miércoles, 16 de enero de 2019

DIOS ES MUCHO MEJOR DE LO QUE PIENSAS, CARTA 191

A Leonia    J.M.J.T. 
Jesús + 12 de julio de 1896 


Querida Leonia: 
Habría respondido a tu preciosa carta el domingo pasado, si me la hubiesen dado; pero somos cinco, y ya sabes que yo soy la más pequeña (1)..., por lo que estoy expuesta a no ver las cartas sino mucho después que las demás, o incluso a no verlas en absoluto... Hasta el viernes no pude ver tu carta; por eso, querida hermanita, no me he retrasado por mi culpa... 

¡Si supieras lo feliz que me siento de verte con tan buenas disposiciones (2)... No me sorprende que el pensamiento de la muerte te resulte tan dulce, ya tú no estás apegada a nada en la tierra. 

Te aseguro que Dios es mucho mejor de lo que piensas. Él se conforma con una mirada, con un suspiro de amor... Y creo que la perfección es algo muy fácil de practicar, pues he comprendido que lo único que hay que hacer es ganar a Jesús por el corazón... Fíjate en un niñito que acaba de disgustar a su madre montando en cólera o desobedeciéndola: si se mete en un rincón con aire enfurruñado y grita por miedo a ser castigado, lo más seguro es que su mamá no le perdonará su falta; pero si va a tenderle sus bracitos sonriendo y diciéndole: «Dame un beso, no lo volveré a hacer», ¿no lo estrechará su madre tiernamente contra su corazón, y olvidará sus travesuras infantiles...? Sin embargo, ella sabe muy bien que su pequeño volverá a las andadas en la primera ocasión; pero no importa: si vuelve a ganarla otra vez por el corazón, nunca será castigado (3)... 

Ya en tiempos de la ley del temor, antes de la venida de Nuestro Señor, decía ya el profeta Isaías, hablando en nombre del Rey del cielo: «¿Podrá una madre olvidarse de su hijo...? Pues aunque ella se olvide de su hijo, yo no os olvidaré jamás». ¡Qué encantadora promesa! Y nosotros, que vivimos en la ley del amor, ¿no vamos a aprovecharnos de los amorosos anticipos que nos da nuestro Esposo...? ¡Cómo vamos a temer a quien se deja prender en uno de los cabellos que vuelan sobre nuestro cuello...!  


Sepamos, pues, hacer prisionero a este Dios que se hace mendigo de nuestro amor. Al decirnos que un solo cabello puede obrar este prodigio, nos está mostrando que los más pequeños actos, hechos por amor, cautivan su corazón... Si hubiera que hacer grandes cosas, ¡cuán dignos de lástima seríamos...! ¡Pero qué dichosas somos, ya que Jesús se deja prendar por las más pequeñas...! 

No son pequeños sacrificios lo que te falta, querida Leonia, ¿no está tu vida tejida de ellos...? Me alegro de verte ante semejante tesoro, y sobre todo de pensar que sabes aprovecharte de él, no sólo para ti, sino también para las almas... ¡Es tan hermoso ayudar a Jesús con nuestros pequeños sacrificios, ayudarle a salvar las almas que él rescató al precio de su sangre y que sólo esperan nuestra ayuda para no caer en el abismo...! 

Me parece que si nuestros sacrificios son cabellos que hechizan a Jesús, nuestras alegrías lo son también. Para ello, basta con no encerrarse en una felicidad egoísta, sino ofrecer a nuestro esposo las pequeñas alegrías que él siembra en el camino de la vida para cautivar nuestras almas y elevarlas hasta sí...  

LEONIA

Pensaba escribir hoy a nuestra tía, pero no tengo tiempo, lo haré el domingo que viene. Dile, por favor, cuánto la quiero, y a nuestro tío también. Me acuerdo también mucho de Juana y de Francis. 

Me pides noticias acerca de mi salud (4). Pues bien, querida hermanita, ya no toso absolutamente nada. ¿Estás contenta...? Pero eso no le impedirá a Dios tomarme cuando quiera. Como hago todo lo que puedo por ser un niño pequeñito, no tengo que hacer ningún preparativo. Jesús mismo deberá pagar todos los gastos del viaje y el precio de la entrada en el cielo... 

Adiós, hermanita querida. Creo que te quiero cada día más... 

Tu hermanita 

Teresa del Niño Jesús rel. carm. 

Sor Genoveva está muy contenta con tu carta; te contestará la próxima vez. Las cinco te mandamos un abrazo... 

NOTAS


1 Cf CA 2.9.4: «¡Así de importante en la familia!». 

2 Leonia escribía el 1 de julio: «¡Si supieras cuánto pienso siempre en ti y cuán dulce me es tu recuerdo! Me acerca a Dios, y comprendo tus deseos de ir pronto a verlo para perderte eternamente en Él. También yo lo deseo como tú, me gusta oír hablar de la muerte y no entiendo a la gente que ama esta vida de sufrimiento y de muerte continua. 

 «Tú, querida mía, estás lista para ir a ver a Dios, y seguro que serás bien recibida. Pero yo, ¡pobre de mí!, llegaré con las manos vacías. Sin embargo, tengo la temeridad de no tener miedo, ¿lo puedes entender? Es algo increíble, lo sé, y estoy de acuerdo, pero no puedo evitarlo» (LC 164). 

3 Cf Cta 258, que retoma y desarrolla esta comparación.  

4 Leonia le preguntaba: «¿Qué tal estás, hermanita querida? Sólo en este tema no me fío de ti, pues siempre me dices que estás bien, o que estás mejor, y yo no creo absolutamente nada de eso. Cuando me escribas, sobre todo, dime llanamente la verdad» (LC 164).  



Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas

sábado, 5 de enero de 2019

SANTA TERESITA CONSUELA A LA MADRE MARÍA DE GONZAGA CON UNA LEYENDA, CARTA 190

A la madre María de Gonzaga 
J.M.J.T. 
29 de junio de 1896 
Leyenda de un pequeño corderito (1). 

En una risueña y fértil pradera vivía feliz una pastora. Amaba a su rebaño con toda la ternura de su corazón, y las ovejas y los corderos querían también a su pastora (2)... 

Pero la felicidad perfecta no se encuentra en este valle de lágrimas. Un día, el hermoso cielo azul de la pradera se cubrió de nubes, y la pastora se puso triste; ya no encontraba alegría en cuidar a su rebaño y, ¿habrá que decirlo?, a su espíritu se asomó el pensamiento de alejarse de él para siempre (3)... Felizmente, amaba todavía a un corderito, muchas veces le tomaba entre sus brazos, le acariciaba y, como si el cordero fuese su igual, la pastora le confiaba sus penas y a veces lloraba con él... 
 

El pobrecito, al ver llorar a su pastora, se afligía y buscaba en vano en su corazoncito la forma de consolar a su pastora, a la que amaba más que a sí mismo.  

