miércoles, 12 de diciembre de 2018

EN TODO HAY QUE VERLO SOLO A ÉL, CARTA 149

 A Celina    20 (?) de octubre de 1893 
J.M.J.T.   Jesús +  

Celina querida: 
He encargado a Jesús que felicite en mi nombre a mi hermanita sor María de la Santa Faz (1)... Sólo Jesús debe ser el vínculo divino que nos una. Sólo él tiene derecho a penetrar en el santuario de su esposa... Sí, él, y sólo él, escucha cuando nada nos responde (2)... Sólo él dispone los acontecimientos de nuestra vida de destierro. Él es quien a veces nos ofrece el cáliz amargo. Pero nosotras no le vemos, él se esconde, oculta su mano divina, y no logramos ver más que a las criaturas. Entonces sufrimos, porque la voz de nuestro Amado no se deja oír y la de las criaturas parece despreciarnos... 

Sí, el sufrimiento más amargo es el de no ser comprendidas... Pero nunca será ése el sufrimiento de Celina y de Teresa. Nunca, pues sus miradas están puestas más allá de la tierra y se elevan por encima de lo creado. Cuanto más se esconde Jesús, tanto más sienten ellas que Jesús está cerca. En su delicadeza exquisita, él marcha por delante, apartando las piedras del camino y alejando a los reptiles. Pero no es nada todavía: él hace resonar en nuestros oídos voces amigas, y esas voces nos advierten que no caminemos demasiado seguras... ¿Y por qué? ¿No es acaso el mismo Jesús quien ha trazado nuestra ruta? ¿No es él quien nos alumbra y se revela a nuestras almas...? Todo nos lleva a él, las flores que crecen al borde del camino no cautivan nuestros corazones (3). Las miramos, las amamos, porque nos hablan de Jesús, de su poder, de su amor, pero nuestras almas permanecen libres. ¿Por qué turbar, pues, nuestra dulce paz? ¿Por qué temer la tormenta cuando el cielo está sereno...?  


¡Celina, querida Celina...! No son los precipicios lo que hay que evitar. Estamos en brazos de Jesús; y si voces amigas nos aconsejan temer, es nuestro Amado en persona quien así lo quiere. ¿Y por qué...? Porque, en su amor, ha escogido para sus esposas el mismo camino que escogió para sí. Quiere que las alegrías más puras se cambien en sufrimientos, a fin de que nuestro corazón, no teniendo, por así decirlo, ni siquiera tiempo para respirar a gusto, se vuelva hacia él, que es nuestro único sol y nuestra única alegría... 

Las flores del camino son los placeres puros de la vida. No hay mal alguno en disfrutar de ellos. Pero Jesús está celoso de nuestras almas, y desea que para nosotras todos los placeres estén mezclados con amargura... Y aunque las flores del camino conducen al Amado, son, sin embargo, un camino indirecto; son la placa o el espejo que reflejan al sol, pero no son el sol... 

No estoy diciendo a mi Celina querida lo que quisiera decirle, me explico tan mal... Tal vez ella me entienda con medias palabras, ¡se las arregla tan bien Jesús para cumplir los encargos de su pobre Teresa...!  

CELINA


Hay en el Cantar de los Cantares un pasaje que le cuadra a la perfección a la pobre Celinita desterrada. Es éste: «¿Qué veis en la esposa sino coros musicales en un campo de batalla?» ¡Sí, la vida de mi Celina es realmente un campo de batalla...! Como pobre palomita, gime junto a los canales de Babilonia, ¿y cómo podrá cantar los cánticos del Señor en tierra extranjera...? Y sin embargo, tiene que cantar, su vida tiene que ser una melodía (un coro musical). Es Jesús quien la retiene cautiva, pero él está a su lado... Celina es la humilde lira de Jesús (3)... ¿Es completo un concierto cuando nadie canta...? Si Jesús toca, ¿no tiene Celina que cantar...? Cuando el aire sea triste, ella cantará el cántico del destierro, y cuando el aire sea jubiloso, su voz dejará oír los acentos de la patria... Todo lo que pueda suceder, todos los acontecimientos de la vida no serán más que ruidos lejanos que no harán vibrar a la pequeña lira, sólo Jesús tiene derecho a posar en ellas sus dedos divinos. Las criaturas son peldaños, instrumentos, pero es la mano de Jesús la que lo dirige todo. En todo hay que verlo sólo a él... 

No puedo pensar sin extasiarme en mi querida santa Cecilia. ¡Qué modelo para la humilde lira de Jesús...! En medio del mundo, metida entre toda clase de peligros, en el momento de unirse a un joven pagano que no respira más que amor profano, me parece que Cecilia hubiese debido temblar y llorar... Pero no: al oír el sonido de los instrumentos que festejaban sus bodas, Cecilia cantaba en su corazón (4)... ¡Qué abandono...! Escuchaba, sin duda, unas melodías que no eran de la tierra; su esposo divino cantaba también; los ángeles hacían resonar en el corazón de Cecilia el sonido de sus conciertos celestiales... Cantaban como en otro tiempo junto al pesebre de Jesús: «Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que Dios ama».  

SANTA CECILIA

¡La gloria de Dios! Cecilia adivinaba que su esposo divino tenía sed de almas y anhelaba ya la del joven romano que sólo soñaba en la gloria de la tierra; pronto hará de él un mártir, y las multitudes marcharán en pos de sus huellas... Cecilia no teme, porque los ángeles cantaron: «Paz a las almas que el Señor ama»; ella sabe que Jesús está obligado a guardarla, a proteger su virginidad. Por eso, ¡qué recompensa...! 

Sí, es preciosa la casta generación de las almas vírgenes, canta frecuentemente la Iglesia, y esta palabra sigue siendo hoy tan verdadera como en los tiempos de la virgen Cecilia... 

Celina querida, ¡qué contento está Jesús con su pequeña lira! ¡Tiene tan pocas en el mundo! Déjale descansar a tu lado, no te canses de cantar, pues Jesús no se cansa nunca de tocar... Un día, allá arriba en la patria, verás los frutos de tus trabajos... Después de haber sonreído a Jesús en medio de las lágrimas, gozarás de los rayos de su Faz divina y él seguirá tocando en su pequeña lira. ¡Tocará durante toda la eternidad aires nuevos que nadie, excepto Celina, podrá cantar...! 


 
NOTAS


1 Nombre dado espontáneamente por Teresa a Celina.

2 San Agustín. 

3 Teresa se siente a gusto con este instrumento «melodioso», cuyo simbolismo le es familiar.

4 Oficio litúrgico de santa Cecilia; cf Cta 54, n. 2. 



Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.



martes, 11 de diciembre de 2018

CARTA DE TERESITA A SU HERMANA LEONIA CUANDO ÉSTA DECIDE ENTRAR EN LA VISITACIÓN, CARTA 148

 A Leonia    J.M.J.T. 
Jesús + El Carmelo, 13 de agosto de 1893 

Querida Leonia: 

¿Piensas, tal vez, que tu Teresa te tiene olvidada? ¡En absoluto! Tú conoces demasiado bien su corazón para pensar eso. Me habría gustado escribirte al mismo tiempo que nuestra Madre y que sor María del Sagrado Corazón, pero hubo un malentendido y su carta salió antes de lo que yo pensaba. Hoy voy a desquitarme pasando un rato contigo.  

