agonía, el Viernes Santo de 1885, fue terrible. La moribunda dejaba escapar este grito de angustia: «Sufro los rigores de la justicia divina... ¡la justicia divina...! ¡la justicia divina...!» Y también: «No tengo suficientes méritos, y tengo que adquirirlos». El relato es realmente impresionante, y pudo muy bien impresionar a las oyentes (cf Prières, p. 84).


<1> El Acto de Ofrenda será leído a los pies de la estatua de María, gesto éste que expresa una realidad constante en la vida de Teresa que lo ofrece todo a Dios por las manos de María.

 <2> La acción de gracias por toda su vida pasada es también el hilo conductor de todo el Ms A. En la primavera de 1895, Teresa da gracias «en especial» por la «inexpresable gracia / de haber sufrido» (PN 16,1). No pide que se repita, pero tampoco lo rehúsa. Sobre las reacciones de sor María del Sagrado Corazón y de sor Genoveva, cf Prières, p. 99.

<3> Desde 1923, la Iglesia ha aplicado indulgencias a la recitación de esta última parte del Acto de Ofrenda, para animar a los fieles a hacerlo suyo.

 <4> En la enfermería, Teresa subrayará la repercusión de su ofrenda hasta en su actos más sencillos: «Todo lo que hago, los gestos, las miradas, todo, desde mi ofrenda, lo hago por amor» (CA 8.8.2).


 



lunes, 2 de septiembre de 2019

FLORES MÍSTICAS (POR SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS)

Cubierta: 
¡Magdalena! ¡Mi queridísima esposa! Yo soy todo tuyo y tú eres mía para siempre.

Página del título:

1rºFlores Místicas <1> destinadas a formar una Cesta de Bodas. Se oyó una voz: «Que llega el Esposo, salid a recibirlo...» (Evangelio) 



Aspiraciones <2>:  



2rºRosas blancas. 


¡Jesús, purifica mi alma para se haga digna de ser tu esposa!


2vºMargaritas. 


¡Jesús, concédeme la gracia de realizar todos mis actos sólo por complacerte a ti!


3rºVioletas blancas. 


¡Jesús, manso y humilde de corazón, haz mi corazón semejante al tuyo!


3vºLirio de los valles. 


Santa Teresa, Madre mía, enséñame a salvar almas, para que pueda ser una verdadera carmelita <3>. 


4rºAgavanzo. 


Jesús, a ti sólo sirvo <4> cuando sirvo a mis Madre y a mis hermanas.


4vºFlores de te. 


Jesús, María y José, concededme la gracia de hacer unos buenos ejercicios espirituales y preparad mi alma para el hermoso día de mi profesión.


5rºCampanillas blancas.

Santa María Magdalena, obténme la gracia de que mi vida no sea más que un acto de amor.


5vºMadreselva.

Jesús, enséñame a renunciar siempre a mí misma para agradar a mis hermanas.


6rºVincapervincas blancas.


Dios mío, yo te amo con todo el corazón.


6vºPeonías blancas.


Dios mío, mira el Rostro de Jesús y convierte en elegidos a los pobres pecadores <5>.


7rºJazmín.

Jesús, no quiero probar ninguna alegría fuera de ti.


7vºMiosotis blancas.


Santo ángel de mi guarda, cúbreme siempre con tus alas, para que nunca tenga la desgracia de ofender a Jesús. 

8rºReina de los prados. 


María, Madre mía querida, concédeme la gracia de no empañar nunca la vestidura de inocencia que me vas a dar el día de mi profesión.


8vºVerbenas blancas. 


Dios mío, creo en ti, espero en ti, y te amo con todo el corazón.


9rºLirios blancos. 


Dios mío, te doy gracias por todas las gracias que me has concedido durante estos ejercicios.


9vº Flor de lis. 
Ha llegado el Gran Día <6>.


¡¡¡Mi Jesús amado, tú eres ya todo mío y yo soy ya para siempre tu humilde esposa...!!!
NOTAS:

Doc.: autógrafo. - Fecha: para el 20 de noviembre de 1894. - Compuesta para: sor María Magdalena. - Publ.: Prières (1988).