MADRE MARÍA DE GONZAGA

Una tarde, el corderito se durmió a los pies de su pastora, y entonces la pradera... las nubes... todo desapareció de su vista. Se encontró en una campiña infinitamente más amplia y más hermosa. En medio de un rebaño más blanco que la nieve divisó a un Pastor resplandeciente de gloria y de serena majestad... El pobre cordero no se atrevía a acercarse, pero el buen Pastor, el divino Pastor, vino hacia él, lo sentó en su regazo, lo beso como antes hacía su dulce pastora..., y le dijo: «Corderito, ¿por qué brillan las lágrimas en tus ojos? ¿Por qué tu pastora, a quien yo amo, vierte tantas lágrimas...? Habla, que yo quiero consolaros a los dos».  



«Si lloro -respondió el cordero-, es sólo porque veo llorar a mi pastora querida. Escucha, Pastor divino, el motivo de sus lágrimas. En otro tiempo ella se creía amada por su querido rebaño y habría dado su vida por hacerlo feliz; pero un día, por orden tuya, se vio obligada a ausentarse durante algunos años. A su vuelta, le pareció que ya no reconocía el mismo espíritu que ella tanto había amado en sus ovejas. 
Tú sabes, Señor, que tú mismo has dado al rebaño el poder y la libertad de elegir a su pastora. Pues bien, en vez de verse elegida por unanimidad como otras veces, sólo después de siete votaciones fue colocado en sus manos el cayado (4)... Tú, que antaño lloraste en nuestra tierra, ¿no comprendes cómo debe de sufrir el corazón de mi pastora querida...? 

(El buen Pastor sonrió, e inclinándose sobre el cordero:) «Sí, dijo, lo comprendo..., pero que se consuele tu pastora. Soy yo quien, no sólo ha permitido, sino quien ha querido la gran prueba que tanto la ha hecho sufrir». «¿Es posible, Jesús?, replicó el corderito. Yo pensaba que tú eras tan bueno, tan dulce... ¿No podías haber dado a otra el cayado, como lo deseaba mi Madre querida (5)? O si querías volverlo a poner a toda costa en sus manos, ¿por qué no haberlo hecho a la primera votación...?» «¿Que por qué, corderito? ¡Porque amo a tu pastora! Durante toda su vida la he guardado con celoso cuidado, y ella había sufrido ya mucho por mí en su alma y en su corazón; pero aún le faltaba esta prueba exquisita que acabo de enviarle después de habérsela preparado desde toda la eternidad». 

«Ya veo, Señor, que tú no sabes cuál es la pena mayor de mi pastora..., o que no quieres confiármela... También tú piensas que el espíritu primitivo de nuestro rebaño está desapareciendo..., ¿cómo no lo va a pensar mi pastora...? ¡Son tantas las pastoras que deploran esos mismos desastres en sus apriscos...!» 

«Es cierto, respondió Jesús, el espíritu del mundo se infiltra aun en medio de las más apartadas praderas, pero es fácil equivocarse en el discernimiento de las intenciones. Yo, que lo veo todo y que conozco hasta los pensamientos más secretos, te digo: el rebaño de tu pastora me es muy querido entre todos los demás, y no ha hecho más que servirme de instrumento para llevar a cabo mi obra de santificación en el alma de tu Madre querida». 

«Señor, yo te aseguro que mi pastora no comprende todo eso que me estás diciendo... ¿Y cómo lo va a comprender, si nadie juzga las cosas de esa forma en que tú me las acabas de mostrar...? Conozco ovejas que hacen sufrir mucho a mi pastora con sus razonamientos a ras de tierra (6)... Jesús, ¿por qué no comunicas a esas ovejas los secretos que me confías a mí? ¿Por qué no hablas tú al corazón de mi pastora...?» 

«Si le hablase, su prueba desaparecería, y su corazón se llenaría de una alegría tan grande, que nunca le habría parecido tan ligero el cayado... Pero no quiero quitarle su prueba, sólo quiero que comprenda la verdad y que reconozca que su cruz le viene del cielo y no de la tierra». 

«Señor, entonces háblale tú a mi pastora. ¿Cómo quieres que comprenda la verdad, si a su alrededor sólo escucha la mentira...?» 

«Corderito, ¿no eres tú el preferido de tu pastora...? Pues entonces repítele las palabras que he hablado a tu corazón». 

«Lo haré, Jesús. Pero preferiría que dieses ese encargo a una de las ovejas cuyos razonamientos están a ras de tierra... Yo soy tan pequeño..., es tan débil mi voz..., ¿cómo me va a creer mi pastora...?» 

«Tu pastora sabe bien que a mí me gusta esconder mis secretos a los sabios y a los entendidos y que se los revelo a los más pequeños, a los simples corderos, cuya lana blanca no se ha manchado con el polvo del camino... Ella te creerá, y si todavía corren lágrimas de sus ojos, esas lágrimas no tendrán ya la misma amargura y embellecerán su alma con el austero resplandor del sufrimiento amado y recibido con gratitud». 

«Te entiendo, Jesús. Pero hay todavía un misterio que quisiera penetrar. Dime, por favor, por qué has escogido precisamente a las ovejas queridas de mi pastora para probarla... Si hubieses escogido ovejas extrañas, la prueba hubiese sido más suave...» 

Entonces el buen Pastor, mostrando al cordero sus pies, sus manos y su corazón hermoseados con luminosas llagas, respondió: «Mira estas llagas, ¡son las que recibí en casa de los que me amaban...! Por eso son tan bellas y gloriosas, y su resplandor arrobará de alegría a los ángeles y a los santos por toda la eternidad...  


«Tu pastora se pregunta que ha hecho para alejar de sí a sus ovejas. ¿Y yo?, ¿qué le había hecho yo a mi pueblo? , ¿en qué lo había ofendido...(7)? 

«Tu pastora tiene, pues, que alegrarse de tomar parte en mis dolores... Si le quito los apoyos humanos, ¡es para llenar yo solo su amante corazón...! 

«Dichoso el que pone en mí su apoyo; es como si pusiera peldaños en su corazón para elevarse hasta el cielo (8). Fíjate bien, corderito..., no digo separarse por completo de las criaturas, despreciar su amor y sus atenciones, sino, al contrario, aceptarlas para darme gusto a mí, servirse de ellas como de otros tantos peldaños, porque alejarse de las criaturas no serviría más que para una cosa: para caminar y extraviarse por los senderos de la tierra... Para elevarse, es necesario posar el pie sobre los peldaños de las criaturas y no apegarse más que a mí... ¿Entiendes, corderito...?» 

«Así lo creo, Señor, pero sobre todo siento que tus palabras son la verdad, pues ponen paz y alegría en mi pobre corazón. ¡Y ojalá puedan penetrar suavemente en el gran corazón de mi pastora...! 

«Jesús, antes de volver a su lado, tengo que hacerte una súplica... No nos dejes languidecer mucho tiempo en la tierra del destierro, llámanos a los gozos de la pradera celestial donde conducirás eternamente a nuestro querido rebañito a través de senderos floreados.»  


«Querido corderito (respondió el buen Pastor), escucharé tu petición. Pronto, sí, pronto (9) tomaré a la pastora y a su cordero, y entonces bendeciréis por toda la eternidad el venturoso sufrimiento que os habrá merecido tan gran felicidad, ¡y yo mismo enjugaré todas las lágrimas de vuestros ojos...!» 


NOTAS

(1) Desde la laboriosa elección del 21 de marzo, la madre María de Gonzaga sufre por la actitud de algunas hermanas. Teresa recoge, a su pesar, las confidencias, las quejas y las lágrimas de su priora. Y sirviéndose de una parábola, intenta hacerle comprender «que su cruz le viene del cielo y no de la tierra». 