LEONIA, HERMANA DE TERESITA


¡Si supieras, querida hermanita, las acciones de gracias que elevo al cielo por el don que Dios te ha concedido! Por fin tus deseos se han realizado. Como la paloma que salió del arca, tampoco tú podías hallar sobre la tierra del mundo un lugar donde posar el pie, y volaste durante mucho tiempo tratando de entrar en la mansión bendita donde tu corazón había fijado para siempre su morada. Jesús se hizo esperar, pero al fin los gemidos de su paloma lo conmovieron, extendió su mano divina y, tomando a su prometida, la colocó sobre su corazón, en el tabernáculo de su amor. 

Se ha realizado así ya la predicción de nuestra santa tía (1). La hija de la beata Margarita María (2) está en la Visitación y será ya para siempre la esposa de Nuestro Señor. 

Claro, que mi alegría es completamente espiritual, pues ya no volveré a ver aquí en la tierra a mi querida Leonia, ya no volveré a escuchar su voz ni a desahogar mi corazón en el suyo... Pero sé que la tierra es el lugar de nuestro destierro, somos viajeras que caminamos hacia la patria. ¿Qué importa la ruta que seguimos no sea la misma, si nuestra meta común es el cielo? Allí nos reuniremos para no separarnos jamás. Allí saborearemos eternamente las alegrías de la familia, volveremos a encontrar a nuestro padre querido, aureolado de gloria y honor por su fidelidad a toda prueba y sobre todo por las humillaciones en las que fue abrevado; veremos a nuestra madre, que se alegrará de las tribulaciones que fueron nuestra heredad durante del destierro de la vida, gozaremos de su dicha al contemplar a sus cinco hijas religiosas, y con los cuatro angelitos que nos esperan allá arriba formaremos una corona que ceñirá para siempre la frente de nuestros padres queridos. 

LA FAMILIA DE SANTA TERESITA AL COMPLETO, INCLUYENDO A SUS HERMANITOS
QUE PARTIERON PARA EL CIELO SIENDO MUY PEQUEÑOS.


Querida hermanita, ya ves que también yo participo de tu alegría, que sé que es muy grande, pero que sé también que los sacrificios no dejan de acompañarla. ¿Sería meritoria, sin ellos, la vida religiosa? No, ¿verdad que no? Por el contrario, las pequeñas cruces son las que constituyen toda nuestra alegría. Esas pequeñas cruces no son más corrientes que las grandes, y preparan nuestro corazón para recibir éstas cuando así lo quiera nuestro Maestro. 


Te ruego, querida Leonia, que des mis respetuosos saludos a tu Reverenda Madre, hacia la que conservo un afecto muy filial desde el día que tuve el honor de conocerla (3). ¿No pertenezco yo ya también un poco a su familia, al ser tú su hija y yo tu indigna hermanita...? 

Nuestra Madre, la madre María de Gonzaga y sor María del Sagrado Corazón presentan también sus respetuosos saludos a la Madre superiora, y envían a su querida Leonia sus mejores deseos de felicidad. 

No olvides en tus oraciones, querida hermana, a la más pequeña de las carmelitas, que tan unida está contigo en el corazón de la Santísima Virgen. 

Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind. 

 
NOTAS

(1) Sor María Dositea Guérin, salesa en Le Mans, escribía el 28 de abril de 1869: «En cuanto a la pequeña Leonia, no puedo menos de pensar que será salesa». 

(2) Alusión a la curación de Leonia, cuando era niña, después de una novena que sor María Dositea hizo a la beata Margarita María, en marzo de 1865. 

(3) La madre María de Sales Lefrançois, a quien Celina y Teresa habían conocido con ocasión de una visita que hicieron a Leonia durante su primera estancia en la Visitación (julio de 1887-enero de 1888). 
  

EL ABANDONO ES EL FRUTO DELICIOSO DEL AMOR




Hay en la tierra un árbol, árbol maravilloso,  cuya raíz se encuentra,¡oh misterio!, en el cielo <1>.

Acogido a su sombra, nada ni nadie te podrá alcanzar;  sin miedo a la tormenta, 
bajo él puedes descansar.


El árbol inefable lleva por nombre «amor».  
Su fruto <2> deleitable se llama «el abandono». 


Ya en esta misma vida este fruto me da felicidad, mi alma se recrea con su divino aroma.


Al tocarlo mi mano, me parece un tesoro. 
Al llevarlo a la boca, me parece más dulce todavía. 


Un mar de paz me da ya en este mundo, 
un océano de paz, y en esta paz profunda descanso para siempre.


El abandono, sólo el abandono a tus brazos me entrega, ¡oh Jesús mío!, y es el que me hace vivir con la vida de tus elegidos.


A ti, divino Esposo, me abandono, y no quiero nada más en la vida que tu dulce mirada.


Quiero sonreír siempre, dormirme en tu regazo y repetirte en él que te amo, mi Señor <3>. 


Como la margarita de amarilla corola, yo, florecilla humilde, abro al sol mi capullo.


Mi dulce sol de vida, mi amadísimo Rey, es tu divina hostia pequeña como yo...


El rayo luminoso de tu celeste llama nacer hace en mi alma el perfecto abandono.


Todas las criaturas pueden abandonarme, lo aceptaré sin queja y viviré a tu lado.


Y si tú me dejases, ¡oh divino tesoro!, aun viéndome privada de tus dulces caricias, 
seguiré sonriendo.


En paz yo esperaré, Jesús, tu vuelta, 
no interrumpiendo nunca mis cánticos de amor.


Nada, nada me inquieta, nada puede turbarme, más alto que la alondra sabe volar mi alma.


Encima de las nubes el cielo es siempre azul, y se tocan las playas del reino de mi Dios.


Espero en paz la gloria de la celeste patria, pues hallo en el copón el suave fruto ¡el dulcísimo fruto del amor!







NOTAS 


Fecha: 31 de mayo de 1897. - Compuesta para: sor Teresa de San Agustín, a petición suya. - Publicada: HA 98 («L'Abbandon»), tres versos corregidos. - Melodía: Si j'étais grande dame.


Una canción, pero una canción que va más allá de ella misma, una canción para capear «la tormenta» y entregarse de corazón, pero tranquilos, seguros, «en paz» (palabra que se repite cuatro veces). La confianza de las cuatro últimas estrofas no es fingida: es el auténtico «abandono», por encima de los consuelos sensibles. Aunque menos vibrante y más parco en confidencias que Una rosa deshojada, este poema es también un poema personal.


La destinataria, una monja tan virtuosa como severa, había hecho «voto de abandono a todos los deseos de Dios», no sin descontar del todo un cierto complejo «de superioridad en la perfección». Para Teresa, el abandono no es «obra del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia». Al reconocer en sí misma ese abandono total ante la muerte, rendirá homenaje por ello a su único autor: «Ahora ya estoy en él; Dios me ha hecho llegar a él, me ha tomado en sus brazos y me ha puesto en él...» (CA 7.7.3).



<1> Bella imagen de un árbol  «cuya raíz se encuentra en el cielo». El símbolo del árbol es muy poco frecuente en Teresa (ésta es la única vez que se encuentra en las poesías, y en la Cta 137 el árbol de Zaqueo).


<2> Este fruto es la antítesis del fruto del libro del Génesis (3,6): se lo puede tocar sin temor (Gen 3,3) y comer de él; y no trae consigo el desorden del pecado y de la muerte, sino «un mar de paz» y la felicidad ya en esta vida. 


<3> En estas estrofas 7-9 volvemos a encontrar el tono y el colorido de P 2, Santa Cecilia (vv. 29-32), «la santa del abandono». 