En el cuaderno (de 10/8'3 cms), conservado en un sobre, la madre Inés escribió: «Cuadernillo escrito por sor Teresa del Niño Jesús para preparar a sor maría Magdalena para la profesión». María Magdalena, primera profesa de la madre Inés y muy apegada a ella, huye de Teresa, que es muy perspicaz para con ella. Obligada a usar una gran discreción con una compañera tan desconfiada, Teresa le propone un florilegio de oraciones de lo más modesto. En él sigue exactamente el esquema que en 1884 preparó sor Inés para la primera comunión de Teresa. Señalemos por último que en 1910 sor María Magdalena tenía aún «este cuadernito en su celda» (PA, p. 591).



<1> Adjetivo raro en Teresa: Ms A 79rº; P 36,7; y aquí.


<2> Algunas llevan el sello de Teresa, pero el conjunto es convencional.


<3> Cf «Una carmelita que no fuese apóstol dejaría de ser hija de la seráfica santa Teresa» (Cta 198).



<4> Delicada alusión a la condición de hermana conversa de María Magdalena.


<5> Según una tradición oral, transmitida por sor Genoveva, durante la elevación de la hostia en la Misa, Teresa decía y hacía decir a las novicias: «Padre santo, mira el Rostro de Jesús y convierte en elegidos a todos los pecadores». Sabemos también que, en la elevación del cáliz, Teresa decía: «Sangre divina de Jesús, riega nuestra tierra y haz que germinen los elegidos», inspirándose para esto en sor María de San Pedro. 


<6> La misma expresión en Ms A 25rº, para la primera comunión de Celina. 

Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.


 

martes, 21 de mayo de 2019

HOMENAJE A LA SANTÍSIMA TRINIDAD (ORACIÓN COMPUESTA POR SANTA TERESITA DEL NIÑO JESÚS)




Aquí estamos, Dios mío, postradas ante ti. Venimos a implorar la gracia de trabajar por tu gloria.
 

Las blasfemias de los pecadores resuenan dolorosamente en nuestros oídos. Y para consolarte y reparar las injurias que te hacen sufrir las almas redimidas por ti, ¡oh adorable Trinidad!, queremos formar un concierto con todos los pequeños sacrificios que vamos a hacer por tu amor. 

Durante quince días, te ofreceremos el canto de los pajarillos <1> del cielo, que no cesan de alabarte y de reprochar a los hombres su ingratitud. 

Te ofrecemos también, Dios mío, la melodía de los instrumentos musicales, y esperamos que nuestra alma merezca ser una lira armoniosa que tú hagas vibrar para consolarte de la indiferencia de tantas almas que no piensan en ti. 

Queremos también, durante ocho días, atesorar diamantes y piedras preciosas que reparen el ansia de los pobres mortales por correr tras las riquezas pasajeras sin pensar en las eternas. ¡Dios mío!, concédenos la gracia de ser nosotras más diligentes en la búsqueda de los sacrificios, que las almas que no te aman en correr tras los bienes de la tierra <2>.

Por último, durante ocho días, tus hijas recogerán el perfume de las flores, deseando reparar así las indelicadezas que te hacen sufrir las almas sacerdotales y religiosas <3>. ¡Oh, bienaventurada Trinidad!, concédenos la gracia de ser fieles y la de poseerte cuando termine el destierro de esta vida... Amén.
 





NOTAS:

Doc.: CE II, 180vº/181rº. - Fecha: febrero de 1894. - Compuesta para: sí misma y sor Marta de Jesús. - Publ.: HA 53, p. 255s.

Para situar esta oración de reparación, es importante encuadrarla en la gran corriente reparadora que se desarrolló en el siglo XIX, todavía bajo la fuerte impresión de las violencias antirreligiosas de la Revolución francesa. Y lo primero que tenemos que decir es que este texto, aparte su dedicatoria a la Santísima Trinidad, no tiene nada en común con las fórmulas que corrían entre manos en aquella época. En 1885, Teresa adolescente se afilió a la Archicofradía Reparadora de Saint-Dizier (1847) y a la Cofradía de la Santa Faz de Tours (1876). Es conocido el importante papel que jugaron M. Dupont, «el santo hombre de Tours», y sor María de San Pedro en la difusión y el desarrollo del movimiento reparador. Las apariciones de la Salette (19 de septiembre de 1846) vendrían a fortalecer todavía más ese movimiento. Teresa conoció sin duda el Association de prières contre la blasphème, les imprecations et la profanation des jours de dimenche et de fête. Estas corrientes de piedad, muchas veces explotadas sin discreción con un trasfondo apocalíptico, propiciaron la multiplicación de «víctimas de la justicia de Dios» (Ms A 84rº). Cf Or 6.


<1> En dos semanas, el «Número total de melodías cantadas por los pájaros» (es decir, los sacrificios de Teresa y de Marta anotados en una hoja) es de 208; esa misma cuenta para los «instrumentos musicales», las «piedras preciosas» y «el perfume de las flores».

<2> Probable alusión al trabajo en domingo, profanación deplorada por la Virgen de la Salette.

<3> Cf Cta 261, donde las «indelicadezas» son la manera de actuar de los «amigos» de Jesús; las «almas sacerdotales y religiosas» son una de las grandes preocupaciones en la oración de Teresa; cf Ms A 69vº. 


Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.

MIRADAS DE AMOR A JESÚS (oración compuesta por santa Teresa de Lisieux)


Jesús, tus humildes esposas hacen el propósito de mantener los ojos bajos en el refectorio, a fin de honrar y de imitar el ejemplo que tú les diste en el palacio de Herodes (1). 

Cuando ese príncipe impío se burlaba de ti, Hermosura infinita, ni una sola queja salió de tus divinos labios, ni siquiera te dignaste posar en él tus ojos adorables. 

Ciertamente, divino Jesús, Herodes no merecía que lo miraras; pero nosotras, que somos tus esposas, deseamos atraer sobre nosotras tu mirada divina; te pedimos que nos recompenses con una mirada de amor (2) cada vez que nos privemos de levantar los ojos; y te pedimos también que no nos niegues tampoco tu dulce mirada cuando caigamos, pues no llevaremos cuenta (3) de nuestros fallos (4). 

Formaremos un ramillete que tú, así lo esperamos, no vas a rechazar. En esas flores verás nuestro deseo de amarte, de parecernos a ti, y bendecirás a tus pobres hijas.

¡Jesús, míranos con amor y danos tu dulce beso! Amén. 








NOTAS:
 

Doc.: CE II, 181 rº/vº. - Fecha: julio (?) de 1893. - Compuesta para: sí misma y para sor Marta de Jesús. - Publ.: HA 14, p. 267 (retocada); HA 53, p. 256.

Teresa compuso esta oración, probablemente en julio de 1893, para sor Marta de Jesús y para sí misma. Habían hecho la profesión en septiembre de 1890 y continuaban el noviciado bajo la dirección de la madre María de Gonzaga. En el Carmelo, con el fin de conservar el espíritu de soledad, incluso durante las comidas en comunidad, se recomendaba a las carmelitas que tuvieran siempre los ojos bajos. Teresa se somete a esta práctica ascética: ella vive en presencia de una persona, Jesús; por amor a él no desperdiciará «ni una sola mirada» (cf Ms B 4rº). Así se explica su exigencia sobre este punto, y no sólo respecto a sor Marta sino respecto a todas las novicias.

 <1> Lucas sólo habla del silencio de Jesús, pero para Teresa Cristo en la Pasión se identifica con la Santa Faz, con los «ojos bajos» (Cta 110, Cta 87; CA 5.8.7).

 <2> El tema de la «mirada de amor» es eminentemente teresiano, y probablemente lo tomó de san Juan de la Cruz. Esta mirada recíproca entre Jesús y el alma «esposa» es para Teresa como el símbolo de la vida contemplativa. 

 <3> A Teresa le repugna por temperamento eso de «llevar las cuentas». Si en julio de 1893 coge un «rosario de prácticas», lo hace «por caridad» con sor Marta (Cta 144); y reconoce que, en esa época, esa ascesis le es «de gran utilidad».

 <4> «... nuestros fallos»: el rasgo genial de esta oración de apariencia tan modesta, y ahí está una vez más el secreto de esa inversión teresiana que dinamizará el «caminito». Cf Prières, p. 66.



Fuente: Obras Completas, santa Teresa de Lisieux, oraciones.

domingo, 19 de mayo de 2019

POR QUÉ TE AMO, MARÍA



Cantar, Madre, quisiera por qué te amo . 
Por qué tu dulce nombre 
me hace saltar de gozo (1) el corazón,  
y por qué el pensamiento de tu suma grandeza 
a mi alma no puede inspirarle temor. 
Si yo te contemplase en tu sublime gloria, 
muy más brillante sola que la gloria 
de todos los elegidos juntos,
 no podría creer que soy tu hija, 
María, en tu presencia bajaría los ojos...

        Para que una hija pueda a su madre querer, 
                 es necesario que ésta sepa llorar con ella, 
             que con ella comparta sus penas y dolores. 

¡Oh dulce Reina mía, cuántas y amargas 
lágrimas lloraste en el destierro  
para ganar mi corazón, 
¡oh Reina! Meditando tu vida 
tal como la describe el Evangelio, 
yo me atrevo a mirarte y hasta a acercarme a ti. 
No me cuesta creer que soy tu hija, 
cuando veo que mueres, 
cuando veo que sufres como yo (2).

  Cuando un ángel del cielo te ofrece 
ser la Madre de un Dios que ha de reinar eternamente,
veo que tú prefieres, ¡oh asombroso misterio!, 
el tesoro inefable de la virginidad.  
Comprendo que tu alma, inmaculada Virgen, 
le sea a Dios más grata que su 
propia morada de los cielos. 
Comprendo que tu alma, humilde y dulce valle,
 contenga a mi Jesús, océano de amor (3).

  Te amo cuando proclamas que eres 
la siervecilla del Señor, del Señor a quien tú 
con tu humildad cautivas. 
Esta es la gran virtud que te hace omnipotente 
y a tu corazón lleva la Santa Trinidad.  
Entonces el Espíritu, Espíritu de amor, 
te cubre con su sombra, y el Hijo, 
igual al Padre, se encarna en ti... 
¡Muchos habrán de ser sus hermanos
pecadores para que se le llame:
Jesús, tu primogénito!

  María, tú lo sabes: como tú (4),  
no obstante ser pequeña, 
poseo y tengo en mí al todopoderoso. 
Mas no me asuste mi gran debilidad, 
pues todo los tesoros de la madre 
son también de la hija, y yo soy hija tuya,
Madre mía querida. 
¡Acaso no son mías tus virtudes 
y tu amor también mío? 
Así, cuando la pura y blanca Hostia 
baja a mi corazón, tu Cordero, Jesús, 
sueña estar reposando en ti misma, María.
  Tú me haces comprender, 
¡oh Reina de los santos!,  
que no me es imposible caminar tras tus huellas.
Nos hiciste visible el estrecho camino 
que va al cielo con la constante práctica de virtudes humildes. Imitándote a ti, 
permanecer pequeña es mi deseo, 
veo cuán vanas son las riquezas terrenas. 
Al verte ir presurosa a tu prima Isabel, 
de ti aprendo, María, 
a practicar la caridad ardiente.

 En casa de Isabel escucho, de rodillas, 
el cántico sagrado, ¡oh Reina de los ángeles!,  
que de tu corazón brota exaltado (5).  
Me enseñas a cantar los loores divinos, 
a gloriarme en Jesús, mi Salvador.  
Tus palabras de amor son las místicas rosas 
que envolverán en su perfume 
vivo (6) a los siglos futuros. 
En ti el Omnipotente obró sus maravillas, 
yo quiero meditarlas y bendecir a Dios.
  A san José, que ignora el milagro asombroso 
que en tu humildad (7) quisieras ocultar,
tú le dejas llorar cerca del tabernáculo
donde se oculta y vela la divina beldad
del Salvador. 
¡Oh, cuánto amo, María, tu elocuente silencio! 
Es para mí un concierto muy dulce y melodioso,
 que canta a mis oídos la grandeza, 
y hasta la omnipotencia, 
de un alma que su auxilio sólo del cielo espera...

  Luego, en Belén, os veo, 
¡oh María y José!,  rechazados por todos. 
Nadie quiere acoger en su posada a dos pobres 
y humildes forasteros. 
¡Sólo para los grandes tienen sitio...! 
Y en un establo mísero, rudo y destartalado, 
tiene que dar a luz la Reina 
de los cielos a su Hijo Dios. 
¡Madre del Salvador, qué amable me pareces, 
qué grande me pareces en tan pobre lugar!

  Cuando veo al Eterno en vuelto en los pañales 
y oigo el tierno vagido del Verbo entre las pajas,
 ¿podría yo, María, en ese instante, 
envidiar a los ángeles? 
¡Su Señor adorable es mi hermano querido!
¡Cómo te amo, María, cuando en nuestra ribera
abres para nosotros esa divina Flor! 
¡Cómo te amo, Virgen, cuando escuchas a los simples pastores, y a los magos, y guardas 
y meditas todo eso dentro del corazón!

  Te amo cuando te mezclas 
con las demás mujeres que dirigen sus pasos 
al templo del Señor. 
Te amo cuando presentas al Niño 
que nos salva al venerable anciano 
que le toma en sus brazos. 
Al principio yo escucho sonriendo su cántico, 
mas pronto sus acentos hacen correr mis lágrimas. Hundiendo en el futuro su mirada profética,
 Simeón te presenta la espada del dolor.

  ¡Oh Reina de los mártires, 
la espada dolorosa traspasará tu pecho 
hasta la tarde misma de tu vida! 
Ya te ves obligada a abandonar el suelo
de tu patria por escapar, huyendo, 
del furor sanguinario de un envidioso rey. 
Jesús duerme tranquilo bajo los suaves pliegues 
de tu velo cuando José te advierte que hay que partir aprisa. Y es pronto tu obediencia: 
tú partes sin demora y sin razonamientos.

  En la tierra de Egipto, me parece, ¡oh María!,
  que, a pesar de vivir en la suma pobreza, 
lleno de gozo y paz vive tu corazón. 
¿Qué te importa el destierro? 
¿No es, acaso, Jesús la patria de las patrias, 
la más bella? Poseyéndole a él, tú posees el cielo.
 Mas en Jerusalén, una amarga tristeza te envuelve y,  como un mar, tu corazón inunda. 
Por tres días Jesús se esconde a (8) tu ternura, 
y entonces si, sobre tu vida cae un oscuro,
 implacable, riguroso destierro.

  Por fin logras hallarle, y al tenerle, 
rompe tu corazón en transporte amoroso. 
Y le dices al Niño, encanto de doctores: 
«Hijo mío, ¿por qué has obrado así?  
Tu padre y yo, con lágrimas, 
te estábamos buscando».  
Y el Niño Dios responde, ¡oh profundo misterio!,
 a la Madre querida que hacia él tiende los brazos:
 «¿A qué buscarme, Madre? 
¿No sabías, acaso, que en las cosas 
que son del Padre mío he de ocuparme ya?»

  Me enseña el Evangelio que sumiso a María 
y José permanece Jesús, mientras crece en sabiduría.
¡Y el corazón me dice con qué inmensa ternura
a sus padres queridos él obedece siempre!
Ahora es cuando comprendo el misterio 
del templo, las palabras ocultas 
del amable Rey mío: Tu dulce Niño, Madre,
 quieres que seas tú el ejemplo vivo del alma 
que le busca a oscuras, en la noche de la fe.

  Puesto que el Rey del cielo quiso ver 
a su Madre sometida a la noche, 
sometida a la angustia del corazón (9), 
¿será, acaso, merced sufrir aquí en la tierra?  
¡Oh, sí...! ¡Sufrir amando es la dicha 
más pura (10) !
Puede tomar de nuevo Jesús lo que me ha dado,
 dile que por mí nunca se moleste.
Puede, si a bien lo tiene, esconderse de mí, 
me resigno a esperarle hasta que llegue el día 
sin ocaso en el que para siempre se apagará mi fe (11)...

 Yo sé que en Nazaret, Virgen llena de gracia,
 viviste pobremente sin ambición de más. 
Ni éxtasis ni raptos ni milagros  tu vida hermosearon,
¡Reina de los electos! 
Muchos son en la tierra los pequeños, 
y ellos pueden alzar, sin miedo, a ti los ojos. 
Por el común camino, oh Madre incomparable,
 caminas tú, guiándonos al cielo!

  Vivir contigo quiero, Madre amada, a la espera del cielo, seguirte en el destierro día a día. 
En tu contemplación yo me hundo absorta, 
y de tu inmenso corazón descubro los abismos 
de amor. Tu maternal mirada desvanece mis miedos,
y me enseña a llorar, y me enseña a reír.
  Lejos de despreciar las fiestas de la tierra, 
las fiestas que son santas, tú, Madre, 
las comparte y bendices.

  Al ver que los esposos de Caná no pueden ocultar
 al gran apuro en que se encuentran 
por faltarles vino, con maternal solicitud 
acudes al Salvador, tu Hijo,
de su poder divino esperando la ayuda. 
Jesús parece rechazar tu súplica en un primer momento: «Mujer, ¿qué no importa esto a ti y a mí?»
Mas de su corazón allá en el fondo madre suya te llama,
y para ti y por ti 
Jesús realiza su milagro primero.

  Te veo un día, Madre, en la colina, 
entre los pecadores (12) que escuchan la palabra  de aquel
que más nadie desea recibirles a todos en el cielo. 
Alguien dice a Jesús que quieres verle.
 Entonces él, Hijo divino tuyo, ante la gente muestra
lo inmensamente que nos ama: 
«¿Quién es mi hermano -dice-, quién mi hermana,
y mi madre quién es,
sino el que cumple mi voluntad en todo?»

 Al escucharle, tú, Virgen inmaculada, 
¡oh Madre, la más tierna!, no te entristeces (13),
 antes bien te alegras  de que nos haga 
comprender entonces que aquí abajo, 
en la tierra, nuestra alma se hace familia suya.
 ¡Oh, sí, te alegras, Virgen, de que él nos dé 
su vida, el tesoro infinito de su divinidad! 
¿Cómo no amarte y bendecirte, 
viendo en ti tanto amor, tanta humildad?

  Tú nos amas, María, como Jesús nos ama,  
por nosotros aceptas verte alejada de él. 
Amar es darlo todo, darse incluso a sí mismo:
 quisiste demostrarlo quedando con nosotros como fuerte y visible ayuda nuestra. 
¡Conocía Jesús tus íntimos secretos  
y la inmensa ternura de tu divino corazón 
de madre! Te nos dejó a nosotros, 
como refugio fiel de pecadores, cuando, 
para esperarnos en el cielo, abandonó la cruz.

  Te me apareces, Virgen, en la sombría 
cumbre del Calvario, de pie junto a la cruz, 
igual que un sacerdote en el altar, 
ofreciendo tu Víctima, tu Jesús amadísimo,
 nuestro dulce Emmanuel, para desenfadar 
la justicia del Padre. 
Un profeta lo dijo, ¡oh Madre desolada!: 
«¡No hay dolor semejante a tu dolor!» 
¡Oh Reina de los mártires, quedando 
en el destierro,  prodigas por nosotros 
toda la sangre de tu corazón!

  La casa de san Juan se hace tu único asilo, 
de Zebedeo el hijo reemplaza a tu Jesús... 
Y es éste ya el último detalle que nos da el Evangelio (14), de la Virgen María 
no vuelve ya a hablar más. 
Pero, Madre querida, su silencio profundo 
¿acaso no revela que el Verbo eterno -él mismo- cantar quiere de tu vida los íntimos secretos, 
para gozosa gloria de tus hijos,
los santos moradores de la patria del cielo?

  Yo escucharé muy pronto esa dulce armonía, 
iré muy pronto a verte en , el hermoso cielo. 
Tú que viniste a sonreírme, Madre,
en la suave mañana de mi vida, (15), 
ven otra vez a sonreírme ahora..., 
pues ha llegado ya de mi vida la tarde. 
No temo el resplandor de tu gloria suprema (16),
  he sufrido contigo, y ahora quiero cantar en tus rodillas, Virgen, por qué te amo ¡y repetir por siempre y para siempre que yo soy hija tuya...!


 La pequeña Teresa... 





NOTAS:
Fecha: mayo de 1897. - Compuesta espontáneamente (pero también a petición de sor María del Sagrado Corazón). - Publicación: HA 98, treinta y nueve versos corregidos. - Melodía: La plainte du mousse.

«Todavía tengo que hacer una cosa antes de morir», le decía Teresa a Celina: «Siempre he soñado con exponer en un canto a la Santísima Virgen todo lo que pienso sobre ella» (PA, Roma, p. 268). En este mes de mayo comienza a vislumbrar la posible difusión de sus escritos. Y juzga que sus «pensamientos» sobre María son parte integrante de la «obra importantísima» que se está preparando (CA 1.8.2).

Ahora más que nunca, Teresa «no puede alimentarse más que de la verdad» (5.8.4). Necesita «ver las cosas tal como son» (CA 21.7.4). Y respecto a la Virgen María, lo único que le interesa es «su vida real, no su vida supuesta» (CA 21.8.3*). E instintivamente vuelve su mirada al Evangelio, su única fuente ya de inspiración.: «Este libro me basta» (CA 15.5.3 y cf Cta 226). Y nos informa incluso sobre el «método» que ella sigue: «Me enseña el Evangelio ... y el corazón me dice» (estr. 15).

Y el corazón le hace «comprender», por connaturalidad, el sentido escondido de los hechos y el alcance de los mismos para su vida de hoy y muy pronto también para su eternidad. Estos últimos meses la mirada del corazón se ha ido afinando en ella de mil maneras, pero sobre todo en dos campos muy concretos: el misterio del sufrimiento bajo el crisol de la prueba; la amplitud de las exigencias de la caridad, gracias a luces muy intensas que recibió; 

y todo ello rodeado de silencio.

Este largo poema hay que acogerlo, ante todo, en actitud de oración: es, en efecto, una especie de himno litúrgico, de doscientos versos alejandrinos, que traducen a la perfección «la objetividad» 

a la que quiere ceñirse la autora. Pero, no obstante, una emoción contenida recorre estas estrofas que alcanzan momentos de gran altura (estr. 8, 16, 22...). Bellas imágenes vienen a enriquecerlo (3,8-9; 7,6-8...); brotan fórmulas lapidarias (10,5; 16,6, que son como el Credo de Teresa; y el famoso 22,3). Lo corona todo una estrofa realmente magnífica.

«La pequeña Teresa» firma estas líneas con mano desfalleciente: humilde y conmovedor punto final a toda su obra poética.

<1> Expresión fuerte que merece tanta más atención cuanto que Teresa, acrisolada por la prueba, «ya no sabe lo que son las alegrías vivas» (CA 13.7.17); «El pensamiento de la felicidad eterna apenas si hace estremecerse a mi corazón» (Cta 254). Ese verbo [«Tressaillir» = saltar de gozo, estremecerse. N. del T.] aparece usado catorce veces en los escritos (Ms A 60vº; Ms B 3rº; Cta 74, 107, 134, 254, 258, 261; y cinco veces en las RP), y además en CA 17.7 y 20.8.4.

<2> Ese parecido en la debilidad es como una constante que tiene el don de emocionar a Teresa; cf, por ejemplo, P 34,11. Sobre el sufrimiento de María, cf 20.8.11.
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<3> Esta hermosa imagen del «humilde y dulce valle», lecho del «océano de amor» sugiere muy a las claras la plenitud de paz y de sosiego que Dios pide y ofrece a la criatura que acepta recibirlo a él.

<4> Misterio de la omnipotencia que se realiza en la pequeñez de la criatura: éste es el «tesoro» que tienen en común la madre y la hija. Una y otra han recibido «el tesoro inefable de la virginidad» (3,4), «tierra natal de Jesús» (Cta 122). Las dos tienen en ellas al «Hijo igual al Padre» (4,8), una por el misterio único de la Encarnación (estr. 4), la otra por la inhabitación trinitaria (5,2-3, que no remite a P 10,2) y especialmente por la comunión eucarística (5,1011). Madre e hija acogen en ellas a «Jesús, (el) Cordero» con idénticas disposiciones.

<5> Como ya ocurría en P 15, también en este poema el corazón» ocupa un lugar importante: catorce veces se menciones, y diez de ellas se refiere a María.

<6> Imagen profundamente teresiana, en la que el Magnificat se compara a una rosaleda que «envuelve en su perfume» (toda la riqueza de la rosa y del perfume, en Teresa...). 

<7> Tema difícil, que viene tratado con sobriedad. Teresa expresa con bellas imágenes la dolorosa expectación de José y el «elocuente» silencio de la Virgen.

<8> «Esconderse» (13,9; 16,9; y 15,6 en el original francés), «buscar» (14,5 y 7; 15,10): éste es el austero drama que describen todos esos versos consagrados al «misterio del templo». Y la meditación se va haciendo cada vez más profunda, hasta llegar a esa asombrosa proclama de paciencia de la estrofa 16,7-12, cúspide del poema, en que volvemos a encontrar aquel patético despojo de la Rosa deshojada.

<9> Estos cuatro versos (1-4) desarrollan la intuición anunciada en 15,9-12: es el propio Jesús quien quiere la prueba para los que más ama. Esta certeza, que es una constante en Teresa, aparece afirmada muchas veces en las cartas; cf, entre muchas otras, Cta 190.

<10> Esta alegría en el sufrimiento está ampliamente documentada en esta época de la vida de Teresa: Cf Ms C 7rº; Cta 253; P 31,3; y en las Ultimas conversaciones. Podrá comprobarse el progreso realizado desde enero, releyendo P 29, donde la «alegría» es aún un acto de fe voluntario, y se diría que no muy alegre... Después de haber alcanzado el punto más alto del abandono («Una rosa deshojada), la encontraremos, en la enfermería, con una naturalidad total y con una alegría sin fisuras ya.

<11> No sólo será la fe lo que se «apagará» para ella, como para todo el mundo, en último día, sino también «la angustia del corazón»; cf Ms C 5vº. Teresa «se resigna» -mejor, acepta- a tener una paciencia ilimitada. Abandono realmente heroico, admirablemente expresado por la imagen de «la fe» (esa «antorcha de la fe» en el corazón de la noche, Ms C 6rº) que «se apagará» cuando amanezca «el día sin ocaso» de la visión cara a cara.

<12> La «colina» donde se reunirán los «pecadores»: una precisión que no encontramos en ninguno de los sinópticos, pero que está acorde con el espíritu del Ms C.

<13> María no se reserva codiciosamente su condición única de «Madre» de Jesús. Acepta ser desapropiada de ese título, a la espera de la desapropiación efectiva y real cuando Juan «reemplace a Jesús» (24,2).

<14> El velo vuelve a caer sobre la existencia de María. Teresa no menciona el descendimiento de la cruz. «Ve... mira... oye... escucha» lo que relata el evangelista, y no va más allá con la imaginación. Omite, pues, los «misterios gloriosos». El propio Jesús se reserva para sí el ser su canto en el cielo (cf estr. 24).

 <15> La sonrisa de la Virgen en los Buissonnets, el 13 de mayo de 1883, cf Ms A 30rº. El 8 de julio, cuando baje a la enfermería, encontrará allí, para recibirla, a la Virgen de la Sonrisa: «Nunca me pareció tan hermosa» (Ultimas Conversaciones, Burgos, Monte Carmelo, 1973, pp. 385s). Una hora antes de morir, volverá a clavar largamente en ella su mirada (Ib., p 335). 

 <16> El poema vuelve sobre sí mismo, y el lazo se cierra con el verso 7 que responde a la estrofa 1.  


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.