(2) Es fácil repartir los papeles: la pastora es María de Gonzaga; las ovejas, las hermanas profesas; los corderos, las jóvenes hermanas del noviciado; el corderito, Teresa.

(3) La madre María de Gonzaga había pensado, sin duda, en dimitir e irse a otro Carmelo. 

(4) Se trata, evidentemente, de los siete escrutinios que se necesitaron para que saliese por fin una mayoría suficiente de votos. 

(5) ¿Tal vez la madre María de Gonzaga había deseado la reelección de la madre Inés? 

(6) Ningún documento nos ha permitido identificar a las religiosas aquí aludidas. 

(7) Cita bíblica, recogida en los Improperios del Viernes Santo. 

(8) Esta sentencia estaba escrita en la pared, al pie de la escalera que Teresa subía a diario para ir a su celda.
 

(9) Cf Ms B 2rº: «Dime si Dios me dejará mucho tiempo en la tierra... ¿Vendrá pronto a buscarme?» (...) «Sí, pronto, pronto... Te lo prometo».
Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

 

CARTA DE TERESITA A UN MISIONERO, EL PADRE ROULLAND, CARTA 189

 Al P. Roulland    J.M.J.T. 
23 de junio de 1896 
Jesús + Carmelo de Lisieux 

Reverendo Padre: 
He pensado que le daría una alegría a nuestra Madre regalándole para el 21 de junio, que es su santo, un corporal y un purificador con una palia, para que ella tuviese el gusto de enviárselo a usted para el día 29 (1). A esta venerada Madre le debo la dicha íntima de estar unida a usted por los lazos apostólicos de la oración y la mortificación; por eso le pido, Reverendo Padre, que me ayude en el altar a pagar mi deuda de gratitud. 

 
PADRE ADOLPHE ROULLAND

Me siento muy indigna de estar especialmente asociada a uno de los misioneros de nuestro adorable Jesús; pero como la obediencia me confía esta dulce tarea, estoy segura de que mi celestial Esposo suplirá mis pobres méritos (sobre los que no me apoyo lo más mínimo) y de que escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su apostolado. Me sentiré verdaderamente feliz de trabajar con usted por la salvación de las almas. Para eso me hice carmelita: al no poder ser misionera por la acción, quise serlo por el amor y la penitencia como santa Teresa, mi seráfica Madre... Le ruego, Reverendo Padre, que pida para mí a Jesús, el día en que se digne bajar del cielo por vez primera al conjuro de su voz, que le pida que me abrase con el fuego de su amor para que luego pueda yo ayudarle a usted a encenderlo en los corazones. 

Hace tiempo que deseaba conocer a un apóstol que quisiese pronunciar mi nombre en el altar el día de su primera Misa... Deseaba prepararle yo misma los lienzos sagrados y la blanca hostia destinada a ocultar al Rey del Cielo... Ese Dios de bondad ha querido hacer realidad mi sueño y mostrarme una vez más cómo le gusta colmar los deseos de las almas que le aman sólo a él.  

TERESITA TAMBIÉN FUE SACRISTANA EN EL CARMELO

Si no temiese ser indiscreta, le pediría también, Reverendo Padre, que tuviese cada día en el altar un recuerdo para mí... Cuando el océano le separe de Francia, al mirar la palia que tan gustosamente he pintado, recuerde que en la montaña del Carmelo un alma ruega sin cesar al divino Prisionero del amor por el éxito de su gloriosa conquista. 

Desearía, Reverendo Padre, que nuestra unión apostólica sólo fuese conocida por Jesús (2), y pido una de sus primeras bendiciones para quien se sentirá feliz de llamarse eternamente 

Su indigna hermanita en Jesús-Hostia 

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind. 



NOTAS

(1) Fecha de la primera Misa del P. Roulland, ordenado el 28 de junio. 
 
(2) La madre María de Gonzaga había pedido a Teresa que guardase secreto respecto a esta correspondencia. Para la comunidad, el P. Roulland es «el misionero de nuestra Madre» (Cf Cta 221).  

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

 

PEQUEÑAS VIRTUDES (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A

A partir de la toma de hábito, yo había recibido ya abundantes luces sobre la perfección religiosa, especialmente respecto al voto de pobreza. Durante el postulantado, me gustaba tener cosas bonitas para mi uso y encontrar a mano todo lo que necesitaba. «Mi Director» soportaba aquello con paciencia, pues no es amigo de enseñárselo todo a las almas de una vez. Normalmente va dando sus luces poco a poco. 

Al principio de mi vida espiritual, hacia los 13 ó los 14 años, me preguntaba qué progresos tendría que hacer más adelante, pues creía que no podría comprender ya mejor la perfección. Pero no tardé en convencerme de que cuanto más adelanta uno en este camino, más lejos se ve del final. Por eso, ahora me resigno a verme siempre imperfecta, y encuentro en ello mi alegría...

Vuelvo a las enseñanzas de «mi Director». Una noche, después de Completas, busqué en vano nuestra lamparita en los estantes destinados a ese fin. Era tiempo de silencio riguroso, por lo que no podía reclamarla... Supuse que alguna hermana, creyendo coger su lámpara, había cogido la nuestra, que, por cierto, yo necesitaba mucho. En vez de disgustarme por verme privada de ella, me alegré mucho, pensando que la pobreza consiste en verse una privada, no sólo de las cosas superfluas, sino también de las indispensables. Y de esa manera, en medio de las tinieblas exteriores, fui iluminada interiormente...


En esa época me entró un verdadero amor a los objetos más feos e incómodos. Y así, sentí una gran alegría cuando me quitaron de la celda el precioso cantarillo que tenía y me dieron en su lugar un cántaro tosco y todo desportillado... 

Hacía también grandes esfuerzos por no disculparme, lo cual me resultaba muy difícil, sobre todo con nuestra maestra de novicias, a la que no quería ocultarle nada. 

He aquí mi primera victoria, que no fue grande, pero que me costó mucho. Se encontró roto un vasito colocado detrás de una ventana. Nuestra maestra, creyendo que había sido yo quien lo había tirado, me lo enseñó, diciendo que otra vez tuviera más cuidado. Sin decir nada, besé el suelo y prometí ser más cuidadosa en adelante.

Debido a mi poca virtud, estos actos de vencimiento me costaban mucho, y tenía que pensar que en el juicio final todo saldrá a la luz. Me hacía también esta reflexión: cuando uno cumple con su deber, sin excusarse nunca, nadie lo sabe; las imperfecciones, por el contrario, se dejan ver enseguida... 

Me aplicaba, sobre todo, a la práctica de las virtudes pequeñas, al no tener facilidad para practicar las grandes. Así, por ejemplo, me gustaba plegar las capas que dejaban olvidadas las hermanas y prestarles todos los pequeños servicios que podía.

También se me concedió el amor a la mortificación, que era tanto mayor cuanto que no me permitían hacer nada para satisfacerlo... La única mortificación que yo hacía en el mundo, que consistía en no apoyar la espalda cuando me sentaba, me la prohibieron, debido a la propensión que tenía a encorvarme. Claro, que si me hubiesen dado permiso para hacer muchas penitencias, seguramente ese entusiasmo no me habría durado mucho... Las únicas que podía hacer sin pedir permiso consistían en mortificar mi amor propio, lo cual me aprovechaba mucho más que las penitencias corporales (1)...