<4> Teresa «espera en paz». Pero es una espera que no tiene nada de ocioso: la fuga repentina de la alondra (est. 16), en una ascensión vertical que rompe la «espesa niebla» (Ms C 5vº), lo dice bien claro. Y evoca irresistiblemente los actos anagógicos de san Juan de la Cruz: para el alma que se ve acosada por la tentación, lo mejor es echarse a volar de un salto hacia Dios...Y Teresa vuela incluso «más alto que la alondra»: la mirada puede seguir al pájaro por el cielo, pero no nos es posible ver volar a la carmelita hasta los confines de esa tierra prometida donde hunde sus raíces el Arbol de la vida. 

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, poesías.



lunes, 10 de diciembre de 2018

UNA ROSA DESHOJADA




 
Jesús, cuando te veo 
que abandonas los brazos 
de tu Madre, y tenido por ella, 
ensayas, vacilante, 
por nuestra triste tierra 
tus indecisos y primeros pasos,  
yo quisiera ir delante 
deshojando una rosa 
blanca y fresca, 
y así tu piececito posaría 
muy suave y dulcemente 
sobre una flor.


La rosa deshojada, 
¡oh mi Niño divino!, 
es la más fiel imagen 
del corazón que quiere 
a cada instante por tu amor 
inmolarse enteramente. 
Hay muchas rosas frescas 
que gustan de brillar 
en tus altares 
y se entregan a ti. 
Mas yo anhelo otra cosa: 
deshojarme...


La rosa en su esplendor puede, 
mi Niño, embellecer tu fiesta. 
A la rosa en deshoje se la olvida,  
se la tira y arroja 
al capricho del viento. 
La rosa, deshojándose, 
se entrega a cada instante 
con ansia de no ser. 
Como ella, quiero yo 
buscar mi dicha dándome, 
mi Jesús, del todo a ti.


Se pasa sobre pétalos de 
rosa deshojada, y se pisan sin pena. 
Y esos muertos despojos 
son un simple ornamento, 
dispuestos al azar, 
sin arte y sin estudio, 
lo comprendo... 
Yo prodigué mi vida, 
prodigué mi futuro por tu amor, 
¡oh Jesús! A los ojos profanos 
de los hombres, como rosa 
marchita para siempre  
un día moriré...


Mas moriré por ti, ¡oh Niño mío, 
hermosura <1> suprema! 
¡Oh suerte venturosa! 
Deshojándome quiero 
demostrarte  mi amor, 
¡oh, mi tesoro...! 
A zaga de tus pasos infantiles,  
escondida vivir quiero aquí abajo. 
Y aun suavizar quisiera 
tus últimas pisadas 
camino del Calvario...
 



NOTAS 


Fecha: 19 de mayo de 1897. - Compuesta para: María Enriqueta, del Carmelo de París, a petición suya. - Publicación: HA 98 («La rose effeuillée»), cinco versos corregidos. - Melodía: Le fil de la Vierge, o bien La rosse mousse.


La verdad es que pocos místicos han llegado tan lejos como Teresa, minada por la enfermedad, en el límite de sus fuerzas y que ofrece su «nada» arrojándose a los pies de Jesús en un acto de amor puro y total. Así la descubrimos aquí: no pide nada, se entrega por entero, está casi casi al otro lado de la muerte, se diría que al otro lado del amor.


En mayo ya no está en condiciones de participar en la liturgia floral de las novicias (cf P 23). Uno tras otro va renunciando a los actos de comunidad. Ahora le queda una tarea suprema: «Debo morir». Morir disolviéndose al filo de los días, como una «rosa» que se «deshoja». En la más completa oblación: «enteramente, a cada instante, sin pena alguna», sin escenografías («sin arte y sin estudio»). Su generosidad sólo puede compararse con su delicadeza: que su vida así «prodigada» sea sólo dulzura bajo el «piececito» del Niño Jesús y bajo las «últimas pisadas» del Varón de dolores. El símbolo de la rosa deshojada, hoy aparentemente desgastado, surge aquí en toda su patética belleza, con la autenticidad de lo vivido.


Teresa ya no sueña siquiera con entregarse a Jesús, sino con deshojarse bajo sus pasos, con morir disolviéndose. En las estrofas 3 y 4 desarrolla esta idea hasta unos límites a los que antes aún no había llegado: «La rosa en su esplendor puede embellecer tu fiesta, a la rosa en deshoje se la tira y arroja (nótese la fuerza de esta palabra al final del verso) al capricho del viento» (es decir, a ninguna parte, no importa dónde). La rosa deshojada se entrega para ya no ser más («con ansias de no ser»), lo cual es ya el colmo del abandono; ni siquiera se le presta atención (4,13), no es más que unos «muertos despojos». Teresa «lo comprende»: ella «prodigó su vida, prodigó su futuro», está «marchita para siempre, un día morirá...». De esta manera, ofrece la prueba suprema de su amor, sin saber lo que Jesús hará de ella. Ella es sólo una rosa deshojada, es decir, nada.


Teresa responde a una petición de una carmelita de París, antigua priora, que había oído hablar maravillas de sus dotes de poeta y que quiere ponérselas a prueba: «Si es verdad que esa hermanita es una joya (...), que me envíe una de sus poesías, y lo comprobaré por mí misma»; y, según María de la Trinidad, proponía incluso el tema de la rosa deshojada. 


»La madre Enriqueta quedó muy contenta (...), pensando únicamente que le faltaba una última estrofa para explicar que, a la hora de mi muerte, Dios recogería esos pétalos para volver a formar con ellos una rosa preciosa que brillaría por toda la eternidad». ¡Qué gran error! Para Teresa, «amar es entregarse» sin pedir nada a cambio. Y contesta: «Que esa buena Madre haga la estrofa tal como lo dice, que yo no me encuentro en absoluto inspirada para hacerlo. Mi deseo es ser deshojada para siempre, para alegrar a Dios. Y se acabó».



<1> Teresa tiene un sentimiento muy agudo de la Belleza (cincuenta y seis veces emplea esa palabra en sus escritos, y veintiocho veces ser trata de la belleza de Jesús). Belleza suprema en P 15,31; 18,2; RP 2,1rº y 8rº; RP 4,3rº.


 




 

viernes, 7 de diciembre de 2018

NÁPOLES, ASÍS, REGRESO A FRANCIA (EL VIAJE A ROMA, 1887) MANUSCRITO A

Al día siguiente de la memorable jornada, tuvimos que salir de madrugada para Nápoles y Pompeya. El Vesubio, en nuestro honor, no dejó de meter ruido en todo el día, dejando escapar entre sus cañonazos una espesa columna de humo. Las huellas que ha dejado en las ruinas de Pompeya son horribles y muestran el poder de Dios, que «mira a la tierra y la hace temblar, toca los montes y humean...» 

Me hubiera gustado pasearme sola por entre las ruinas y meditar en la fragilidad de las realidades humanas, pero la cantidad de viajeros quitaba a la ciudad destruida buena parte de su melancólico encanto...
 

En Nápoles fue todo lo contrario. La gran cantidad de coches de dos caballos hizo que resultara espléndido nuestro paseo al monasterio de San Martín, situado en la cima de una alta colina que dominaba toda la ciudad. Lamentablemente, los caballos que nos conducían se desbocaban a cada paso, y más de una vez creí llegada mi última hora. Por más que el cochero repetía continuamente la palabra mágica de los conductores italianos: «Appipó, appipó...», los pobres caballos estaban empeñados en volcar el coche. Por fin, gracias a la protección de nuestros ángeles de la guarda, llegamos a nuestro magnífico hotel. 