El refectorio, que fue mi oficio nada más tomar el hábito, me ofreció más de una ocasión para poner mi amor propio en su lugar, es decir, debajo de los pies... Es cierto que para mí era una gran alegría, Madre querida, estar en el mismo oficio que tú y poder ver de cerca tus virtudes. Pero esa misma cercanía era para mí motivo de sufrimiento. No me sentía libre, como antaño, para decírtelo todo. Teníamos que observar la regla, y no podía abrirte mi alma. En una palabra, ¡yo estaba ya en el Carmelo, y no en los Buissonnets bajo el techo paterno...!

Entretanto, la Santísima Virgen me ayudaba a preparar el vestido de mi alma; y en cuanto ese vestido estuvo terminado, los obstáculos desaparecieron solos. Monseñor me envió el permiso que había solicitado, la comunidad me aprobó, y se fijó la profesión para el 8 de septiembre...

Todo lo que acabo de escribir en pocas palabras requeriría muchas páginas de pormenores y detalles, pero esas páginas no se leerán nunca en la tierra. Pronto, Madre querida, te hablaré de todo ello en nuestra casa paterna, ¡en ese hermoso cielo hacia el que se elevan los suspiros de nuestros corazones...!

Mi traje de bodas estaba listo. Se hallaba recamado con las antiguas joyas que mi Prometido me había regalado; pero aún no era suficiente para su generosidad. Quería regalarme un nuevo diamante de innumerables destellos. 

Las antiguas joyas eran la tribulación de papá, con todas sus dolorosas circunstancias; el nuevo diamante fue una prueba, muy pequeña en apariencia, pero que me hizo sufrir mucho.

Desde hacía algún tiempo, a nuestro pobre papaíto, que estaba un poco mejor, lo sacaban a pasear en coche. Incluso se pensó en hacerle tomar el tren para venir a vernos. 

Y, naturalmente, Celina pensó enseguida que había que escoger para ese viaje el día de mi toma de velo. Para que no se canse, decía, no le haré asistir a toda la ceremonia; sólo al final iré a buscarle y le llevaré muy despacito hasta la reja para que Teresa reciba su bendición. 

¡Qué bien retratado estaba ahí el corazón de mi Celina...! ¡Qué gran verdad es que «al amor nada le parece imposible, porque para él todo es posible y permitido...!» La prudencia humana, por el contrario, tiembla a cada paso y no se atreve, por así decirlo, a posar el pie en el suelo.


Así, Dios, que quería probarme, se sirvió de ella como de un instrumento dócil en sus manos, y el día de mis bodas estuve realmente huérfana de padre en la tierra, pero pudiendo mirar con confianza al cielo y decir con toda verdad: «Padre nuestro, que estás en el cielo». 


NOTAS

(1) Parece que Teresa minimiza mucho sus mortificaciones . En el Carmelo, las monjas se deban disciplina tres veces por semana, en virtud de las Constituciones; y podían también, con un permiso personal, llevar un instrumento de penitencia otros tres días a la semana durante dos o tres horas.
 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

ENFERMEDAD DE PAPÁ (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A

Como acabo de decir, la jornada del 10 de enero fue el triunfo de mi rey. Yo la comparo a la entrada de Jesús en Jerusalén el Domingo de Ramos. Su gloria de un día, como la de nuestro divino Maestro, fue seguida de una pasión dolorosa, y esa pasión no fue sólo para él. Así como los dolores de Jesús atravesaron como una espada el corazón de su divina Madre, así también se desgarraron nuestros corazones ante los sufrimientos de aquel a quien más tiernamente amábamos en la tierra...  


LUIS MARTÍN, PADRE DE SANTA TERESITA


Recuerdo que en el mes de junio de 1888, cuando empezaron nuestras primeras angustias, yo decía: «Sufro mucho, pero creo que puedo soportar todavía mayores sufrimientos». No sospechaba entonces los que Dios me tenía reservados... No sabía que el 12 de febrero, un mes después de mi toma de hábito, nuestro padre querido bebería el más amargo, el más humillante de todos los cálices (1)...

¡¡¡No, ese día ya no dije que podía sufrir todavía más...!!! Las palabras no pueden expresar nuestras angustias; por eso, no intentaré describirlas. Algún día, en el cielo, nos gustará hablar de nuestras gloriosas tribulaciones, ¿no nos alegramos ya ahora de haberlas sufrido...? Sí, los tres años del martirio de papá me parecen los más preciosos, los más fructíferos de toda nuestra vida. No los cambiaría por todos los éxtasis y revelaciones de los santos. Mi corazón rebosa de gratitud al pensar en ese tesoro que debe de despertar una santa envidia en los ángeles de la corte celestial...

Mi deseo de sufrir se vio colmado. No obstante, mi amor al sufrimiento no decreció, por lo que pronto mi alma participó también en los sufrimientos de mi corazón. La sequedad se hizo mi pan de cada día. Mas aunque estaba privada de todo consuelo, era la más feliz de las criaturas, pues veía cumplidos todos mis deseos...

¡Madre mía querida, qué hermosa ha sido nuestra gran tribulación, ya que de todos nuestros corazones no brotaron más que suspiros de amor y de gratitud...! No era ya caminar por los senderos de la perfección: ¡volábamos las cinco! Las dos pobres desterraditas de Caen (2), aunque estaban en el mundo, no eran ya del mundo... ¡Y qué maravillas operó el dolor en el alma de mi Celina querida...! Todas las cartas que escribió en esas fechas están impregnadas de resignación y de amor... ¿Y quién será capaz de describir las conversaciones que teníamos juntas en el locutorio...? Las rejas del Carmelo, lejos de separarnos, unían todavía más estrechamente nuestras almas. Teníamos las dos los mismos pensamientos, los mismos deseos, el mismo amor a Jesús y a las almas... 

Cuando hablaban Celina y Teresa, ni una sola palabra de las cosas de la tierra se mezclaba nunca en sus conversaciones, que eran ya totalmente del cielo. Como tiempo atrás en el mirador, soñaban con las realidades eternas. Y para poder gozar cuanto antes de esa dicha sin fin, elegían aquí en la tierra por único lote «el sufrimiento y el desprecio». 

Así transcurrió el tiempo de mis esponsales..., ¡que se le hizo muy largo a la pobre Teresita! 

Al terminar mi año de noviciado, nuestra Madre me dijo que ni soñara en pedir la profesión, pues con toda seguridad el superior rechazaría mi petición. Tuve que esperar ocho meses más...

En un primer momento se me hizo muy difícil aceptar ese gran sacrificio; pero pronto se hizo la luz en mi alma. Estaba meditando, aquellos días, los «Fundamentos de la vida espiritual» del P. Surin. Un día, durante la oración, comprendí que mi deseo tan intenso de hacer la profesión iba mezclado con un gran amor propio. Si me había entregado a Jesús para agradarle y consolarle, no debía obligarle a hacer mi voluntad en lugar de la suya. 

Comprendí también que una prometida debería estar engalanada para el día de sus bodas, y que yo no había hecho nada para ello... Y entonces le dije a Jesús: «Dios mío, no te pido pronunciar los santos votos, esperaré todo el tiempo que quieras. Lo único que deseo es que mi unión contigo no se vea diferida por mi culpa. Por eso, voy a poner todo mi empeño en prepararme un hermoso vestido recamado de piedras preciosas. Cuando tú creas que ya está lo suficientemente rico y adornado, estoy segura de que ni todas las criaturas juntas podrán impedirte bajar hasta mí para unirme a ti para siempre, Amado mío...»  


 


NOTAS

(1) Tras una serie de alucinaciones que llegaron a tomar un aspecto inquietante para los que lo rodeaban, el señor Martin fue trasladado a una casa de salud de Caen. 

(2) Leonia y Celina se hallaban hospedadas cerca del Buen Salvador (desde el 19/2 hasta el 14/5/1889).

domingo, 30 de diciembre de 2018

TOMA DE HÁBITO (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A


Entretanto, había llegado la fecha de mi toma de hábito. Fui aprobada por el capítulo conventual. Pero ¿cómo pensar en una ceremonia solemne? Ya se hablaba de darme el santo hábito sin hacerme salir de la clausura (1), cuando se optó por esperar. 

Contra toda esperanza, nuestro padre querido se repuso de su segundo ataque, y Monseñor fijó la ceremonia para el día 10 de enero.

La espera había sido larga, pero, también, ¡qué hermosa fue la fiesta...! No faltó nada, nada, ni siquiera la nieve... 

 
No sé si te he hablado ya de mi amor a la nieve... Cuando aún era muy pequeña, me fascinaba su blancura. Uno de mis mayores deleites era pasearme bajo los copos de nieve. ¿De dónde me venía esta afición a la nieve...? Tal vez de que, siendo yo una florecita invernal, el primer ropaje con que mis ojos de niña vieron adornada a la naturaleza debió ser su manto blanco... 

Lo cierto es que siempre había deseado que, el día de mi toma de hábito, la naturaleza estuviese vestida de blanco como yo. La víspera de ese hermoso día, yo miraba tristemente el cielo plomizo, del que de vez en cuando se desprendía una lluvia fina; pero la temperatura era tan suave, que ya no esperaba que nevase. 
 

A la mañana siguiente, el cielo no había cambiado. Sin embargo, la fiesta resultó maravillosa, y la flor más bella, la más preciosa de todas, fue mi rey querido. 
Nunca había estado tan guapo y tan digno... Fue la admiración de todo el mundo. Aquel día fue su triunfo, su última fiesta aquí en la tierra. Había entregado todas sus hijas a Dios, pues cuando Celina le confió su vocación, él había llorado de alegría, y había ido a dar gracias a Quien «le hacía el honor de tomar para sí a todas sus hijas». 



Al final de la ceremonia, Monseñor entonó el Te Deum. Un sacerdote trató de advertirle que aquel cántico sólo se cantaba en las profesiones, pero ya estaba entonado, y el himno de acción de gracias se cantó hasta el final. 

¿No debía ser completa aquella fiesta, si en ella se resumían todas las demás...? Después de abrazar por última vez a mi rey querido, volví a entrar en la clausura. Lo primero que vi en el claustro fue a «mi Niño Jesús color rosa (2)» sonriéndome en medio de flores y de luces. Inmediatamente después mi mirada se posó sobre los copos de nieve... ¡El patio estaba blanco, como yo!  


NIÑO JESÚS DEL CARMELO DE LISIEUX


¡Qué delicadeza la de Jesús! En atención a los deseos de su prometida, le regalaba nieve... ¡Nieve! ¿Qué mortal, por poderoso que sea, puede hacer caer nieve del cielo para hechizar a su amada...? Tal vez la gente del mundo se hizo esta pregunta; lo cierto es que la nieve de mi toma de hábito les pareció un pequeño milagro y que toda la ciudad se extrañó. Les pareció rara mi afición por la nieve... ¡Tanto mejor! Eso hizo resaltar aún más la incomprensible condescendencia del Esposo de las vírgenes..., de ese Dios que siente un cariño especial por los lirios blancos como la NIEVE... 

Monseñor entró en clausura después de la ceremonia, y estuvo conmigo muy paternal. Creo que estaba orgulloso de que lo hubiera conseguido, y decía a todo el mundo que yo era «su hijita». Siempre que Su Excelencia volvió a visitarnos después de aquella hermosa fiesta, se mostró muy bueno conmigo. Me acuerdo muy especialmente de su visita con ocasión del centenario de N. P. san Juan de la Cruz. Me tomó la cabeza entre sus manos y me acarició de mil maneras. ¡Nunca me había visto tan honrada! En aquel momento Dios me hizo pensar en las caricias que un día él me prodigará delante de los ángeles y los santos, de las que me daba ya en este mundo una tenue imagen. Por eso, fue muy grande el consuelo que sentí...



NOTAS:

(1) La postulante salía de la clausura vestida de novia y asistía a la ceremonia exterior rodeada de su familia. 

(2) Una estatua del Niño Jesús pintada de color rosa, que Teresa fue la encargada de adornar hasta su muerte. 
Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux  

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

 

LA SANTA FAZ (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A

La florecita trasplantada a la montaña del Carmelo tenía que abrirse a la sombra de la cruz; las lágrimas y la sangre de Jesús fueron su rocío, y su Faz adorable velada por el llanto fue su sol...

Hasta entonces todavía no había yo sondeado la profundidad de los tesoros escondidos en la Santa Faz (1). Fuiste tú, Madre querida (2), quien me enseñó a conocerlos. Lo mismo que, hacía años, nos habías precedido a las demás en el Carmelo, así también fuiste tú la primera en penetrar los misterios de amor ocultos en el rostro de nuestro Esposo. Entonces tú me llamaste, y comprendí... 

 
LA SANTA FAZ

Comprendí en qué consistía la verdadera gloria. Aquel cuyo reino no es de este mundo me hizo ver que la verdadera sabiduría consiste en «querer ser ignorada y tenida en nada», en «cifrar la propia alegría en el desprecio de sí mismo» (3). 

Sí, yo quería que «mi rostro», como el de Jesús, «estuviera verdaderamente escondido, y que nadie en la tierra me reconociese». Tenía sed de sufrir y de ser olvidada...

¡Qué misericordioso es el camino por donde me ha llevado siempre Dios! Nunca me ha hecho desear algo que luego no me haya concedido. Por eso, su cáliz amargo siempre me ha parecido delicioso...

Pasadas las fiestas radiantes del mes de mayo -las fiestas de la profesión y de la toma de velo de nuestra querida María, la mayor de la familia, a quien la más pequeña tuvo la dicha de coronar el día de sus bodas-, tenía que visitarnos la tribulación... 

Ya el año anterior, en el mes de mayo, papá había sufrido un ataque de parálisis en las piernas, y la cosa nos preocupó mucho. Pero la fuerte constitución de mi querido rey hizo que se recuperara pronto, y nuestros temores desaparecieron. Sin embargo, durante el viaje a Roma, notamos más de una vez que se cansaba fácilmente y que no estaba tan alegre como de costumbre... 