MONASTERIO DE SAN MARTÍN, EN NÁPOLES

A lo largo de todo nuestro viaje nos alojamos en hoteles principescos. Nunca antes me había visto rodeada de tanto lujo. Y aquí sí que cabe decir que la riqueza no hace la felicidad, pues yo me habría sentido mucho más feliz bajo un techo de paja con la esperanza del Carmelo, que entre artesonados de oro, escaleras de mármol blanco y tapices de seda, con amargura en el corazón...

Comprendí bien que la alegría no se halla en las cosas que nos rodean, sino en lo más íntimo de nuestra alma; se la puede poseer lo mismo en una prisión que en un palacio. La prueba está en que yo soy más feliz en el Carmelo, aun en medio de mis sufrimientos interiores y exteriores, que entonces en el mundo, rodeada de las comodidades de la vida y sobre todo de la ternura del hogar paterno...

Llevaba el alma sumida en la tristeza. Sin embargo, exteriormente era la misma, pues creía que nadie conocía la petición que había hecho al Santo Padre. Pronto me convencí de lo contrario. Habiéndome quedado sola con Celina en el vagón (los demás peregrinos habían bajado a la cantina de la estación, aprovechando unos pocos minutos de parada), vi que el Sr. Legoux, Vicario General de Coutances, abría la puerta y mirándome me decía sonriendo: «¿Cómo está nuestra pequeña carmelita...?» Entonces comprendí que toda la peregrinación conocía mi secreto (1). Gracias a Dios, nadie me habló sobre ello, pero, por la simpatía con que me miraban, me di cuenta de que mi petición no les había producido mala impresión, sino todo lo contrario...

En la pequeña ciudad de Asís tuve ocasión de subir al coche del Sr. Révérony, un honor que no le fue concedido a ninguna dama durante todo el viaje. Te cuento cómo conseguí ese privilegio.

Después de visitar los lugares impregnados por el aroma de las virtudes de san Francisco y santa Clara, terminamos en el monasterio de Santa Inés, hermana de santa Clara. 

Yo había estado contemplando a mis anchas la cabeza de la santa y cuando me retiraba, una de las últimas, me di cuenta de que había perdido el cinturón. Lo busqué en medio de la muchedumbre. Un sacerdote se compadeció de mí y me ayudó; pero después de habérmelo encontrado, le vi alejarse, y yo me quedé sola buscando, pues aunque tenía el cinturón no me lo podía poner, pues faltaba la hebilla... Por fin, la vi brillar en un rincón. Cogerla y ajustarla al cinturón no me llevó mucho tiempo, pero todo el trabajo anterior sí que me lo había llevado. Así que me quedé de una pieza al ver que estaba sola al salir de la iglesia. Todos los coches, y eran muchos, habían desaparecido, excepto el del Sr. Révérony. ¿Qué decisión tomar? ¿Echarme a correr detrás de los coches, que ya no se veían, exponiéndome a perder el tren, con la consiguiente preocupación de mi querido papá, o bien pedir un sitio en la calesa del Sr. Révérony...?  

SR. REVERONY

Me decidí por esta última solución. Con la mayor amabilidad y lo menos apurada que pude, a pesar de mi apuro, le expuse mi crítica situación y lo puse a él mismo en un apuro, pues su coche iba lleno de los más distinguidos caballeros de la peregrinación. Imposible encontrar una plaza libre. Pero un caballero muy galante se apresuró a bajar, me hizo ocupar su asiento, y se puso él modestamente al lado del cochero. Parecía una ardilla atrapada en un cepo, y estaba muy lejos de encontrarme a gusto, rodeada de todos aquellos personajes ilustres, y sobre todo del más temible de todos ellos, frente al cual iba sentada... Sin embargo, estuvo muy amable conmigo, interrumpiendo de vez en cuando su conversación con los caballeros para hablarme del Carmelo. 

Antes de llegar a la estación, todos aquellos grandes personajes sacaron sus grandes monederos para dar una propina al cochero (que ya estaba pagado). Yo hice lo mismo, y saqué mi diminuto monedero, pero el Sr. Révérony no me permitió sacar mis preciosas moneditas y prefirió dar él una grande de las suyas por los dos.

En otra ocasión volví a encontrarme a su lado en el ómnibus. Estuvo más amable todavía, y me prometió hacer todo lo que pudiera para que entrase en el Carmelo...



Aunque estos breves encuentros pusieron un poco de bálsamo en mis llagas, no pudieron evitar que el regreso fuese mucho menos placentero que la ida, pues ya no tenía la esperanza «del Santo Padre». No encontraba ayuda alguna en la tierra, que me parecía un desierto agostado y sin agua. Sólo en Dios tenía puesta toda mi esperanza... Acababa de conocer por experiencia que vale más recurrir a él que a sus santos... 

La tristeza de mi alma no fue obstáculo para que pusiese un gran interés en los santos lugares que visitábamos. 

En Florencia tuve la dicha de contemplar a santa María Magdalena de Pazzi, colocada en medio del coro de las carmelitas, que nos abrieron la reja. Como no sabíamos que íbamos a disfrutar de tal privilegio, y muchas personas deseaban hacer tocar sus rosarios en el sepulcro de la santa, no había nadie más que yo que pudiese pasar la mano por entre la reja que nos separaba de él. Por eso, todos me traían sus rosarios, y yo me sentía muy orgullosa de mi oficio... 

Siempre tenía que encontrar la forma de tocarlo todo. Así, en la iglesia de la Santa Cruz de Jerusalén (en Roma) pudimos venerar varios fragmentos de la verdadera Cruz, dos espinas y uno de los sagrados clavos, encerrado en un magnífico relicario de oro labrado, pero sin cristal, por lo que, al venerar la sagrada reliquia, encontré la forma de pasar mi dedito por una de las aberturas del relicario y pude tocar el clavo que bañó la sangre de Jesús... 


Clavo de la Santa Cruz y la inscripción de INRI


La verdad es que era demasiado atrevida... Por suerte, Dios, que conoce el fondo de los corazones, sabe que mi intención era pura y que por nada del mundo hubiera querido desagradarle. Me portaba con él como un niño que piensa que todo le está permitido y mira como suyos los tesoros de su padre.

Todavía hoy sigo sin comprender por qué en Italia se excomulga tan fácilmente a las mujeres. A cada paso nos decían: «¡No entréis aquí... o entréis allá, que quedaréis excomulgadas...!» ¡Pobres mujeres! qué despreciadas son...! Sin embargo, ellas aman a Dios en número mucho mayor que los hombres, y durante la pasión de Nuestro Señor las mujeres tuvieron más valor que los apóstoles, pues desafiaron los insultos de los soldados y se atrevieron en enjugar la Faz adorable de Jesús... Seguramente por eso él permite que el desprecio sea su lote en la tierra (2), ya que lo escogió también para sí mismo... En el cielo demostrará claramente que sus pensamientos no son los de los hombres, pues entonces los últimos serán los primeros... 

Más de una vez, durante el viaje, no tuve la paciencia de esperar al cielo para ser la primera... Un día en que visitábamos un convento de Padres carmelitas, no me conformé con seguir a los peregrinos por las galerías exteriores y me metí por los claustro interiores... De pronto vi a un anciano carmelita que desde lejos me hacía señas de que me alejase; pero yo, en vez de marcharme, me acerqué a él y, señalándole los cuadros del claustro, le di a entender por señas que eran bonitos. El se dio cuenta, por mis cabellos que caían sobre la espalda y por mi aspecto juvenil, que era una niña, me sonrió con bondad y se alejó, al ver que no tenía delante de él a una enemiga. Si hubiese podido hablarle en italiano, le habría dicho que era un futura carmelita; pero por culpa de los constructores de la torre de Babel, no pude hacerlo.