TERESITA CON SU PADRE, LUIS MARTIN

Lo que yo observé, sobre todo, fueron los progresos que papá hacía en la perfección. A ejemplo de san Francisco de Sales, había llegado a dominar su impulsividad natural hasta tal punto, que parecía tener el temperamento más dulce del mundo... Las cosas de la tierra apenas parecían rozarle, y se sobreponía fácilmente a las contrariedades de la vida. 

En una palabra, Dios lo inundaba de consuelos. Durante sus visitas diarias al Santísimo, se le llenaban con frecuencia los ojos de lágrimas y su rostro reflejaba una dicha celestial... 

Cuando Leonia salió de la Visitación, no se disgustó ni se quejó a Dios porque no hubiera escuchado las oraciones que le había dirigido para obtener la vocación de su querida hija. Hasta fue a buscarla con cierta alegría... 

Y he aquí con qué fe aceptó papá la separación de su reinecita. Se la anunció en estos términos a sus amigos de Alençon: «Queridísimos amigos: ¡Teresa, mi reinecita, entró ayer en el Carmelo...! Sólo Dios puede exigir tal sacrificio... No me tengáis lástima, pues mi corazón rebosa de alegría.» 

Había llegado la hora de que un servidor tan fiel recibiera el premio de sus trabajos. Y era justo que su salario fuera parecido al que Dios dio al Rey del cielo, a su Hijo único... Papá acababa de hacer a Dios ofrenda de un altar (4), y él fue la víctima escogida para ser inmolada en él con el Cordero sin mancha.

Tú ya conoces, Madre querida, nuestras amarguras del mes de junio -y, sobre todo, las del día 24- del año 1888 (5). Esos recuerdos han quedado demasiado grabados en el fondo de nuestros corazones para que haga falta escribirlos... ¡Cuánto sufrimos, Madre querida...! ¡Y aquello no era más que el principio de nuestra tribulación...! 




NOTAS:

(1) Devoción muy cultivada en el seno de la familia Martin después de las revelaciones que hizo Nuestro Señor a sor María de San Pedro, del Carmelo de Tours, en el siglo XIX. Teresa profundizó la meditación sobre la misma de forma muy personal, con la ayuda de Isaías, principalmente durante la enfermedad de su padre. El día de su toma de hábito (10/1/1889), firma por primera vez: Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz (Cta 80).

(2) Paulina, Madre Inés de Jesús 


(3) Citas de la Imitación, I,2,3 y III,49,7. Cf Ms A 47rº. 

(4) Había pagado él solo el altar mayor de la catedral (unos 10.000 francos de oro). Más tarde perderá 50.000 francos en el préstamo de Panamá. El 18/6/1889, firmará un acta de renuncia a la administración de sus bienes, a instancias de su cuñado.


(5) El 23 de junio, fuga del señor Martin, que aparecerá en El Havre el día 27. 


Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

TERESA Y SUS SUPERIORAS (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A

De hecho, lo fue. Y también «mi director espiritual». No quiero decir con esto que mi alma estuviese cerrada a cal y canto para mis superioras. No, más bien siempre he procurado que fuese para ellas un libro abierto. Pero nuestra Madre estaba enferma con frecuencia y tenía poco tiempo para ocuparse de mí (1). Sé que me quería mucho y que hablaba muy bien de mí. Sin embargo, Dios permitió que, sin darse cuenta, fuese MUY DURA. No podía cruzarme con ella sin tener que besar el suelo (2). Y lo mismo ocurría en las escasas conferencias espirituales que tenía con ella... 
MADRE MARÍA GONZAGA

¡Qué gracia inestimable...! ¡Cómo actuaba Dios visiblemente a través de la que estaba en su lugar...! ¿Qué habría sido de mí si, como pensaba la gente del mundo, hubiese sido «el juguete» de la comunidad...? Quizás, en lugar de ver a Nuestro Señor en mis superioras, no me hubiera fijado más que en las personas; y entonces mi corazón, que había estado tan protegido en el mundo, se habría atado humanamente en el claustro... Gracias a Dios, no caí en esa trampa. Cierto, que yo quería mucho a nuestra Madre, pero con un afecto puro que me elevaba hacia el Esposo de mi alma...

Nuestra maestra de novicias era una verdadera santa, el tipo acabado de las primitivas carmelitas. Yo pasaba todo el día a su lado, pues era la que me enseñaba a trabajar.

Su bondad para conmigo no tenía límites, y, sin embargo, mi alma no lograba expansionarse con ella... Me suponía un gran esfuerzo hacer con ella la conferencia espiritual. Como no estaba acostumbrada a hablar de mi alma, no sabía cómo expresar lo que sucedía en mi interior. Una Madre ya mayor intuyó un día lo que me pasaba y me dijo, sonriendo, en la recreación: 
-«Hijita, me parece que tú no debes de tener gran cosa que decir a las superioras».

«¿Por qué dice eso, Madre...?» 

-«Porque tu alma es extremadamente sencilla ; y cuando seas perfecta, serás más sencilla todavía, pues cuanto uno más se acerca a Dios, más se simplifica». 

Aquella anciana Madre tenía razón. No obstante, la dificultad que yo tenía para abrir mi alma, aun cuando proviniese de mi sencillez, era un auténtico problema para mí. Lo reconozco hoy que, sin dejar de ser sencilla, expreso con gran facilidad lo que pienso.

He dicho que Jesús había sido «mi director espiritual». Cuando entré en el Carmelo, conocí al que podía haberlo sido. Pero apenas me había admitido entre el número de sus hijas, tuvo que partir para el exilio... Así que sólo lo conocí para perderle enseguida... Reducida a no recibir de él más que una carta al año, por doce que yo le escribía, pronto mi corazón se volvió hacia el Director de los directores, y él fue quien me instruyó en esa ciencia escondida a los sabios y a los prudentes, que él quiere revelar a los más pequeños...


NOTAS

(1) Es difícil evaluar con precisión las relaciones de Teresa con la madre María de Gonzaga, debido a las verdaderas requisitorias que contra ella dirigieron en los Procesos la madre Inés y varias religiosas más. Los textos de Teresa manifiestan una gran admiración, una cierta confianza, y una reserva ante los excesos de afecto; en definitiva, un juicio sumamente agudo, moderado por la caridad.

(2) Subrayado por tres veces. El estilo duro era propio de la época; en las circulares de otros Carmelos, uno se queda también asombrado de las «pruebas del noviciado», que casi se parecen a novatadas.
Besar el suelo era un gesto de humildad que se practicaba en varias comunidades.
 


Fuente: Historia de un alma, Santa Teresa de Lisieux

 

CONFESIÓN CON EL PADRE PICHÓN (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO, 1888/1890) MANUSCRITO A

Esto es tan verdad, que dos meses después de mi entrada, cuando vino el P. Pichon para la profesión de sor María del Sagrado Corazón, se quedó sorprendido al ver lo que Dios estaba obrando en mi alma, y me dijo que, la víspera, al verme hacer oración en el coro, mi fervor le pareció totalmente infantil y muy dulce mi camino.
 

Mi entrevista con el Padre fue para mí un consuelo muy grande, aunque velado por las lágrimas a causa de la dificultad que encontré para abrirle mi alma. 