Después de visitar también Pisa y Génova, volvimos a Francia.

En el trayecto, el panorama era magnífico. 
A veces bordeábamos el mar, y la vía del tren pasaba tan cerca de él, que me parecía que las olas iban a llegar hasta nosotros (aquel espectáculo fue debido a una tempestad, y era de noche, lo que hacía que la escena fuese aún más impresionante). Otras veces atravesábamos llanuras cubiertas de naranjos con su fruta ya madura, o de verdes olivos de escaso follaje, o de esbeltas palmeras... A la caída de la tarde, veíamos los numerosos puertecitos de mar iluminarse con multitud de luces, mientras en el cielo empezaban a brillar las primeras estrellas...

Y a la vista de todas aquellas cosas, que yo miraba por primera y por última vez en mi vida, ¡mi alma se llenaba de poesía...! Pero las veía desvanecerse sin la menor pena. Mi corazón aspiraba a otras maravillas. Había contemplado ya bastante las bellezas de la tierra, y sólo las del cielo eran ya el objeto de sus deseos. Y para ofrecérselas a las almas, ¡quería convertirme en prisionera ...!  


NOTAS

(1) Un corresponsal en Roma de L'Univers había difundido la noticia (24/11/1887).
 
(2)Teresa pone aquí de manifiesto, de manera brillante, su feminismo. Su argumentación es fuerte, y la condición de mujer se convierte casi en una especie de privilegio para asemejarse a Jesús.


Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

martes, 4 de diciembre de 2018

AUDIENCIA CON LEÓN XIII (EL VIAJE A ROMA, 1887) MANUSCRITO A


Seis días pasamos visitando las principales maravillas de Roma, y el séptimo vi la mayor de todas: «León XIII...»

Deseaba que llegase aquel día, y al mismo tiempo lo temía. De él dependía mi vocación, pues la respuesta que debía recibir de Monseñor no había llegado y había sabido, Madre querida, por una carta tuya, que ya no estaba muy bien dispuesto en mi favor. Así que mi única tabla de salvación era el permiso del Santo Padre...

Pero para obtenerlo, había que pedirlo. Tenía que atreverme a hablar «al Papa» delante de todo el mundo. Y simplemente el pensarlo me hacía temblar. Sólo Dios sabe, y mi querida Celina, lo que sufrí antes de la audiencia. Nunca olvidaré cómo me acompañó ella en todas mis pruebas; parecía como si mi vocación fuese la suya.

Los sacerdotes de la peregrinación se dieron cuenta de cómo nos queríamos. Una noche estábamos en una reunión tan numerosa, que faltaban sillas; entonces Celina me sentó sobre sus rodillas y nos miramos con tanto cariño, que un sacerdote exclamó: «¡Cómo se quieren! ¡Esas dos hermanas serán siempre inseparables!» Sí, nos queríamos; pero nuestro cariño era tan puro y tan fuerte, que el pensamiento de la separación no nos inquietaba, pues sabíamos que nada en el mundo, ni siquiera el océano, podría alejarnos una de otra... Celina veía tranquila cómo mi barquilla se iba acercando a la ribera del Carmelo y se resignaba a quedarse en el mar tempestuoso del mundo todo el tiempo que Dios quisiera, segura de que un día también ella llegaría a la ribera objeto de nuestros deseos...

El domingo 20 de noviembre, vestidas según la etiqueta del Vaticano (es decir, de negro, y con mantilla de encaje por tocado) y adornadas con una gran medalla de León XIII que colgaba de una cinta azul y blanca, hicimos nuestra entrada en el Vaticano, en la capilla del Sumo Pontífice. 

A las 8, nuestra emoción fue muy profunda al verle entrar para celebrar la santa Misa... Tras bendecir a los numerosos peregrinos congregados a su alrededor, subió las gradas del altar y nos demostró con su piedad, digna del Vicario de Jesús, que era verdaderamente «el Santo Padre». Cuando Jesús bajó a las manos de su Pontífice, mi corazón latió con fuerza y mi oración se hizo ardiente. Sin embargo, la confianza llenaba mi corazón. El Evangelio de ese día contenía estas palabras: «No temas, pequeño rebaño, porque mi Padre ha tenido a bien daros su reino». 

No, no temía. Esperaba que muy pronto sería mío el reino del Carmelo. No pensaba entonces en aquellas otras palabras de Jesús: «Yo os transmito el reino como me lo transmitió mi Padre a mí». Es decir, te reservo cruces y tribulaciones; así te harás digna de poseer ese reino por el que suspiras. Si fue necesario que Cristo sufriera, para entrar así en su gloria, si tú quieres tener un sitio a su lado, ¡tendrás que beber el cáliz que él mismo bebió...! Ese cáliz me lo presentó el Santo Padre, y mis lágrimas fueron a mezclarse con la amarga bebida que se me ofrecía. 

Después de la misa de acción de gracias que siguió a la de Su Santidad, comenzó la audiencia. 

León XIII estaba sentado en un gran sillón. Vestía simplemente una sotana blanca y una muceta del mismo color, y en la cabeza no llevaba más que un pequeño solideo. A su lado estaban, de pie, varios cardenales, arzobispos y obispos, pero yo sólo los vi globalmente, pues mi atención estaba centrada en el Santo Padre. 

Ibamos desfilando procesionalmente ante él. Cada peregrino, cuando le llegaba su turno, se arrodillaba, besaba el pie y la mano de León XIII, recibía su bendición y dos guardias nobles le tocaban, por ceremonia, indicándole así que debía levantarse (al peregrino, pues me explico tan mal, que podría entenderse que era al Papa). 

Antes de entrar en el salón pontificio, yo estaba completamente decidida a hablar; pero sentí que mi valor flaqueaba cuando vi a la derecha del Santo Padre ¡al «Señor Révérony...! Casi en aquel mismo instante nos dijeron de su parte que prohibía hablar a León XIII, pues la audiencia se estaba prolongando demasiado... 
 

Yo me volví hacia mi Celina querida para conocer su opinión. «¡Habla!», me dijo (1). 
Un momento después estaba yo a los pies del Santo Padre. Después de besarle la sandalia, me presentó la mano; pero en lugar de besársela, junté las mías y elevando hacia su rostro mis ojos bañados en lágrimas, exclamé: 


«¡Santísimo Padre, tengo que pediros una gracia muy grande...!» 


Entonces el Sumo Pontífice inclinó hacia mí su cabeza, de manera que mi rostro casi tocaba el suyo, y vi sus ojos negros y profundos que se fijaban en mí y parecían querer penetrarme hasta el fondo del alma. 

«¡Santísimo Padre, en honor de vuestras bodas de oro, permitidme entrar en el Carmelo a los 15 años...!» 

Sin duda, la emoción hacía temblar mi voz. Por lo que el Santo Padre, volviéndose hacia el Sr. Révérony, que me miraba asombrado y disgustado, le dijo: 

«No comprendo bien».

Si Dios lo hubiera permitido, le habría sido fácil al Sr. Révérony alcanzarme lo que deseaba, pero Dios quería darme cruz, y no consuelo. 

«Santísimo Padre (respondió el Vicario General), se trata de una niña que desea entrar en el Carmelo a los 15 años; pero los superiores están en estos momentos estudiando la cuestión». 

«Bueno, hija mía, respondió el Santo Padre mirándome bondadosamente, haz lo que te digan los superiores»: 

Entonces, apoyando mis manos en sus rodillas, hice un último intento y le dije con voz suplicante:

«¡Sí, Santísimo Padre! Pero si usted dijese que sí, todo el mundo estaría de acuerdo». 

Me miró fijamente y pronunció estas palabras, recalcando cada sílaba:

«Vamos... vamos... Entrarás si Dios lo quiere...» (Y su acento tenía un no sé qué de tan penetrante y convincente, que aún me parece estar oyéndole). 

Animada por la bondad del Santo Padre, quise seguir hablando, pero los dos guardias nobles me tocaron cortésmente, para que me levantase; y viendo que con eso no bastaba, me cogieron por los brazos y el Sr. Révérony les ayudó a levantarme, pues seguía con las manos juntas apoyadas en las rodillas del Santo Padre, y tuvieron que arrancarme de sus pies a viva fuerza... 

Mientras me quitaban de en medio de esa manera, el Santo Padre acercó su mano a mis labios y después la levantó para bendecirme. Entonces los ojos se me llenaron de lágrimas, y el Sr. Révérony pudo contemplar al menos tantos diamantes como había visto en Bayeux...

Los dos guardias nobles me llevaron en volandas, por así decirlo, hasta la puerta, donde un tercero me dio un medalla de León XIII.

Celina, que iba detrás de mí, acababa de ser testigo de la escena que acababa de ocurrir. Casi tan emocionada como yo, tuvo no obstante valor para pedir al Santo Padre una bendición para el Carmelo. El Sr. Révérony, con voz, malhumorada, respondió:

«El Carmelo ya está bendecido».  Y el Santo Padre contestó con ternura: «Sí, sí, ¡ya está bendecido!» 

Papá se había acercado a los pies de León XIII antes que nosotras (con los caballeros).(2) El Sr. Révérony había estado con él encantador, presentándolo como el padre de dos carmelitas. El Santo Padre, como muestra de especial benevolencia, posó su mano sobre la cabeza venerable de mi querido rey, como marcándole con un sello misterioso en nombre de Aquel de quien era verdadero representante... 

EL PAPA LEÓN XIII

Ahora que este padre de cuatro carmelitas está en el cielo, ya no es la mano del Pontífice la que reposa sobre su frente, profetizándole el martirio... Es la mano del Esposo de las Vírgenes, la del Rey de la gloria, la que hace resplandecer la cabeza de su fiel servidor. ¡Y ya nunca esa mano adorada dejará de apoyarse en la frente que ella misma ha glorificado...! 

Celia Guerin y Luis Martín, padres de santa Teresita


Mi papá querido se llevó un disgusto muy grande cuando, al salir de la audiencia, me encontró deshecha en lágrimas, e hizo todo lo posible por consolarme; pero en vano...

En el fondo del corazón yo sentía una gran paz, puesto que había hecho absolutamente todo lo que estaba en mis manos para responder a lo que Dios pedía de mí. Pero esa paz estaba en el fondo, mientras la amargura inundaba mi alma, pues Jesús callaba (3). Parecía estar ausente, nada me revelaba su presencia... Tampoco aquel día el sol se atrevió a brillar, y el hermoso cielo de Italia, cargado de oscuros nubarrones, no cesó de llorar conmigo...

Todo había terminado. El viaje no tenía ya el menor atractivo para mí, pues su objetivo había fracasado 

Sin embargo, las últimas palabras del Santo Padre deberían haberme consolado: ¿no eran, en realidad, una verdadera profecía? A pesar de todos los obstáculos, se realizó lo que Dios quiso. No permitió a las criaturas hacer lo que ellas querían, sino lo que quería él... 

Desde hacía algún tiempo, me había ofrecido al Niño Jesús para ser su juguetito (4). Le había dicho que no me tratase como a uno de esos juguetes caros que los niños se contentan con mirar sin atreverse a tocarlos, sino como a una pelotita sin valor que pudiera tirar al suelo, o golpear con el pie, o agujerear, o dejarla en un rincón, o bien, si le apetecía, estrecharla contra su corazón. En una palabra, quería divertir al Niño Jesús, agradarle, entregarme a sus caprichos infantiles... Y él había escuchado mi oración...

En Roma Jesús agujereó su juguetito. Quería ver lo que había dentro. Y luego, una vez que lo vio, satisfecho de su descubrimiento, dejó caer su pelotita y se quedó dormido...

¿Y qué hizo mientras dormía dulcemente, y qué fue de la pelotita abandonada...? Jesús soñó que seguía divirtiéndose con su juguete, tirándolo y cogiéndolo una y otra vez; y luego, que, después de haberlo echado a rodar muy lejos, lo estrechaba contra su corazón sin dejarlo alejarse ya nunca más de su manita...

Imagínate, Madre querida, lo triste que se sentiría la pelotita al verse tirada por el suelo... Sin embargo, no dejé de esperar contra toda esperanza. 

Unos días después de la audiencia con el Santo Padre, papá fue a visitar al hermano Simeón (5), y encontró allí al Sr. Révérony, que se mostró muy amable. Papá le reprochó jovialmente que no me hubiese ayudado en mi difícil empresa, y luego le contó la historia de su reina al hermano Simeón. El venerable anciano escuchó su relato con gran interés, tomó incluso algunas notas y dijo emocionado: «¡Estas cosas no se ven en Italia!» 

Creo que aquella entrevista causó muy buena impresión al Sr. Révérony, que a partir de entonces no dejó de darme muestras de que por fin estaba convencido de mi vocación. 

NOTAS:

(1)  Teresa no había hecho un viaje tan largo para dar marcha atrás en el último momento (cf Cta 32), tanto más cuanto que todo el Carmelo la animaba.

(2)  En realidad, los caballeros fueron presentados después de las señoras y de los sacerdotes. 

(3)  El silencio de Jesús: una de las angustias de Teresa. Cf Ms C 9vº y Ms A 51rº. Pero reacciona valerosamente (Cta 111); toda su vida es como una preparación para la prueba de la fe. 

(4) Tema importante en el simbolismo teresiano (unido aquí al de la pelotita), que aparece aquí cuatro veces.

(5) Un hermano de las Escuelas Cristianas, personaje muy bien considerado entre la colonia francesa de Roma, que ya conocía al señor Martin. El enviará a Teresa la bendición del papa, el 31/8/1890, para su profesión, y en su última enfermedad (el 12/7/1897). 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

 

EL COLISEO Y LAS CATACUMBAS (EL VIAJE A ROMA, 1887) MANUSCRITO A

Ahora sólo me falta ya hablar de Roma. ¡De Roma, meta de nuestro viaje, donde yo esperaba encontrar el consuelo, pero donde encontré la cruz...! 

Llegamos a Roma de noche y dormidos. Nos despertaron los empleados de la estación, que gritaban: «Roma, Roma». No era un sueño, ¡estaba en Roma...!

El primer día lo pasamos extramuros, y fue quizás el más delicioso de todos, pues todos los monumentos han conservado su sello de antigüedad, mientras que en el centro de Roma, ante el fausto de los hoteles y de las tiendas, uno tiene la impresión de estar en París. 

Aquel paseo por la campiña romana me ha dejado un gratísimo recuerdo. No hablaré de los lugares que visitamos, pues hay bastantes libros que los describen por extenso, sino solamente de las principales emociones que viví. 
 