TERESITA DE NOVICIA

Hice, no obstante, una confesión general, como nunca la había hecho. Al terminar, el Padre me dijo estas palabras, las más consoladoras que jamás hayan resonado en los oídos de mi alma: «En presencia de Dios, de la Santísima Virgen y de todos los santos, declaro que nunca has cometido ni un solo pecado mortal». Y luego añadió: Da gracias a Dios por todo lo que hace por ti, pues, si te abandonase, en vez de ser un pequeño ángel, serías un pequeño demonio.

¡No, no me costó nada creerlo! Sabía lo débil e imperfecta que era. Pero la gratitud embargaba mi alma. Tenía tanto miedo de haber empañado la vestidura de mi bautismo, que una garantía como aquélla, salida de la boca de un director espiritual como los quería nuestra Madre santa Teresa -es decir, que uniesen la ciencia y la virtud (1), me parecía como salida de la misma boca de Jesús... 

El Padre me dijo también estas palabras que se me grabaron dulcemente en el corazón: «Hija mía, que Nuestro Señor sea siempre tu superior y tu maestra de novicias». 



NOTAS

(1)  Camino de perfección, VI. [Así se dice en la edición francesa. La cita exacta es, más bien, Camino de perfección, 5,2. N. del T.] 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux
 

ENTRADA EN EL CARMELO (PRIMEROS AÑOS EN EL CARMELO ,1888/1890) MANUSCRITO A


TERESITA ENTRA AL CARMELO DE LISIEUX ACOMPAÑADA 
DESU FAMILIA

El lunes 9 de abril, día en que el Carmelo celebraba la fiesta de la Anunciación, trasladada a causa de la cuaresma, fue el día elegido para mi entrada.

La víspera, toda la familia se reunió en torno a la mesa, a la que yo iba a sentarme por última vez. ¡Ay, qué desgarradoras son estas reuniones íntimas...! Cuando una quisiera pasar inadvertida, te prodigan las caricias y las palabras más tiernas, y te hacen más duro el sacrificio de la separación...

Mi rey querido apenas hablaba, pero su mirada se posaba en mí con amor... Mi tía lloraba de vez en cuando, y mi tío me dispensaba mil atenciones de cariño. También Juana y María me colmaban de delicadezas, sobre todo María, que, llevándome aparte, me pidió perdón por todo lo que creía haberme hecho sufrir. Y finalmente, mi querida Leonia, que había vuelto de la Visitación hacía algunos meses, me colmaba como nadie de besos y caricias. 

Sólo de Celina no he dicho nada. Pero ya puedes imaginarte, Madre querida, cómo transcurrió la última noche en que dormimos juntas... 

En la mañana del gran día, tras echar una última mirada a los Buissonnets, nido cálido de mi niñez que ya no volvería a ver, partí del brazo de mi querido rey para subir a la montaña del Carmelo... 

Al igual que la víspera, toda la familia se reunió para escuchar la santa Misa y recibir la comunión. En cuanto Jesús bajó al corazón de mis parientes queridos, ya no escuché a mi alrededor más que sollozos. Yo fui la única que no lloró, pero sentí latir mi corazón con tanta fuerza, que, cuando vinieron a decirnos que nos acercáramos a la puerta claustral, me parecía imposible dar un solo paso. Me acerqué, sin embargo, pero preguntándome si no iría a morirme, a causa de los fuertes latidos de mi corazón... ¡Ah, qué momento aquél! Hay que pasar por él para entenderlo... 




Mi emoción no se tradujo al exterior. Después de abrazar a todos los miembros de mi familia querida, me puse de rodillas ante mi incomparable padre, pidiéndole su bendición. Para dármela, también él se puso de rodillas, y me bendijo llorando...  

¡El espectáculo de aquel anciano ofreciendo su hija al Señor, cuando aún estaba en la primavera de la vida, tuvo que hacer sonreír a los ángeles...!


Pocos instantes después, se cerraron tras de mí las puertas del arca santa (1) y recibí los abrazos de las hermanas queridas que me habían hecho de madres y a las que en adelante tomaría por modelo de mis actos... 

Por fin, mis deseos se veían cumplidos. Mi alma sentía una PAZ tan dulce y tan profunda, que no acierto a describirla. Y desde hace siete años y medio esta paz íntima me ha acompañado siempre, y no me ha abandonado ni siquiera en medio de las mayores tribulaciones.

Como a todas las postulantes, inmediatamente después de mi entrada, me llevaron al coro. Estaba en penumbra, porque estaba expuesto el Santísimo, y lo primero que atrajo mi mirada fueron los ojos de nuestra santa Madre Genoveva, que se clavaron en mí. Estuve un momento arrodillada a sus pies, dando gracias a Dios por el don que me concedía de conocer a una santa, y luego seguí a nuestra Madre María de Gonzaga a los diferentes lugares de la comunidad. Todo me parecía maravilloso. Me creía transportada a un desierto. Nuestra (2) celdita, sobre todo, me encantaba. 


Pero la alegría que sentía era una alegría serena. Ni el más ligero céfiro hacía ondular las tranquilas aguas sobre las que navegaba mi barquilla, ni una sola nube oscurecía mi cielo azul... Sí, me sentía plenamente compensada de todas mis pruebas... ¡Con qué alegría tan honda repetía estas palabras: «Estoy aquí, para siempre, para siempre...»! 

Aquella dicha no era efímera, no se desvanecería con las ilusiones de los primeros días. ¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar NINGUNA al entrar en el Carmelo. Encontré la vida religiosa tal como me la había imaginado. Ningún sacrificio me extrañó. Y sin embargo, tú sabes bien, Madre querida, que mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas... 

Sí, el sufrimiento me tendió los brazos, y yo me arrojé en ellos con amor... A los pies de Jesús Hostia, en el interrogatorio que precedió a mi profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: «He venido para salvar almas, y, sobre todo, para orar por los sacerdotes». 

Cuando se quiere alcanzar una meta, hay que poner los medios para ello. Jesús me hizo comprender que las almas quería dármelas por medio de la cruz; y mi anhelo de sufrir creció a medida que aumentaba el sufrimiento.

Durante cinco años, éste fue mi camino. Pero, al exterior, nada revelaba mi sufrimiento, tanto más doloroso cuanto que sólo yo lo conocía. ¡Qué sorpresas nos llevaremos al fin del mundo cuando leamos la historia de las almas...! ¡Y cuántas personas se quedarán asombradas al conocer el camino por el que fue conducida la mía...!  



NOTAS

(1) Ni la más mínima alusión a la amonestación que el Sr. Delatroëtte hizo a la comunidad, ante el señor Martin, mientras estaba abierta la puerta de la clausura: "Bien, Reverendas Madres, ¡pueden cantar un Te Deum! Como delegado del señor Obispo, les presento a esta niña de quince años, cuya entrada ustedes han querido. Espero que no defraude sus esperanzas; pero les recuerdo que, si no es así, sólo ustedes serán las responsables". Toda la comunidad se quedó helada ante estas palabras (Madre Inés, PA p. 141).

 (2)  Nuestra, porque todos los objetos se atribuyen sin distinción a toda la comunidad. 
Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

 

sábado, 29 de diciembre de 2018

PENSAMIENTOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ PARA SOR MARÍA DE LA TRINIDAD, CARTA 188

A sor María de la Trinidad   7 de mayo de 1896 

(En el anverso:) 
Padecer y ser despreciada por amor (1)

(En el reverso:) 
Pensamientos de nuestro Padre san Juan de la Cruz: 
Cuando la afición [a las criaturas] es puramente espiritual, creciendo ella, crece la de Dios, y cuanto más se acuerda de ella, tanto más se acuerda de Dios y le da gana de Dios, y creciendo en lo uno crece en lo otro. 
 


Tal es el que anda enamorado de Dios, que no pretende ganancia ni premio, sino sólo perderlo todo y a sí mismo en su voluntad por Dios. 

 

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición (2).  

SAN JUAN DE LA CRUZ, PINTADO POR CELINA

Recuerdo del 7 de mayo, del año de gracia de 1896 (3). Obsequiado a mi querida hermanita María de la Trinidad y de la Santa Faz. 


Sor Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. ind. 


 
NOTAS

1 Palabras de san Juan de la Cruz (cf Cta 81 [y Ms A n. 340]), con la adición de Teresa: «por amor». Los textos de esta carta 188 figuran en una estampa del Santo. 

2 Sentencias 129, 130 y 70, extraídas de las Maximes et Avis spirituels de notre Bienheureux Père Saint Jean de la Croix, uno de los pocos libros que Teresa tuvo al alcance de su mano. [En realidad, en los escritos del Santo, esos tres textos se encuentran: el primero, en Noche Oscura 1,4,7; el segundo, en Cántico Espiritual (B), 29,11; y el tercero, en Dichos de Luz y amor, 60. N. del T.] 

3 Toma de velo de sor María de la Trinidad.  


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.


A SOR MARÍA DE LA TRINIDAD POR SU PROFESIÓN, CARTA 187

A sor María de la Trinidad  30 de abril de 1896 
Querida hermanita: 
 

Quisiera tener flores inmortales para ofrecerte en recuerdo de este hermoso día (1), pero sólo en el cielo nunca se marchitarán las flores... Estas miosotis, al menos, te dirán que en el corazón de tu hermanita quedará siempre grabado el recuerdo del día en que Jesús te dio el beso de una unión que debe terminarse, o, mejor, consumarse en el cielo...  

FLORES DE MIOSOTIS

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel. carm. 

 
NOTAS Cta 187 

(1) La profesión de sor María de la Trinidad, el 30 de abril de 1896. Este billete fue colocado sobre el lecho de la joven profesa, que Teresa había cubierto de miosotis. «Me figuro ser Juana de Arco asistiendo a la coronación de Carlos VII», dirá Teresa de esta profesión (Circular de sor María de la Trinidad, p. 7). De hecho, la perseverancia de la joven carmelita fue, en gran medida, obra suya.


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

EN ÉL SEGUIRÉ SIENDO POR TODA LA ETERNIDAD, CARTA 186

 A Leonia   11 de abril de 1896 
J.M.J.T. 


Querida Leonia: 
Tu hermanita más pequeña no puede tampoco dejar de decirte cuánto te quiere y cómo se acuerda de ti, sobre todo en este día de tu santo. 

No tengo nada para regalarte, ni siquiera una estampa. Pero no, digo mal, te ofreceré mañana la divina Realidad, a Jesús-Hostia, TU ESPOSO y el mío...  



Querida hermanita, ¡qué hermoso es poder las cinco llamar a Jesús «nuestro Amado»! Pero ¿qué será cuando le veamos en el cielo y le sigamos a todas partes, cantando el mismo cántico, el que sólo a las vírgenes les está permitido repetir...? Entonces comprenderemos el valor del sufrimiento y de las pruebas, y repetiremos como Jesús: «Verdaderamente, era necesario que nos probase el sufrimiento para hacernos entrar en la gloria». 

Hermanita querida, no puedo decirte todos los profundos pensamientos referentes a ti que encierra mi corazón. Lo único que quiero repetirte es esto: «que te quiero mil veces más tiernamente de los que se quieren las hermanas normales y corrientes, ya que yo puedo amarte con el Corazón de nuestro Esposo celestial». 

 
 En él vivimos de la misma vida, y en él seguiré siendo por toda la eternidad 

Tu hermana más pequeña, 

Teresa del Niño Jesús rel. carm. ind.  

Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.

 

PUSO SU SEÑAL EN MI ROSTRO, CARTA 185

 A sor Genoveva (1)
24 de febrero-27 de marzo de 1896 


(Al recto, en góticas:) 
POSUIT SIGNUM IN FACIEM MEAM...! (2)

Santa Inés, v. m. 
(Al dorso:) 
Recuerdo del más hermoso de los días... Del día que encierra y confirma todas las gracias de que Jesús y María colmaron a su amada Celina...  



Por amor, Celina apretará en adelante contra su corazón las espinas del sufrimiento y del desprecio. Pero no tiene miedo, pues sabe por experiencia que María puede cambiar en leche la sangre que se escapa de las heridas producidas por el amor... 

Con la mano izquierda, Celina aprieta las espinas, pero con la derecha no cesa de abrazar a Jesús, el divino ramillete de mirra que descansa sobre su corazón.

CELINA DELANTE CON VELO BLANCO, 
DETRAS SUS HERMANAS MARÍA, PAULINA Y TERESA,
Y DETRÁS DE TODAS, LA MADRE MARÍA GONZAGA
  
Sólo para él engendrará Celina almas, regará con sus lágrimas las semillas y Jesús estará siempre feliz de llevar manojos de lirios en sus manos... 

Los cuatro querubines, cuyas alas apenas rozaron la tierra (3), acuden y contemplan embelesados a su hermana querida; acercándose a ella, esperan participar de los méritos de sus sufrimientos, y, a cambio, proyectan sobre ella el resplandor inmaculado de la inocencia y de todos los dones que el Señor les prodigó gratuitamente. 

24 de febrero-17 de marzo de 1896. 

Teresa del Niño Jesús de la Santa Faz rel.carm.ind. 
 


NOTAS 

(1) Estampa-recuerdo para su profesión y su toma de velo. 

(2) «Puso su señal en mi rostro»: responsorio del Oficio de santa Inés, recogido por el Ceremonial para la imposición del velo. Cf PN 26,7. 

(3) Los hermanitos y hermanitas de que hablaba en la Cta 182.


Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.



 

LA ÚLTIMA LÁGRIMA, CARTA 184

 A sor Genoveva    24 febrero de 1896
J.M.J.T. 

 

A ti, hija mía querida, te ofrezco como regalo de bodas la última lágrima (1) que derramé en esta tierra de destierro. Llévala sobre tu corazón y recuerda que para una sor Genoveva de Santa Teresa el camino para llegar a la santidad es el sufrimiento. No te costará amar la cruz y las lágrimas de Jesús si piensas frecuentemente en estas palabras: «¡Él me amó y se entregó por mí!»

Madre Genoveva


NOTAS

1 En la tarde del 5 de diciembre de 1891, Teresa había recogido la «última lágrima» de la madre Genoveva (cf Ms A 78vº). Esta reliquia se la ofrece hoy a su hermana en nombre de la fundadora.
 

 Fuente: Obras completas, santa Teresa de Lisieux, cartas.