Una de las más dulces fue la que me hizo estremecerme a la vista del Coliseo. Por fin, podía ver aquella arena en la que tantos mártires habían derramado su sangre por Jesús, y ya me disponía a besar la tierra que ellos habían santificado. ¡Pero qué decepción la mía! El centro no era más que un montón de escombros que los peregrinos tenían que conformarse con mirar, pues una valla les impedía entrar. Por otra parte, nadie sintió la tentación de intentar meterse por en medio de aquellas ruinas...  


¿Pero valía la pena haber venido a Roma y quedarse sin bajar al Coliseo...? Aquello me parecía imposible. Ya no escuchaba las explicaciones del guía, sólo un pensamiento me rondaba por la cabeza: bajar a la arena...

Al ver pasar a un obrero con una escalera, estuve a punto de pedírsela. Afortunadamente no puse en práctica mi idea, pues me habría tomado por loca... 

Se dice en el Evangelio que la Magdalena, perseverando junto al sepulcro y agachándose insistentemente para mirar dentro, acabó por ver dos ángeles. Yo, igual que ella, aun reconociendo la imposibilidad de ver cumplidos mis deseos, seguía agachándome hacia las ruinas, adonde quería bajar. 

Por fin, no vi ángeles, pero sí lo que buscaba. Lancé un grito de alegría y le dije a Celina: «¡Ven corriendo, vamos a poder pasar...!»  

TERESITA Y CELINA EN EL COLISEO

Inmediatamente sorteamos la valla, hasta la que en aquel sitio llegaban los escombros, y comenzamos a escalar las ruinas, que se hundían bajo nuestros pies.

Papá nos miraba, completamente asombrado de nuestra audacia, y no tardó en indicarnos que volviéramos. Pero las dos fugitivas ya no oían nada. Lo mismo que los guerreros sienten aumentar su valor en medio del peligro, así nuestra alegría iba en aumento en proporción al trabajo que nos costaba alcanzar el objeto de nuestros deseos.

Celina, más previsora que yo, había escuchado al guía, y acordándose de que éste acababa de señalar un pequeño adoquín marcado con una cruz como el lugar en el que combatían los mártires, se puso a buscarlo. No tardó en encontrarlo, y, arrodillándonos sobre aquella tierra sagrada, nuestras almas se fundieron en una misma oración... 


INTERIOR DEL COLISEO DE ROMA


Al posar mis labios sobre el polvo purpurado por la sangre de los primeros cristianos, me latía fuertemente el corazón. Pedí la gracia de morir también mártir por Jesús, y sentí en el fondo del corazón que mi oración había sido escuchada...

Todo esto sucedió en muy poco tiempo, y después de coger algunas piedras, volvimos hacia los muros en ruinas para volver a comenzar nuestra arriesgada empresa. Papá, al vernos tan contentas, no tuvo valor para reñirnos, y me di cuenta de que estaba orgulloso de nuestra valentía... 

Dios nos protegió visiblemente, pues los peregrinos no se dieron cuenta de nuestra empresa por estar algo más lejos que nosotros, ocupados sin duda en contemplar las magníficas arcadas, de las que el guía estaba resaltando «las pequeñas cornisas y los cupidos colocados sobre ellas»(1). Y así, ni él ni los «señores abates» se enteraron de la alegría que embargaba nuestros corazones... 

También las catacumbas me dejaron una gratísima impresión. Son tal como me las había imaginado leyendo su descripción en la vida de los mártires. La atmósfera que allí se respira está tan llena de fragancia, que, después de pasar en ellas buena parte de la tarde, me daba la impresión de haber estado tan sólo unos instantes... Teníamos que llevarnos algún recuerdo de las catacumbas. Así que, dejando que se alejase un poco la procesión, Celina y Teresa se deslizaron las dos juntas hasta el fondo del antiguo sepulcro de santa Cecilia y cogieron un poco de la tierra santificada por su presencia. 

CATACUMBAS DE ROMA

Antes del viaje a Roma, yo no tenía especial devoción a esta santa. Pero al visitar su casa, convertida en iglesia, y el lugar de su martirio, al saber que había sido proclamada reina de la armonía, no por su hermosa voz ni por su talento musical, sino en memoria del canto virginal que hizo oír a su Esposo celestial escondido en el fondo de su corazón, sentí por ella algo más que devoción: una auténtica ternura de amiga... Se convirtió en mi santa predilecta, en mi confidente íntima... Todo en ella me fascina, sobre todo su abandono y su confianza sin límites, que la hicieron capaz de virginizar a unas almas que nunca habían deseado más alegrías que las de la vida presente... 

Santa Cecilia se parece a la esposa del Cantar de los Cantares. Veo en ella «un coro en medio de un campo de batalla...» Su vida no fue más que un canto melodioso, aun en medio de las mayores pruebas, y no me extraña, pues «el santo Evangelio reposaba sobre su corazón» y en su corazón reposaba el Esposo de las vírgenes... 

SANTA CECILIA
También la visita a la iglesia de Santa Inés fue para mí muy dulce. Allí iba a visitar en su casa a una amiga de la infancia. Le hablé largamente de la que tan dignamente lleva su nombre, e hice todo lo posible por conseguir una reliquia de la angelical patrona de mi Madre querida para traérsela.  

Pero no pudimos conseguir más que una piedrecita roja que se desprendió de un rico mosaico cuyo origen se remonta a los tiempos de santa Inés y que ella debió de mirar muchas veces. ¿No resulta encantadora la amabilidad de la santa, al regalarnos ella misma lo que buscábamos y que nos estaba prohibido tomar...? Siempre me ha parecido aquello una delicadeza y una prueba del amor con que la dulce santa Inés mira y protege a mi Madre querida... 





NOTAS:
(1) Teresa se burla del guía del Coliseo. [Ese guía italiano, hablando en francés, empleaba la palabra «cornichons» (que significa «pepino» y también «persona de cortos alcances») en vez de «corniches» (= cornisas) y la palabra «cupides» (que significa «codiciosos») en vez de «cupidons» (= cupidos). N. del T.]

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

MILÁN, VENECIA, BOLONIA, LORETO (EL VIAJE A ROMA, 1887) MANUSCRITO A

CATEDRAL DE MILÁN

Después de haber admirado el poder de Dios, pude también admirar el que él ha concedido sus criaturas.

La primera ciudad de Italia que visitamos fue Milán. La catedral, toda de mármol blanco, y con sus estatuas suficientemente numerosas como para formar un pueblo innumerable, la visitamos hasta en sus más pequeños detalles. 

Celina y yo éramos intrépidas. Siempre íbamos las primeras y seguíamos muy de cerca a Monseñor para ver todo lo referente a las reliquias de los santos y escuchar bien las explicaciones. Por ejemplo, mientras él celebraba el santo sacrificio sobre la tumba de san Carlos, nosotras estábamos con papá detrás del altar, con la cabeza apoyada en la urna que guarda el cuerpo del santo revestido de sus ornamentos pontificales. Y así hacíamos en todas partes... Excepto cuando se trataba de subir adonde la dignidad de un obispo no lo permitía, pues en tales casos sabíamos muy bien separarnos de Su Excelencia...

Dejando a las tímidas señoras tapándose la cara con las manos después de subir a los primeros campaniles que coronaban la catedral, nosotras seguimos a los peregrinos más audaces y llegamos hasta lo alto del último campanario de mármol, y tuvimos el placer de contemplar a nuestros pies la ciudad de Milán, cuyos numerosos habitantes parecían un pequeño hormiguero... 

Bajamos de nuestro pedestal, y comenzamos nuestros paseos en coche, que iban a durar un mes ¡y que iban a saciarme para siempre de mis ganas de rodar sin nunca cansarme! 

El camposanto nos gustó todavía más que la catedral. Todas aquellas estatuas de mármol blanco, a las que el cincel del genio parece haber insuflado vida, están colocadas por el enorme campo de los muertos con una especie de estudiado descuido que, para mi gusto, aumenta aún más su encanto... Uno casi se siente tentado de acercarse a consolar a aquellos personajes idealizados que te rodean. Su expresión es tan real, y su dolor tan sereno y resignado, que uno no puede por menos de reconocer los pensamientos de inmortalidad que debían llenar el corazón de los artistas que realizaron esas obras de arte 

CEMENTERIO DE MILÁN

Hay una niña arrojando flores sobre la tumba de sus padres. Parece como si el mármol hubiera perdido su pesadez y los delicados pétalos se deslizaran entre los dedos de la niña; el viento parece dispersarlos, y parece también hacer flotar el velo ligero de las viudas y las cintas con que las jóvenes adornan sus cabellos.

Papá estaba tan encantado como nosotras. En Suiza se había sentido cansado; pero aquí recobró su jovialidad y disfrutó del hermoso espectáculo que contemplábamos. Su alma de artista se reflejaba en las expresiones de fe y de admiración que aparecían en su hermoso rostro.

Un señor ya mayor (francés), que no tenía, sin duda, un alma tan poética, nos miraba con el rabillo del ojo y decía malhumorado, como con aire de lamentar el no poder compartir nuestra admiración: «¡Pero qué entusiastas son los franceses»! Creo que aquel pobre señor hubiera hecho mejor quedándose en su casa, pues no me pareció que estuviera satisfecho del viaje; con frecuencia se ponía a nuestro lado, y de su boca no salían mas que quejas: estaba descontento de los coches, de los hoteles, de las personas, de las ciudades, en suma, de todo... Papá, con su habitual grandeza de alma, trataba de animarlo, le cedía su sitio, etc.; en definitiva, se encontraba siempre a gusto en todas partes y era de un temperamento diametralmente opuesto al de su desagradable vecino... ¡Cuántos y cuán diferentes personajes encontramos! ¡Y qué interesante el estudio del mundo cuando uno está a punto de abandonarlo...!

En Venecia la escena cambió por completo. Allí, en lugar de los ruidos de las grandes ciudades, sólo se oyen, en medio del silencio, los gritos de los gondoleros y el murmullo del agua agitada por los remos. 




Venecia no carece de encantos, pero a mí me pareció una ciudad triste. El palacio de los Duces es espléndido; pero resulta también triste, con sus enormes salones en los que se hace una verdadera ostentación de oro, de maderas, de los mármoles más preciosos y de los cuadros de los más célebres maestros. Hace ya muchos años que sus bóvedas sonoras han dejado de escuchar la voz de los gobernadores pronunciando sentencias de vida o de muerte en aquellas salas que atravesábamos... Han dejado de sufrir los desdichados prisioneros encerrados por los duces en los calabozos y en las mazmorras subterráneas...  

TERESITA CON SU PADRE Y CELINA EN VENECIA

Al visitar aquellas espantosas prisiones, me parecía estar viviendo en los tiempos de los mártires, ¡y me habría gustado poder quedarme allí para imitarlos...! Pero tuvimos que salir prontamente y pasar el puente de los suspiros, así llamado a causa de los suspiros de alivio que daban los condenados al verse libres del horror de los sótanos, a los que preferían la muerte...

Desde Venecia nos dirigimos a Padua, donde veneramos la lengua de san Antonio. Y de allí a Bolonia, donde vimos el cuerpo de santa Catalina, que conserva la huella del beso del Niño Jesús.  

SANTA CATALINA DE BOLONIA

Muchos son los detalles interesantes que podría dar sobre cada ciudad y sobre las mil peripecias de nuestro viaje, pero sería para nunca acabar, por lo que sólo voy a escribir los detalles más importantes.

Respiré al salir de Bolonia. Esa ciudad se me había hecho insoportable a causa de los estudiantes que la llenaban y que formaban un auténtico cerco a nuestro alrededor cuando teníamos la desgracia de salir a pie, y sobre todo a causa de la pequeña aventura que me sucedió con uno de ellos (1). 
Me alegré de emprender el camino hacia Loreto. 

No me extraña que la Santísima Virgen haya elegido este lugar para transportar a él su bendita casa (2). Allí la paz, la alegría y la pobreza reinan como soberanas. Todo es sencillo y primitivo. Las mujeres han conservado su vistoso traje italiano y no han adoptado, como en otras ciudades, la moda de París. En una palabra, ¡Loreto me encantó!

¿Y qué puedo decir de la santa casa...? Me emocionó profundamente encontrarme bajo el mismo techo que la Sagrada Familia, contemplar las paredes en las que Jesús posó sus ojos divinos, pisar la tierra que José regó con su sudor y donde María llevó en brazos a Jesús después de haberlo llevado en su seno virginal... Visité la salita donde el ángel se apareció a la Santísima Virgen... Metí mi rosario en la pequeña escudilla del Niño Jesús... ¡Qué recuerdos tan maravillosos...! 

INTERIOR DE LA CASA SANTA DE LORETO

Pero nuestra mayor alegría fue recibir al mismo Jesús en su casa y convertirnos en su templo vivo en el mismo lugar que él honró con su presencia.  Es costumbre en Italia conservar el Santísimo, en las iglesias, sólo en un altar, y solamente allí se puede recibir la sagrada comunión. Este altar se encuentra en la misma basílica donde está la Santa Casa, encerrada como un diamante precioso en un estuche de mármol blanco. Esto no nos gustó, pues queríamos recibir la comunión, no en el estuche, sino en el mismo diamante.

Papá, con su finura habitual, hizo como todo el mundo. Pero Celina y yo fuimos a buscar a un sacerdote que nos acompañaba por todas partes, y que en aquel preciso momento se disponía a celebrar la santa misa, por un privilegio especial, en la Santa Casa. Pidió dos hostias pequeñas, que puso en la patena con la hostia grande. Ya comprenderás, Madre querida, cuál sería nuestra ilusión al recibir las dos juntas la sagrada comunión en aquella casa bendita... Fue una alegría totalmente celestial que no se puede expresar en palabras. ¿Qué será entonces cuando recibamos la comunión en la morada celestial del rey de los cielos...? Allí ya no veremos que se nos acaba la alegría, ni existirá ya la tristeza de la partida, y para llevarnos un recuerdo no tendremos que rascar furtivamente las paredes santificadas por la presencia divina, pues su casa será la nuestra por toda la eternidad....

Dios no quiere darnos su casa de la tierra; se conforma con enseñárnosla para hacernos amar la pobreza y la vida escondida. La que nos reserva es su propio palacio de la gloria, donde ya no le veremos escondido bajo las apariencia de un niño o de una blanca hostia, ¡¡¡sino tal cual es en el esplendor de su gloria infinita...!!! 



NOTAS:

(1) Al bajar del tren, un estudiante se precipitó sobre ella, y la cogió en brazos diciéndole piropos. Ella se libró ágilmente de él, lanzándole una mirada furiosa. 

(2) Teresa, al igual que la mayor parte de los católicos de su tiempo, no pone en tela de juicio ni por un instante la leyenda de la casa de José y María transportada milagrosamente por los ángeles a Loreto.

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux