domingo, 27 de octubre de 2019

PRIMERA COMUNIÓN, EN EL COLEGIO (1883 - 1886) , MANUSCRITO A


La época de mi primera comunión ha quedado grabada en mi corazón como un recuerdo sin nubes. Creo que no podía estar mejor preparada de lo que lo estuve, y mis sufrimientos del alma desaparecieron durante casi un año. Jesús quería darme a gustar la alegría más plena posible en este valle de lágrimas...

¿Recuerdas, Madre querida, el precioso librito que me preparaste (1) tres meses antes de mi primera comunión...? Aquel librito me ayudó a preparar metódica y rápidamente mi corazón; pues si bien es cierto que ya lo venía preparando desde hacía mucho tiempo, era necesario darle un nuevo impulso, llenarlo de flores nuevas para que Jesús pudiese descansar a gusto en él... 

Todos los días hacía un gran número de prácticas, que eran otras tantas flores. Decía también un número todavía mayor de jaculatorias, que tú me habías escrito para cada día en el librito, y esos actos de amor eran los capullos de las flores...

Todas las semanas tú me escribías una linda cartita, que me llenaba el alma de pensamientos profundos y me ayudaba a practicar la virtud. Aquella carta era un consuelo para tu pobre hijita, que hacía un sacrificio tan grande al aceptar que no fueras tú quien la preparara cada tarde en tu regazo, como lo habías hecho con Celina....

María reemplazó a Paulina. Me sentaba en su regazo y allí escuchaba con avidez lo que me decía. Creo que todo su corazón, tan grande y tan generoso, se volcaba en el mío. Como los grandes guerreros enseñan a sus hijos el oficio de las armas, así me hablaba ella de las luchas de la vida y de la palma que se entregará a los vencedores... María me hablaba también de las riquezas inmortales que podemos atesorar fácilmente cada día, y de la desgracia que sería pasar junto a ellas sin querer tomarse la molestia de extender la mano para cogerlas. Luego me enseñaba la forma de ser santa por la fidelidad en las cosas más pequeñas. Me dio la hojita «El renunciamiento», que yo meditaba con auténtico placer...

¡Y qué elocuente que era mi querida madrina! Me hubiera gustado no ser yo la única que escuchase sus profundas enseñanzas. Me llegaban tan a lo hondo, que, en mi ingenuidad, pensaba que hasta los más grandes pecadores se habrían conmovido como yo, y que, abandonando sus riquezas perecederas, sólo querrían ganar ya las del cielo... 

Hasta entonces, nadie me había enseñado todavía la forma de hacer oración, a pesar de que tenía muchas ganas. Pero María pensaba que era ya bastante piadosa, y no me dejaba hacer más que mis oraciones. 
 

Un día, una de las profesoras de la Abadía me preguntó qué hacía los días libres cuando estaba sola. Yo le contesté que me metía en un espacio vacío que había detrás de mi cama y que podía cerrar fácilmente con la cortina, y que allí «pensaba». -¿Y en qué piensas?, me dijo. -Pienso, en Dios, en la vida..., en la ETERNIDAD, bueno, pienso (2)... 


La religiosa se rió mucho de mí. Más tarde, le gustaba recordarme aquel tiempo en que yo pensaba, y me preguntaba si todavía seguía pensando... Ahora comprendo que, sin saberlo, hacía oración y que ya Dios me instruía en lo secreto.

Los tres meses de preparación pasaron rápidamente, y pronto tuve que entrar en ejercicios, y para ello hacerme pensionista interna y dormir en la Abadía.

Me resulta imposible expresar el dulce recuerdo que me dejaron estos ejercicios. Verdaderamente, si había sufrido mucho en el internado, la dicha inefable de aquellos pocos días pasados a la espera de Jesús me compensó abundantemente... No creo que se puedan saborear estas alegrías en otra parte que en las comunidades religiosas.

Como éramos pocas niñas, era fácil ocuparse de cada una en particular, y nuestras profesoras nos prodigaron en esos días unos cuidados verdaderamente maternales. De mí se ocupaban aún más que de las otras. Todas las noches, la primera profesora venía con su linternita a darme un beso en la cama y me demostraba un gran cariño. Una noche, ganada por su bondad, le dije que iba a confiarle un secreto; y sacando misteriosamente mi precioso librito de debajo de la almohada, se lo enseñé con los ojos resplandecientes de alegría...

Por la mañana, me resultaba muy divertido ver a todas las alumnas levantarse apenas nos despertaban, y hacer lo que todas. Pero yo no estaba acostumbrada a arreglarme sola, y María no estaba allí para rizarme el pelo. Así que tenía ir tímidamente a presentar mi peine a la profesora encargada del cuarto de tocador, la cual se reía al ver a una jovencita de once años que no sabía arreglarse por sí sola; pero me peinaba, aunque no con la delicadeza de María; sin embargo, no me atrevía a chillar, como hacía todos los días bajo la delicada mano de mi madrina... 

Durante estos ejercicios pude comprobar que era una niña mimada y rodeada de cariño como pocas en el mundo, sobre todo entre las niñas huérfanas de madre... Todos los días, María y Leonia venían a verme con papá, que me colmaba de caricias. Así que no sufrí por estar lejos de la familia y no hubo nada que oscureciese el hermoso cielo de mis ejercicios.

Escuchaba con mucha atención las pláticas que nos daba el Sr. abate Domin (3), y hasta escribía un resumen de las mismas. En cuanto a mis propios pensamientos, no quise escribir ninguno, segura de que me acordaría bien de ellos, como así fue...

Me gustaba mucho ir con las religiosas a todos los oficios. Llamaba la atención entre mis compañeras por un gran crucifijo que me había regalado Leonia y que llevaba puesto en el cinturón como los misioneros. Aquel crucifijo despertaba la envidia de las religiosas, que pensaban que, al llevarlo, yo quería imitar a mi hermana la carmelita... 

¡Y sí, hacia ella volaban mis pensamientos! Yo sabía que mi Paulina estaba de ejercicios como yo (4), no para que Jesús se entregase a ella, sino para entregarse ella a Jesús (5), y aquella soledad, pasada en la espera, me resultaba por eso doblemente grata...

Recuerdo que una mañana me habían llevado a la enfermería porque tosía mucho (desde mi enfermedad, las profesoras se preocupaban mucho por mi salud: por un ligero dolor de cabeza, o si me veían más pálida que de costumbre, me mandaban ya a tomar el aire o a descansar en la enfermería). Vi entrar a mi Celina querida; había conseguido permiso para verme, a pesar de estar en ejercicios, para regalarme una estampa que me gustó mucho; era «La florecita del Divino Prisionero». ¡Cómo me gustó recibir este recuerdo de manos de Celina...! ¡Cuántos sentimientos de amor no me ha inspirado...!  

ESTAMPA DE LA FLORECITA DEL DIVINO PRISIONERO

La víspera del gran día recibí por segunda vez la absolución. La confesión general me dejó una gran paz en el alma, y Dios no permitió que viniera a turbarla ni la más ligera nube. 

Por la tarde pedí perdón a toda la familia, que fue a verme, pero sólo pude hablar el lenguaje de las lágrimas, pues estaba demasiado emocionada... Paulina no estaba allí, pero sabía que estaba muy cerca de mí con el corazón. Me había mandado con María un preciosa estampa, que no me cansaba de admirar y de hacer admirar a todo el mundo...

Había escrito al P. Pichon para encomendarme a sus oraciones, y diciéndole también que pronto sería carmelita y que entonces él sería mi director espiritual. (Y así ocurrió efectivamente cuatro años más tarde, pues en el Carmelo pude abrirle mi alma...). María me entregó una carta suya. ¡Realmente, era feliz...! Todas las alegrías me llegaban juntas. Lo que más me gustó de su carta fue esta frase: «¡Mañana celebraré el santo sacrifico por ti y por Paulina!» 

El 8 de mayo Paulina y Teresa quedaron más unidas que nunca, pues Jesús parecía fundirlas en una, inundándolas de sus gracias...  Finamente llegó el más hermoso de los días. ¡Qué inefables recuerdos han dejado en mi alma hasta los más pequeños detalles de esta jornada de cielo...! El gozoso despertar de la aurora, los besos respetuosos y tiernos de las profesoras y de las compañeras mayores... La gran sala repleta de copos de nieve, con los que nos iban vistiendo a las niñas una tras otra. Y sobre todo, la entrada en la capilla y el precioso canto matinal «¡Oh altar sagrado, que rodean los ángeles!»  


Pero no quiero entrar en detalles. Hay cosas que si se exponen al aire pierden su perfume, y hay sentimientos del alma que no pueden traducirse al lenguaje de la tierra sin que pierdan su sentido íntimo y celestial. Son como aquella «piedra blanca que se dará al vencedor, en la que hay escrito un nombre nuevo que sólo conoce el que la recibe». 

¡Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...! Fue un beso de amor. Me sentía amada, y decía a mi vez: «Te amo y me entrego a ti para siempre».  


No hubo preguntas, ni luchas, ni sacrificios. Desde hacía mucho tiempo, Jesús y la pobre Teresita se habían mirado y se habían comprendido... 
Aquel día no fue ya una mirada, sino una fusión. Ya no eran dos: Teresa había desaparecido como la gota de agua que se pierde en medio del océano. 
Sólo quedaba Jesús, él era el dueño, el rey. ¿No le había pedido Teresa que le quitara su libertad, pues su libertad le daba miedo? ¡Se sentía tan débil, tan frágil, que quería unirse para siempre a la Fuerza divina...!

Su alegría era demasiado grande y demasiado profunda para poder contenerla. Pronto la inundaron lágrimas deliciosas, con gran asombro de sus compañeras, que más tarde comentaban entre ellas: «-¿Por qué lloraba? ¿Habría algo que la atormentaba? -No, sería porque no tenía a su madre a su lado, o a su hermana la carmelita a la que tanto quiere». No comprendían que cuando toda la alegría del cielo baja a un corazón, este corazón desterrado no puede soportarlo sin deshacerse en lágrimas... 

No, el día de mi primera comunión, no me entristecía la ausencia de mamá: ¿no estaba el cielo dentro de mi alma, y no ocupaba en él un lugar mi mamá desde hacía mucho tiempo? Entonces, al recibir la visita de Jesús, recibía también la de mi madre querida, que me bendecía y se alegraba de mi felicidad... 

Y no lloraba tampoco la ausencia de Paulina. Qué duda cabe que me habría encantado verla a mi lado, pero hacía mucho tiempo que había aceptado ese sacrificio. Aquel día, sólo la alegría llenaba mi corazón; y yo me unía a mi Paulina, que se estaba entregando de manera irrevocable a Quien tan amorosamente se entregaba a mí... 

Por la tarde, fui yo la encargada de pronunciar el acto de consagración a la Santísima Virgen. Era justo que yo, que había sido privada tan joven de la madre de la tierra, hablase en nombre de mis compañeras a mi Madre del cielo. Puse toda mi alma al hablarle y al consagrarme a ella, como una niña que se arroja en los brazos de su Madre y le pide que vele por ella. Y creo que la Santísima Virgen debió de mirar a su florecita y sonreírle. ¿No la había curado ella con su sonrisa visible...? ¿No había ella depositado en el cáliz de su florecita a su Jesús, la Flor de los campos y el Lirio de los valles...? 

SANTA TERESITA DE NIÑA, CON LA VIRGEN

Al atardecer de aquel hermoso día, volví a encontrarme con mi familia de la tierra. Ya por la mañana, después de Misa, había abrazado a papá y a todos mis queridos parientes. Pero ahora fue la verdadera reunión. Papá, tomando de la mano a su reinecita, se dirigió al Carmelo... Allí vi a mi Paulina, convertida en esposa de Cristo. La vi con su velo, blanco como el mío, y con su corona de rosas... ¡Fue una alegría sin amarguras! ¡Esperaba reunirme pronto con ella, y esperar juntas el cielo!  


 No fui insensible a la fiesta de familia que tuvo lugar en aquel atardecer de mi primera comunión. El precioso reloj que me regaló mi rey me gustó muchísimo. Pero mi alegría era serena, y nada vino a turbar mi paz interior. 

María me acostó con ella la noche que siguió a aquel hermoso día, pues a los días más radiantes les sigue la oscuridad, y sólo el día de la primera, de la única, de la eterna comunión del cielo será un día sin ocaso...

El día siguiente a mi primera comunión fue también un día hermoso, pero estuvo teñido de melancolía. Ni el precioso vestido que María me había comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón. Sólo Jesus podía saciarme. Ansiaba el momento de poder recibirle por segunda vez.

Aproximadamente un mes después de mi primera comunión, fui a confesarme para la fiesta de la Ascensión, y me atreví a pedir permiso para comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo concedió, y tuve la dicha de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y María. ¡Qué dulce recuerdo he conservado de esta segunda visita de Jesús! De nuevo corrieron las lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin cesar estas palabras de san Pablo: «Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive en mí...!»

A partir de esta comunión, se fue haciendo cada vez mayor mi deseo de recibir al Señor. Obtuve permiso para comulgar en todas las fiestas importantes. La víspera de estos días dichosos, María me ponía al atardecer en su regazo y me preparaba como lo había hecho para mi primera comunión. Recuerdo que una vez me habló del sufrimiento, diciéndome que probablemente yo no transitaría por ese camino, sino que Dios me llevaría siempre como a una niña... 

Al día siguiente, después de comulgar, me volvieron a la memoria las palabras de María. Y sentí nacer en mi corazón un gran deseo de sufrir (6), y, al mismo tiempo, la íntima convicción que Jesús me tenía reservado un gran número de cruces. Y me sentí inundada de tan grandes consuelos, que los considero como una de las mayores gracias de mi vida. 

El sufrimiento se convirtió en mi sueño dorado. Tenía un hechizo que me fascinaba, aun sin acabar de conocerlo. Hasta entonces, había sufrido sin amar el sufrimiento; a partir de ese día, sentí por él un verdadero amor. 

Sentía también el deseo de no amar más que a Dios y de no hallar alegría fuera de él. Con frecuencia, durante las comuniones, le repetía estas palabras de la Imitación: «¡Oh, Jesús, dulzura infinita, cámbiame en amargura todos los consuelos de la tierra...!» Esta oración brotaba de mis labios sin esfuerzo y sin dificultad alguna. Me parecía repetirla, no por propia voluntad, sino como una niña que repite las palabras que le inspira un amigo...  Más adelante te diré, Madre querida, cómo tuvo a bien Jesús hacer realidad mi deseo y cómo sólo él fue siempre mi dulzura inefable. Si te hablase de ello ahora, tendría que anticipar el relato de mis años de juventud, y aún me quedan por contar muchos detalles de mi vida de niña. 




NOTAS: 

(1)  Era un método que proponía para cada día una serie de sacrificios y de breves oraciones, simbolizados en flores y perfumes. 

 (2) Y un recuerdo más antiguo de Celina: «Soñaba con la vida eremítica, y a veces se aislaba (...) detrás de las cortinas de su cama, para hablar con Dios. Tenía entonces siete u ocho años» 

(3)  Capellán de las benedictinas y confesor de Teresa en la Abadía. Esas primeras pláticas están sin duda en el origen de su terrible enfermedad de escrúpulos (cf 39rº). 

(4)  Para su profesión, que estaba prevista para el mismo día (8 de mayo).
 

(5)  Hermoso paralelismo entre la eucaristía y la profesión; pero después de su primera comunión, Teresa se entregará para siempre. 

(6) La reacción de Teresa es asombrosa: desea el sufrimiento, pide que se le cambien en amargura todos los consuelos de la tierra  En una palabra, a partir de ese día, lo elige todo 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux


ESTAMPAS Y LECTURAS, EN EL COLEGIO (1883 - 1886) , MANUSCRITO A

Me he olvidado también de algunos pequeños detalles de ni niñez de antes de tu entrada en el Carmelo. No te he hablado de mi amor a las estampas y a la lectura... Y, sin embargo, a las preciosas estampas que tú me dabas como premio debo una de las más dulces alegrías y de las más fuertes impresiones que me han incitado a la práctica de la virtud... Me pasaba las horas muertas mirándolas. Por ejemplo, la «florecita del divino Prisionero» era tan sugestiva, que me quedaba ensimismada mirándola. 

LA FLORECITA DEL DIVINO PRISIONERO, ESTAMPA

Al ver que el nombre de Paulina estaba escrito al pie de la florecita, me hubiera gustado que el de Teresa estuviera también allí, y me ofrecía a Jesús para ser su florecita... 

No sabía jugar, pero me gustaba mucho la lectura (1), y me hubiera pasado la vida leyendo. Afortunadamente tenía unos ángeles de la tierra que me elegían unos libros que, a la vez que me distraían, alimentaban mi espíritu y mi corazón. Además, no podía dedicar a la lectura más que un determinado tiempo, lo cual era para mí motivo de grandes sacrificios, pues muchas veces tenía que interrumpirla en lo más interesante de un pasaje... 

Esta afición a la lectura duró hasta mi entrada en el Carmelo. Me sería imposible decir el número de libros que pasaron por mis manos; pero nunca permitió Dios que leyera ni uno sólo que pudiera hacerme daño. Es cierto que, al leer ciertos relatos caballerescos, no siempre percibía en un primer momento la realidad de la vida; pero pronto Dios me daba a entender que la verdadera gloria es la que ha de durar para siempre y que para alcanzarla no es necesario hacer obras deslumbrantes, sino esconderse y practicar la virtud de manera que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha... 

Así, al leer los relatos de las hazañas patrióticas de las heroínas francesas, y en especial las de la venerable JUANA DE ARCO, me venían grandes deseos de imitarlas. Me parecía sentir en mi interior el mismo ardor que las había animado a ellas y la misma inspiración celestial. 

Por entonces recibí una gracia que siempre he considerado como una de las más grandes de mi vida, ya que en esa edad no recibía las luces de que ahora me veo inundada. Pensé que había nacido para la gloria, y, buscando la forma de alcanzarla, Dios me inspiró los sentimientos que acabo de escribir. Me hizo también comprender que mi gloria no brillaría ante los ojos de los mortales, sino que consistiría en ¡¡¡llegar a ser una gran santa...!!!
 

Este deseo podría parecer temerario, si se tiene en cuenta lo débil e imperfecta que yo era, y que aún soy después de siete años vividos en religión. No obstante, sigo teniendo la misma confianza audaz de llegar a ser una gran santa, pues no me apoyo en mis méritos -que no tengo ninguno-, sino en Aquel que es la Virtud y la Santidad mismas. Sólo él, contentándose con mis débiles esfuerzos, me elevará hasta él y, cubriéndome con sus méritos infinitos, me hará santa.  


Yo no pensaba entonces que para llegar a la santidad había que sufrir mucho. Dios no tardó en mostrármelo, enviándome las pruebas que he contado antes...

Ahora he de reanudar mi relato en el punto en que lo había dejado.

Tres meses después de mi curación, papá nos llevó de viaje a Alençon. Era la primera vez que volvía allí, y fue muy grande mi alegría al volver a ver los parajes en los que había transcurrido ni niñez, y sobre todo al poder rezar sobre la tumba de mamá y pedirle que me protegiera siempre... 

Dios me concedió la gracia de no conocer el mundo, a no ser justo para despreciarlo y alejarme de él. Podría decir que durante mi estancia en Alençon fue cuando hice mi presentación en sociedad. Todo era alegría y felicidad en torno a mí. Me veía festejada, mimada, admirada. En una palabra, durante quince días mi vida sólo se vio sembrada de flores... Y confieso que aquella vida tenía sus encantos para mí. La Sabiduría tiene mucha razón cuando dice: «El hechizo de las bagatelas del mundo seduce hasta a las mentes sin malicia». 
A los diez años, el corazón se deja fácilmente deslumbrar. Por eso considero como una gracia muy grande el no haberme quedado en Alençon. 
Los amigos que teníamos allí eran demasiado mundanos y compaginaban demasiado las alegrías de la tierra con el servicio de Dios. No pensaban lo bastante en la muerte, y sin embargo la muerte ha venido a visitar a un gran número de personas a las que yo conocí, ¡¡¡jóvenes, ricas y felices!!! Me gusta volver con el pensamiento a los lugares encantadores donde vivieron, preguntarme dónde están, qué les queda hoy de los castillos y los parques donde las vi disfrutar de las comodidades de la vida... Y veo que todo es vanidad y aflicción de espíritu bajo el sol..., y que el único bien que vale la pena es amar a Dios con todo el corazón y ser pobres de espíritu aquí en la tierra...  



Tal vez Jesús quiso mostrarme el mundo antes de hacerme la primera visita, para que eligiera más libremente el camino que iba a prometerle seguir. 



NOTAS:

(1)  Esta afición a la lectura la conservará siempre, pero se concentrará casi exclusivamente en la Sagrada Escritura, san Juan de la Cruz, la Imitación de Cristo (que aprenderá casi de memoria) y algunos autores espirituales, como Arminjon;


Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

CÓMO ME LLAMARÍA EN EL CARMELO, EN EL COLEGIO (1883 - 1886) , MANUSCRITO A



Al hablar de las visitas a las carmelitas, me viene a la memoria la primera, que tuvo lugar poco después de la entrada de Paulina. Me olvidé de hablar de ella más arriba, pero hay un detalle que no quiero omitir.
 
La mañana del día en que debía ir al locutorio, reflexionando sola en la cama (pues era allí donde hacía yo mis meditaciones más profundas y donde, a diferencia de la esposa del Cantar de los Cantares, encontraba yo siempre a mi Amado), me preguntaba cómo me llamaría en el Carmelo. 

Sabía que había ya en él una sor Teresa de Jesús; sin embargo, no podían quitarme mi bonito nombre de Teresa. De pronto, pensé en el Niño Jesús, a quien tanto quería, y me dije: «¡Cómo me gustaría llamarme Teresa del Niño Jesús!»  
En el locutorio no dije nada del sueño que había tenido completamente despierta. Pero al preguntar la madre María de Gonzaga a las hermanas qué nombre me pondrían, se le ocurrió darme el nombre que yo había soñado... Me alegré enormemente, y aquella feliz coincidencia de pensamientos me pareció una delicadeza de mi Amado, el Niño Jesús. 


 Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

viernes, 25 de octubre de 2019

TRES MESES DE ESPERA, EL VIAJE A ROMA (1887)



Mas antes de ver abrirse ante mí las puertas de la bendita prisión por la que suspiraba, tenía aún que luchar y que sufrir. Lo presentía al volver a Francia. Sin embargo, mi confianza era tan grande, que no perdí la esperanza de que me permitieran entrar en el Carmelo el 25 de diciembre...

 
Apenas llegamos a Lisieux, nuestra primera visita fue para el Carmelo. ¡Qué encuentro aquél...! ¡Teníamos tantas cosas que decirnos después de un mes de separación, mes que me pareció larguísimo y en el que aprendí más que en muchos años...!

¡Qué dulce fue para mí, Madre querida, volverte a ver y abrirte mi pobre alma herida! ¡A ti, que sabías comprenderme tan bien; a ti, a quien bastaba una palabra o una mirada para adivinarlo todo!

Me abandoné con entera confianza. Había hecho todo lo que dependía de mí, todo, hasta hablarle al Santo Padre; por lo que ya no sabía qué más tenía que hacer. Tú me dijiste que escribiese a Monseñor, recordándole su promesa. Lo hice enseguida lo mejor que supe, pero en unos términos que a nuestro tío le parecieron demasiado ingenuos. El rehízo la carta. Cuando yo iba a echarla al correo, recibí una tuya, diciéndome que no escribiese, que esperase unos días más. Obedecí enseguida, pues estaba segura de que ésa era la mejor forma de no equivocarme. 

Por fin, diez días antes de Navidad, ¡salió mi carta! Plenamente convencida de que la respuesta no se haría esperar, todas las mañanas iba a correos con papá después de misa, pensando encontrar allí el permiso para echarme a volar; pero cada mañana me traía una nueva decepción, que sin embargo no hacía vacilar mi fe...

Pedía a Jesús que rompiese mis ataduras. Y las rompió, pero de una forma totalmente diferente a como yo esperaba... Llegó la fiesta de Navidad, y Jesús no despertó... Dejó en el suelo a su pelotita, sin echarle siquiera una mirada...

  

Al ir a la Misa de Gallo llevaba roto el corazón. ¡Tenía tantas esperanzas de asistir a ella tras las rejas del Carmelo...! 

Esta prueba fue muy dura para mi fe. Pero Aquel cuyo corazón vela mientras él duerme me hizo comprender que él obra auténticos milagros y cambia la montañas de lugar en favor de quienes tienen una fe como un grano de mostaza, pero que con sus íntimos, con su Madre, él no hace milagros hasta haber probado su fe. ¿No dejó morir a Lázaro, a pesar de que Marta y María le habían hecho saber que estaba enfermo...? 
Y en las bodas de Caná, cuando la Virgen le pidió que ayudara a los anfitriones, ¿no le contestó que todavía no había llegado su hora...? Pero después de la prueba, ¡qué recompensa! ¡El agua se convierte en vino...! ¡Lázaro resucita...!

Así actuó Jesús con su Teresita: después de haberla probado durante mucho tiempo, colmó todos los deseos de su corazón...

Por la tarde de aquel radiante día de fiesta, que yo pasé llorando, fui a visitar a las carmelitas. Me llevé una gran sorpresa cuando, al abrir la reja, vi un precioso Niño Jesús que tenía en la mano una pelota en la que estaba escrito mi nombre. Las carmelitas, en lugar de Jesús, que era demasiado pequeño todavía para hablar, me cantaron una canción compuesta por mi Madre querida. Cada una de sus palabras derramaba en mi alma un dulce consuelo. Jamás olvidaré aquella delicadeza del corazón maternal que siempre me colmó de los más exquisitos detalles de ternura...

Después de dar las gracias derramando dulces lágrimas, les conté la sorpresa que me había dado mi querida Celina al volver de la Misa de Gallo. En mi habitación, en medio de una preciosa jofaina, había encontrado un barquito que llevaba al Niño Jesús dormido con una pelotita a su lado. En la blanca vela Celina había escrito estas palabras: «Duermo, pero mi corazón vela», y en el barco esta sola palabra: «¡Abandono!»

¡Ay!, sí, Jesús no hablaba todavía a su pequeña prometida, si sus ojos divinos seguían cerrados, por lo menos se revelaba a ella por medio de otras almas que comprendían todas las delicadezas y todo el amor de su corazón...

El primer día del año 1888, Jesús me hizo una vez más el regalo de su cruz. Pero esta vez la llevé yo sola, pues fue tanto más dolorosa cuanto menos la comprendía... Una carta de Paulina me comunicaba que la respuesta de Monseñor había llegado el 28, fiesta de los Santos Inocentes, pero que no me lo había hecho saber porque se había decidido que mi entrada no tuviera lugar hasta después de la cuaresma. Al pensar en una espera tan larga, no pude contener las lágrimas. 

Esta prueba tuvo para mí un carácter muy particular. Veía mis ataduras rotas por parte del mundo, pero ahora era el arca santa la que negaba la entrada a la pobre palomita... 

Convengo en que debí parecer poco razonable al no aceptar gozosa esos tres meses de destierro. Pero creo también que esta prueba, aunque no lo pareciese, fue muy grande y me ayudó a crecer mucho en el abandono y en las demás virtudes.

¿Cómo trascurrieron estos tres meses tan ricos en gracias para mi alma...?

Al principio me vino a la cabeza la idea de no molestarme en llevar una vida tan ordenada como solía. Pero pronto comprendí el valor de aquel tiempo que se me concedía, y decidí entregarme con más intensidad que nunca a una vida seria y mortificada.

Cuando digo mortificada, no es para hacer creer que hiciera penitencias, pues nunca las he hecho (1). Lejos de parecerme a esas almas grandes que desde la niñez practicaron toda serie de mortificaciones, yo no sentía por ellas el menor atractivo. Esto se debía, sin duda, a mi flojedad, pues hubiera podido encontrar, como Celina, mis pequeños recursos para mortificarme. En vez de eso, siempre me dejé mecer entre algodones y cebar como un pajarito que no necesita hacer penitencia... 

Mis mortificaciones consistían en doblegar mi voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar cualquier palabra de réplica; en prestar pequeños servicio sin hacerlos valer; en no apoyar la espalda cuando estaba sentada, etc., etc... 

Con la práctica de estas naderías me fui preparando para ser la prometida de Jesús, y no sabría decir cuan dulces recuerdos me ha dejado esta espera... 

Tres meses se pasan muy pronto, y por fin llegó el momento tan ardientemente deseado. 






NOTAS:

(1)  Teresa habla de las penitencias corporales, que sabemos que practicará en el Carmelo. 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux


OPOSICIÓN DEL SUPERIOR (DESPUÉS DE LA GRACIA DE NAVIDAD, 1886 -1887) MANUSCRITO A


Pocos días después de haber conseguido el consentimiento de mi tío, fui a verte, Madre querida, y te hablé de mi alegría por que todas mis pruebas hubiesen ya pasado. Pero ¡cuáles no fueron mi sorpresa y mi aflicción al oírte decir que el Superior (1) no permitía que entrara antes de los 21 años...!

Nadie había pensado en esta oposición, la más invencible de todas. Sin embargo, sin desanimarme, yo misma fui con papá y con Celina a ver a nuestro Padre, para intentar conmoverle haciéndole ver que tenía verdadera vocación de carmelita. 

Nos recibió con gran frialdad. Y por más que mi incomparable papaíto unió sus instancias a las mías, nada pudo hacerle cambiar de parecer. Me dijo que no había ningún peligro en esperar, que yo podía llevar vida de carmelita en mi casa, que no estaría todo perdido porque no me diera disciplina, etc... etc... Por último, añadió que él no era más que el delegado de Monseñor, y que si éste quería permitirme entrar en el Carmelo, él no tendría nada que decir... 

Salí de la rectoral hecha un mar de lágrimas; gracias a Dios, estaba escondida bajo el paraguas, pues la lluvia caía torrencialmente. 

Papá no sabía cómo consolarme... Me prometió llevarme a Bayeux en cuanto se lo pedí, pues estaba decidida a conseguir mi propósito. Llegué incluso a decir que iría hasta el Santo Padre, si Monseñor no quería permitirme entrar en el Carmelo a los 15 años... 

Muchas cosas pasaron antes del viaje a Bayeux. Exteriormente, mi vida parecía la misma. Seguía estudiando, Celina me daba clases de dibujo, y mi experta profesora encontraba en mí muchas cualidades para su arte. Sobre todo, crecía en el amor de Dios. Sentía en mi corazón unos ímpetus que hasta entonces no conocía. A veces tenía verdaderos trasportes de amor. Una noche, no sabiendo cómo decirle a Jesús que le amaba y cómo deseaba que fuese amado y glorificado en todas partes, pensé con dolor que él nunca podría recibir en el infierno un solo acto de amor; y entonces le dije a Dios que, por agradarle, aceptaría gustosa verme sumergida allí, a fin de que fuese amado eternamente en ese lugar de blasfemias... Yo sabía bien que eso no podía glorificarle, porque él sólo desea nuestra felicidad. Pero cuando se ama, una siente necesidad de decir mil locuras. 

Si hablaba de esa manera, no era porque el cielo no atrajera mis deseos, sino porque en aquel entonces mi único cielo era el amor, y sentía, como san Pablo, que nada podría apartarme del objeto divino que me había hechizado...

Antes de abandonar el mundo, Dios me concedió el consuelo de contemplar de cerca las almas de los niños . Al ser la más pequeña de la familia, nunca había tenido esta suerte. He aquí las tristes circunstancias que me la depararon. 


Una buena mujer, pariente de nuestra sirvienta, murió en la flor de la edad, dejando tres niños muy pequeños. Durante su enfermedad, trajimos a nuestra casa a las dos niñas pequeñas, la mayor de la cuales no tenía todavía seis años. Yo me encargaba de cuidarlas durante todo el día, y era para mí un auténtico placer ver con qué candor creían todo lo que les decía. Tiene que dejar el santo bautismo en las almas un germen muy profundo de las virtudes teologales, ya que aparecen ya desde la infancia, y basta la esperanza de los bienes futuros para hacerles aceptar los sacrificios.  


Cuando quería ver a mis dos niñas haciendo buenas migas entre ellas, en vez de prometer juguetes o bombones a la que cediese primero, les hablaba de las recompensas eternas que el Niño Jesús daría en el cielo a los niñitos buenos. La mayor, cuya razón empezaba ya a despertarse, me miraba con ojos resplandecientes de alegría, me hacía mil preguntas encantadoras sobre el Niño Jesús y su hermoso cielo, y me prometía entusiasmada ceder siempre ante su hermana. Y me decía que jamás en la vida olvidaría lo que la «gran señorita», como ella me llamaba, le había enseñado... 


Viendo de cerca a estas almas inocentes, comprendí la desgracia que supone el no formarlas bien desde su mismo despertar, cuando se asemejan a la cera blanda sobre la que se puede dejar grabada la huella de las virtudes, pero también la huella del mal... Comprendí lo que dice Jesús en el Evangelio: «Mejor sería ser arrojado al mar que escandalizar a uno solo de estos pequeños». 

¡Cuántas almas llegarían a la santidad si fuesen bien dirigidas...!

Sé muy bien que Dios no tiene necesidad de nadie para realizar su obra. Pero así como permite a un hábil jardinero cultivar plantas delicadas y le da para ello los conocimientos necesarios, reservándose para sí la misión de fecundarlas, de la misma manera quiere Jesús ser ayudado en su divino cultivo de las almas. 

¿Qué ocurriría si un jardinero desmañado no injertase bien los árboles? ¿Si no conociese bien la naturaleza de cada uno de ellos y se empeñase en hacer brotar rosas de un melocotonero...? Haría morir al árbol, que, sin embargo, era bueno y capaz de producir frutos.

De la misma manera hay que saber reconocer desde la infancia lo que Dios pide a las almas y secundar la acción de su gracia, sin acelerarla ni frenarla nunca.

Como los pajaritos aprender a cantar escuchando a sus padres, así los niños aprenden la ciencia de las virtudes, el canto sublime del amor de Dios, de las almas encargadas de formarles para la vida. 


 Recuerdo que entre mis pájaros tenía un canario que cantaba de maravilla. Tenía también un pardillo al que le prodigaba cuidados verdaderamente maternales porque lo había adoptado antes que pudiese gozar la dicha de la libertad. Este pobre prisionerito no tenía padres que le enseñasen a cantar, pero como oía de la mañana a la noche a su compañero el canario lanzar sus alegres trinos, quiso imitarlo... Empresa difícil para un pardillo, por lo que a su dulce voz le costó mucho acordarse a la voz vibrante de su profesor de música. Era asombroso ver los esfuerzos que hacía el pobrecito, pero al fin se vieron coronados por el éxito, pues su canto, aunque un poco más apagado, era absolutamente idéntico al del canario.

¡Madre mía querida! Tu fuiste quien me enseñó a mí a cantar... Tu voz me cautivó desde la infancia, y ahora ¡¡¡me encanta oír decir que me parezco a ti!!! Sé cuánto me falta para ello, pero, a pesar de mi debilidad, espero cantar eternamente el mismo cántico que tú...
Antes de mi entrada en el Carmelo, tuve también otras muchas experiencias sobre la vida y las miserias del mundo. Pero esos detalles me llevarían demasiado lejos. Voy a reanudar el relato de mi vocación.

 
NOTAS:

(1) (Padre Delatroëtte, superior del Carmelo)

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux

LA SONRISA DE LA VIRGEN, AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883) MANUSCRITO A



Sin embargo, tenía un sol cerca de ella. Ese sol era la estatua milagrosa de la Santísima Virgen, que le había hablado por dos veces a mamá (1), y la florecita volvía muchas, muchas veces su corola hacia aquel astro bendito...

Un día vi que papá entraba en la habitación de María, donde yo estaba acostada, y, dándole varias monedas de oro con expresión muy triste, le dijo que escribiera a París y encargase unas misas a Nuestra Señora de las Victorias para que le curase a su pobre hijita. ¡Cómo me emocionó ver la fe y el amor de mi querido rey!  Hubiera deseado poder decirle que estaba curada, ¡pero le había dado ya tantas alegrías falsas! No eran mis deseos los que podían hacer ese milagro, pues la verdad es que para curarme se necesitaba un milagro... 
 

Se necesitaba un milagro, y fue Nuestra Señora de las Victorias quien lo hizo. 

NUESTRA SEÑORA DE LAS VICTORIAS, PARÍS
 
 Un domingo (2) durante el novenario de misas, María salió al jardín, dejándome con Leonia, que estaba leyendo al lado de la ventana. 

Al cabo de unos minutos, me puse a llamar muy bajito: «Mamá... mamá». Leonia, acostumbrada a oírme llamar siempre así, no hizo caso. Aquello duró un largo rato. Entonces llamé más fuerte, y, por fin, volvió María. La vi perfectamente entrar, pero no podía decir que la reconociera, y seguí llamando, cada vez más fuerte: «Mamá...» Sufría mucho con aquella lucha violenta e inexplicable, y María sufría quizás todavía más que yo. Tras intentar inútilmente hacerme ver que estaba allí a mi lado, se puso de rodillas junto a mi cama con Leonia y Celina. Luego, volviéndose hacia la Santísima Virgen e invocándola con el fervor de una madre que pide la vida de su hija, María alcanzó lo que deseaba...

También la pobre Teresita, al no encontrar ninguna ayuda en la tierra, se había vuelto hacia su Madre del cielo, suplicándole con toda su alma que tuviese por fin piedad de ella... 
 

De repente, la Santísima Virgen me pareció hermosa, tan hermosa, que yo nunca había visto nada tan bello. Su rostro respiraba una bondad y una ternura inefables. Pero lo que me caló hasta el fondo del alma fue la «encantadora sonrisa de la Santísima Virgen». 

En aquel momento, todas mis penas se disiparon. Dos gruesas lágrimas brotaron de mis párpados y se deslizaron silenciosamente por mis mejillas, pero eran lágrimas de pura alegría... ¡La Santísima Virgen, pensé, me ha sonreído! ¡Qué feliz soy...! Sí, pero no se lo diré nunca a nadie, porque entonces desaparecería mi felicidad. 

Bajé los ojos sin esfuerzo y vi a María que me miraba con amor. Se la veía emocionada, y parecía sospechar la merced que la Santísima Virgen me había concedido... Precisamente a ella y a sus súplicas fervientes debía yo la gracia de las sonrisa de la Reina de los cielos. Al ver mi mirada fija en la Santísima Virgen, pensó: «¡Teresa está curada!» Sí, la florecita iba a renacer a la vida. El rayo luminoso que la había reanimado no iba ya a interrumpir sus favores. No actuó de golpe, sino que lentamente, suavemente fue levantando a su flor y la fortaleció de tal suerte, que cinco años más tarde abría sus pétalos en la montaña del Carmelo.

Como he dicho, María había adivinado que la Santísima Virgen me había concedido alguna gracia secreta. Así que, cuando me quedé a solas con ella, me preguntó qué había visto. No pude resistirme a sus tiernas e insistentes preguntas; y sorprendida de ver que mi secreto había sido descubierto sin que yo lo revelara, se lo confié enteramente a mi querida María... 

Pero, ¡ay!, como lo había imaginado, mi dicha iba a desaparecer y a convertirse en amargura... El recuerdo de aquella gracia inefable que había recibido fue para mí, durante cuatro años, un verdadero sufrimiento del alma. Sólo volvería en encontrar mi dicha a los pies de Nuestra Señora de las Victorias, y entonces la recibí en toda su plenitud... Más adelante volveré a hablar de esta segunda gracia de la Santísima Virgen. Ahora quiero contarte, Madre mía, cómo mi dicha se convirtió en tristeza. 


 María, después de escuchar el ingenuo y sincero relato de «mi gracia», me pidió permiso para contarlo en el Carmelo, y no podía decirle que no....

En mi primera visita a ese Carmelo querido me sentí inundada de gozo al ver a mi Paulina vestida con el hábito de la Virgen.  Fue un momento muy dulce para las dos... Teníamos tantas cosas que decirnos, que a mí no me salía nada, me ahogaba de emoción...

La madre María de Gonzaga también estaba allí y me daba mil muestras de cariño. Vi también a otras hermanas, y delante de ellas me preguntaron por la gracia que había recibido, y [María] me preguntó si la Santísima Virgen llevaba al Niño Jesús, y si había mucha luz, etc. 

Todas estas preguntas me turbaron y me hicieron sufrir. Yo no podía decir más que una cosa: «La Santísima Virgen me había parecido muy hermosa..., y la había visto sonreírme. Lo único que me había impresionado era su rostro. 

Por eso, al ver que las carmelitas se imaginaban otra cosa muy distinta (mis sufrimientos del alma respecto a mi enfermedad ya había comenzado), me imaginé que había mentido... 

Seguramente, si hubiera guardado mi secreto, habría conservado también mi felicidad. Pero la Santísima Virgen permitió este tormento para bien de mi alma. Sin él, tal vez hubiera tenido algún pensamiento de vanidad, mientras que, tocándome en suerte la humillación, no podía mirarme a mí misma sin un sentimiento de profundo horror... 

¡Sólo en el cielo podré decir cuánto sufrí...!





NOTAS:

(1) Una sola vez, después de la muerte de la pequeña Elena, según una nota de la madre Inés. 

(2)  El día de Pentecostés, 13/5/1883; Teresa llevaba cuarenta y nueve días enferma. 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux


 

EXTRAÑA ENFERMEDAD, AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883) MANUSCRITO A


Es asombroso ver cómo se desarrolló mi espíritu en medio del sufrimiento. Se desarrolló de tal manera, que no tardé en caer enferma.

La enfermedad que me aquejó provenía, ciertamente, del demonio. Furioso por tu entrada en el Carmelo, quiso vengarse en mí del daño que nuestra familia iba a causarle en el futuro. Pero lo que él no sabía era que la amorosa Reina del cielo velaba por su frágil florecilla, que ella le sonreía desde lo alto de su trono y que se aprestaba a calmar la tempestad en el mismo momento en que su flor iba a quebrarse sin remedio... 

Hacia finales de año, me sobrevino un continuo dolor de cabeza, pero que se podía aguantar bien. Podía seguir estudiando, y nadie se preocupó por mí. Esto duró hasta el día de Pascua de 1883.

Papá había ido a París con María y Leonia, y nuestra tía nos llevó a su casa a Celina y a mí. Una tarde, nuestro tío me llevó con él y empezó a hablarme de mamá y de recuerdos pasados con tal bondad, que me emocionó profundamente y me hizo llorar. Entonces me dijo que era demasiado sensible y que necesitaba mucho distraerme, y que mi tía y él habían decidido tratar de hacérnoslo pasar bien durante las vacaciones de Pascua. Esa tarde teníamos que ir al Círculo Católico; pero viendo que estaba demasiado cansada, mi tía me hizo acostar. Al desnudarme, me entró un extraño temblor. Creyendo que tenía frío, mi tía me envolvió entre mantas y me puso botellas calientes, pero nada pudo reducir mi agitación, que duró casi toda la noche. 
Al volver mi tío del Círculo Católico con mis primas y Celina, se quedo muy sorprendido al encontrarme en aquel estado, que juzgó muy grave, pero no quiso decirlo por no asustar a mi tía. Al día siguiente, fue a buscar al doctor Notta (1), el cual coincidió con mi tío en que tenía una enfermedad muy grave, que nunca había padecido una niña tan joven como yo. 

Todos estaban consternados. Mi tía tuvo que dejarme en su casa y me cuidó con una solicitud verdaderamente maternal. 

Cuando papá volvió de París con mis hermanas mayores, Amada (2) los recibió con una cara tan triste, que María creyó que me había muerto... Pero esta enfermedad no era de muerte, sino, como la de Lázaro, para que Dios fuera glorificado...

Y así lo fue, en efecto, por la admirable resignación de mi pobre papaíto, que creyó que «su hijita se iba a volver loca o que se iba a morir». 

¡Lo fue también por la de María...! ¡Cuánto sufrió por causa mía...! ¡Y qué agradecida le estoy por los cuidados que tan desinteresadamente me prodigó...! Su corazón le dictaba lo que yo necesitaba, y, verdaderamente, un corazón de madre es mucho más sabio que el de un médico y sabe adivinar lo que conviene para la enfermedad de su hijo... 

La pobre María tuvo que venir a instalarse en casa de mi tío, pues era imposible trasladarme por entonces a los Buissonnets. 

Entretanto, se acercaba la toma de hábito de Paulina. Delante de mí evitaban hablar de ello, pues sabían la pena que sentía por no poder ir; pero yo hablaba de ello con frecuencia, diciendo que para entonces ya estaría lo bastante bien para ir a ver a mi Paulina querida.

Y en efecto, Dios no quiso negarme ese consuelo, o, mejor, quiso consolar a su querida prometida, que tanto había sufrido con la enfermedad de su hijita... He observado que Jesús no quiere probar a su hijas en el día de sus esponsales, esta fiesta debe ser una fiesta sin nubes, un anticipo de las alegrías del paraíso. ¿No lo ha demostrado ya cinco veces (3)...? 

Pude, pues, abrazar a mi Madre querida, sentarme en su regazo y colmarla de caricias... Pude contemplarla radiante con su blanco vestido de desposada... ¡Sí, fue un hermoso día, en medio de mi oscura prueba! Pero aquel día pasó veloz... Pronto hube de subir al coche que me llevó muy lejos de Paulina..., muy lejos de mi Carmelo querido.

Al llegar a los Buissonnets, me hicieron acostar a mi pesar, pues aseguraba que estaba totalmente curada y que ya no necesitaba más cuidados. ¡Pero, ay, sólo estaba todavía en los comienzos de mi prueba...! Al día siguiente, volví a estar igual que antes, y la enfermedad se agravó tanto, que, según los cálculos humanos, no tenía remedio... No sé cómo describir una enfermedad tan extraña. Hoy estoy convencida de que fue obra del demonio (4), pero durante mucho tiempo después de mi curación creí que había fingido estar enferma, y eso fue para mi alma un verdadero martirio. 

Se lo dije así a María, que me tranquilizó lo mejor que pudo con su bondad habitual. Lo dije en la confesión, y también mi confesor intentó tranquilizarme, diciéndome que no era posible que hubiese simulado estar enferma hasta el punto que yo lo había estado. Dios, que, sin duda, quería purificarme, y sobre todo humillarme, me dejó en este martirio íntimo hasta mi entrada en el Carmelo, donde el Padre de nuestras almas (5) barrió como con la mano todas mis dudas, y desde entonces quedé totalmente tranquila.

No es extraño que temiese haber fingido estar enferma sin estarlo de verdad, pues decía y hacía cosas que no pensaba. Parecía estar en un continuo delirio, diciendo palabras que no tenían sentido, y sin embargo estoy segura de que no perdí ni un solo instante el uso de la razón... Con frecuencia me quedaba como desmayada, sin hacer el menor movimiento; en esos momentos, me habría dejado hacer todo lo que hubieran querido, incluso matarme; sin embargo, oía todo lo que se decía a mi alrededor, y todavía me acuerdo de todo. En una ocasión me aconteció estar mucho tiempo sin poder abrir los ojos, y abrirlos un instante al encontrarme sola...

Pienso que el demonio había recibido un poder exterior sobre mí, pero que no podía acercarse a mi alma ni a mi espíritu, a no ser para inspirarme grandísimos terrores a ciertas cosas, por ejemplo a las medicinas sencillísimas que intentaban en vano hacerme tomar..

Pero si Dios permitía al demonio acercarse a mí, me enviaba también ángeles visibles...

María no se separaba de mi cama, cuidándome y consolándome con la ternura de una madre. Nunca me demostró el más ligero enfado, y eso que yo le daba mucho trabajo, pues no soportaba que se alejase de mi lado. Sin embargo, tenía necesariamente que ir a comer con papá, pero yo no cesaba de llamarla durante todo el tiempo que no estaba. Victoria, que se quedaba a mi cuidado, a veces no tenía más remedio que ir a buscar a mi querida «mamá», como yo la llamaba... Si María quería salir, tenía que ser para ir a Misa o para ver a Paulina; sólo entonces yo no decía nada...

Nuestros tíos eran también muy buenos conmigo. Mi querida tiíta venía todos los días a verme y me traía mil golosinas.  

TÍOS DE TERESITA, SU TÍO ERA HERMANO DE SU MADRE

También fueron a visitarme otras personas amigas de la familia; pero yo pedí a María que les dijese que no quería recibir visitas. No me gustaba «ver a la gente sentada alrededor de mi cama como ristras de cebollas y mirándome como a un bicho raro». La única visita que me gustaba era la de nuestros tíos. 

Me sería imposible decir cuánto creció mi cariño hacia ellos a partir de esta enfermedad. Comprendí como nunca que ellos no eran para nosotros unos parientes cualquiera. ¡Qué razón tenía nuestro papaíto cuando nos repetía tantas veces estas palabras que acabo de escribir! Más tarde él mismo supo por experiencia que no se había equivocado, y seguro que ahora proteje y bendice a quienes le prodigaron tan generosos cuidados... Yo todavía estoy en el destierro, y no sabiendo cómo demostrarles mi gratitud, sólo tengo una manera de aligerar mi corazón: ¡rezar por estos familiares tan queridos que fueron y que siguen siendo tan buenos conmigo!

También Leonia era muy buena conmigo, y hacía todo lo posible por distraerme. Yo, a veces, la hacía sufrir, pues se daba perfectamente cuenta de que María era insustituible a mi lado...

¿Y mi Celina querida? ¿Qué no hizo por su Teresa...? Los domingos, en vez de salir de paseo, venía a encerrarse horas enteras con una pobre niña que parecía idiota. Verdaderamente, se necesitaba mucho amor para no huir de mí... ¡Hermanitas queridas, cuánto os hice sufrir...! Nadie os hizo sufrir tanto como yo, y nadie recibió nunca tanto amor como el que vosotras me prodigasteis... Gracias a Dios, tendré el cielo para resarcirme. Mi Esposo es enormemente rico, y yo meteré la mano en sus tesoros de amor para poder devolveros centuplicado todo lo que sufristeis por causa mía...

Mi mayor consuelo mientras estuve enferma era recibir carta de Paulina. La leía y la releía hasta sabérmela de memoria... Un día, Madre querida, me mandaste un reloj de arena y una de mis muñecas vestida de carmelita. Es imposible decir la alegría que sentí... A mi tío no le gustó. Decía que, en vez de hacerme pensar en el Carmelo, habría que alejarlo de mi mente. Yo, por el contrario, pensaba que la esperanza de ser un día carmelita era lo único que me hacía vivir...




Me encantaba trabajar para Paulina. Le hacía pequeños trabajos en cartulina, y mi ocupación preferida era hacer coronas de margaritas y de miosotis para la Santísima Virgen. Estábamos en el mes de mayo. Toda la naturaleza se vestía de flores y respiraba alegría. Sólo la «florecita» languidecía y parecía marchita para siempre... 




NOTAS: 

(1)  Este médico, al que consultó la señora de Martin durante su enfermedad, atendió al señor Martin desde 1887 hasta 1889; al parecer, no entendió nada de la enfermedad de Teresa. 

(2)  Amada Roger, cocinera de la familia Guérin. 

(3)  Las tomas de hábito de las cinco hermanas Martin (incluida Leonia).

(4)  Esta era la opinión de los Guérin, como lo declaró Juana de La Néele.Según el Dr. Gayral, se trataba de una neurosis tras seis meses de angustia: «Al vivir en la impresión de que su segunda mamá la había abandonado, cayó en una conducta de regresión a la infancia para hacerse mimar como un bebé» (revista Carmel, 1959)

 (5)  El P. Almiro Pichon, jesuita. 


Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux
 


jueves, 24 de octubre de 2019

PAULINA EN EL CARMELO, AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883) MANUSCRITO A

He vuelto un poco atrás para evocar este delicioso y dulce recuerdo. Ahora quiero hablarte de la dolorosa prueba que vino a destrozar el corazón de Teresita cuando Jesús le arrebató a su querida mamá, a su Paulina ¡a la que tan tiernamente quería...! 

PAULINA

Un día, yo había dicho a Paulina que me gustaría ser solitaria, irme con ella a un desierto lejano. Ella me contestó que ése era también su deseo y que esperaría a que yo fuese mayor para marcharnos. La verdad es que aquello no lo dijo en serio, pero Teresita sí lo había tomado en serio. Por eso, ¿cuál no sería su dolor al oír un día hablar a su querida Paulina con María de su próxima entrada en el Carmelo...? 

Yo no sabía lo qué era el Carmelo, pero comprendí que Paulina iba a dejarme para entrar en un convento, comprendí que no me esperaría y que iba a perder a mi segunda madre... ¿Cómo podré expresar la angustia de mi corazón...? En un instante comprendí lo que era la vida. Hasta entonces no me había parecido tan triste, pero entonces se me apareció en todo su realismo, y vi que no era más que un puro sufrimiento y una continua separación (1). Lloré lágrimas muy amargas, pues aún no comprendía la alegría del sacrificio. Era débil, tan débil, que considero una gracia muy grande el haber podido soportar una prueba como aquella, que parecía muy superior a mis fuerzas... Si me hubiese ido enterando poco a poco de la partida de mi Paulina querida, tal vez no hubiera sufrido tanto; pero al saberlo de repente, fue como si me hubieran clavado una espada en el corazón.

Siempre recordaré, Madre querida, con qué ternura me consolaste... Luego me explicaste la vida del Carmelo, que me pareció muy hermosa. Evocando en mi interior todo lo que me habías dicho, comprendí que el Carmelo era el desierto adonde Dios quería que yo fuese también a esconderme... Lo comprendí con tanta evidencia, que no quedó la menor duda en mi corazón. No era un sueño de niña que se deja entusiasmar fácilmente, sino la certeza de una llamada de Dios: quería ir al Carmelo, no por Paulina, sino sólo por Jesús... Pensé muchas cosas que las palabras no pueden traducir, pero que dejaron una gran paz en mi alma.

Al día siguiente, confié mi secreto a Paulina, quien, viendo en mis deseos la voluntad del cielo, me dijo que pronto iría con ella a ver a la madre priora del Carmelo y que tendríamos que decirle lo que Dios me hacía sentir... 

Se escogió un domingo para esta solemne visita, y mi apuro fue grande cuando supe que María G. (2) debería acompañarme, por ser yo aún demasiado pequeña para ver a las carmelitas (3). Sin embargo, yo tenía que encontrar la forma de quedarme a solas con la priora, y he aquí lo que se me ocurrió. Le dije a María que, ya que teníamos el privilegio de ver a la madre priora, debíamos ser muy amables y educadas con ella, y que por eso debíamos confiarle nuestros secretos; así que cada una tendría que salir un momento, y dejar a la otra a solas con la Madre. María creyó lo que le decía, y, a pesar de su repugnancia a confiar secretos que no tenía, nos quedamos a solas, una después de otra, con la madre María de Gonzaga.

Después de escuchar mis importantes confidencias, la Madre creyó en mi vocación, pero me dijo que no recibían postulantes de nueve años, y que tendría que esperar hasta los dieciséis... Yo me resigné, a pesar de mis vivos deseos de entrar cuanto antes y de hacer la primera comunión el día de la toma de hábito de Paulina...  Ese día me echaron piropos por segunda vez. Sor Teresa de San Agustín, que había bajado a verme, no se cansaba de llamarme guapa. Yo no pensaba venir al Carmelo para recibir alabanzas; así que, después de la visita, no cesaba de repetirle a Dios que yo quería ser carmelita sólo por él. 

Durante las pocas semanas que mi querida Paulina permaneció todavía en el mundo, procuré aprovecharme bien de ella. Todo los días, Celina y yo le comprábamos un pastel y bombones, pensando que ya pronto no volvería a comerlos. Estábamos continuamente a su lado, sin dejarle ni un minuto de descanso. 
 

Por fin, llegó el 2 de octubre, día de lágrimas y de bendiciones, en que Jesús cortó la primera de su flores, destinada a ser la madre de las que pocos años después irían a reunirse con ella. 



Aún me parece estar viendo el lugar donde recibí el último beso de Paulina. Luego, mi tía nos llevó a todas a Misa, mientras papá subía a la montaña del Carmelo para ofrecer su primer sacrificio... 

Toda la familia lloraba, de modo que, al vernos entrar en la iglesia, la gente nos miraba extrañada. A mí me daba igual, y no por eso dejé de llorar. Creo que, si el mundo entero se hubiera derrumbado a mi alrededor, no me habría dado cuenta. Miraba al hermoso cielo azul, y me maravillaba de que el sol pudiese seguir brillando con tanto resplandor mientras mi alma estaba inundada de tristeza...

Tal vez, Madre querida, te parezca que exagero la pena que sentí... Comprendo muy bien que no debiera haber sido tan grande, pues tenía la esperanza de volver a encontrarte en el Carmelo, pero mi alma estaba LEJOS de estar madura y tenía que pasar por muchos crisoles antes de alcanzar la meta que tanto deseaba...

El 2 de octubre era el día fijado para volver a la Abadía, y no tuve más remedio que ir, a pesar de mi tristeza... 

Por la tarde, nuestra tía vino a buscarnos para ir al Carmelo, y vi a mi Paulina querida detrás de las rejas... ¡Ay, cuánto he sufrido en ese locutorio del Carmelo...!  



Como estoy escribiendo la historia de mi alma, debo decírselo todo a mi Madre querida, y confieso que los sufrimientos que precedieron a su entrada no fueron nada en comparación con los que vinieron después...

Todos los jueves, íbamos en familia al Carmelo. Y yo, que estaba acostumbrada a hablar con Paulina de corazón a corazón, apenas si conseguía dos o tres minutos al final de la visita, que, por supuesto, me pasaba llorando, y luego me iba con el corazón desgarrado... No comprendía que si tú dirigías preferentemente la palabra a Juana y María, en vez de hablar con tus hijitas, era por delicadeza hacia nuestra tía... No lo comprendía, y pensaba en lo más hondo del corazón: «¡¡¡He perdido a Paulina!!!»  


NOTAS:

(1)  La separación es una de las obsesiones de Teresa, de la que nunca llegará a liberarse por completo (cf Ms A 9rº, 41rº, 43vº, 62rº, 68vº; Cta 21, 134, 167, entre otras). Sin embargo, en Ms C 9rº/vº puede verse el heroísmo con que habría aceptado el exilio de sus hermanas a Indochina. 

(2)  María Guérin, futura sor María de la Eucaristía. 
 
(3)  En aquella época sólo los familiares cercanos y las jóvenes podían ver a las carmelitas.  

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux
 

 
 

PRIMERA COMUNIÓN DE CELINA, AÑOS DOLOROSOS (1881 - 1883) MANUSCRITO A

Aún no he dicho nada de mi íntima relación con Celina. Si fuera a contarlo todo, nunca acabaría... 
 

En Lisieux se cambiaron los papeles: Celina se convirtió en un travieso diablillo y Teresa ya no era más que una niñita muy buena, pero excesivamente llorona... Eso no era obstáculo para que Celina y Teresa se quisiesen cada día más. A veces había entre ellas pequeñas discusiones, pero no era nada serio, y en el fondo estaban siempre de acuerdo. 

CELINA DE PEQUEÑA
 
Puedo decir que nunca mi querida hermanita me dio el menor disgusto, sino que fue para mí como un rayo de sol, una fuente continua de alegría y de consuelo... ¿Quién podrá decir con qué intrepidez me defendía en la Abadía cuando alguien me acusaba...? Se preocupaba tanto por mi salud, que a veces me cansaba. De lo que no me cansaba era de verla jugar. Ponía en fila a toda la tropa de nuestras muñecas y les daba clase como una maestra consumada; sólo que tenía mucho cuidado de que las suyas se portasen siempre bien, mientras que a las mías las echaba a menudo de clase por su mala conducta...

Me contaba todas las cosas nuevas que aprendía en clase, lo cual me divertía mucho, y la tenía por un pozo de ciencia.

Me había dado el título de «hijita de Celina», y así, cuando se enfadaba conmigo, su mejor muestra de que estaba enojada era decirme: «¡Ya no eres mi hijita, se acabó, me acordaré por toda la vida...!» Entonces yo no tenía más remedio que echarme a llorar como una Magdalena, suplicándole que me volviese a admitir como su hijita. Inmediatamente me besaba y me prometía que ya no se volvería a acordar de nada... Y para consolarme, cogía una de sus muñecas y le decía: «Cariño, besa a tu tía». Una vez, la muñeca tenía tanta prisa por besarme tiernamente, que me metió sus dos bracitos por la nariz... Celina, que no lo había hecho adrede, me miraba estupefacta, viendo a la muñeca colgándome de la nariz. La tía no tardó mucho en rechazar las efusiones demasiado tiernas de su sobrina, y se echó a reír con todas las ganas ante tan singular aventura. 

Lo más divertido era vernos comprar las dos a la vez, en la tienda, los aguinaldos. Nos escondíamos cuidadosamente la una de la otra. Con sólo 50 céntimos teníamos que comprar, por lo menos, cinco o seis objetos diferentes, y la cuestión era quién compraría las cosas más bonitas. Encantadas con nuestras compras, esperábamos con impaciencia el primer día del año para poder ofrecernos una a otra nuestros magníficos regalos. La primera que se despertaba se apresuraba a felicitarle a la otra el año nuevo. Luego nos entregábamos los aguinaldos y las dos nos quedábamos extasiadas ante los tesoros que la otra había conseguido con 50 céntimos... 

Esos regalitos nos causaban casi tanto placer como los ricos aguinaldos de mi tío. 
 
CELINA Y TERESA

Por lo demás, eso no era más que el principio de nuestras alegrías. Aquel día nos vestíamos a toda prisa y estábamos al acecho para saltar al cuello de papá. En cuanto salía de su habitación, toda la casa se llenaba de gritos de alegría y nuestro papaíto se mostraba feliz de vernos tan contentas...

Los aguinaldos que María y Paulina daban a sus hijitas no eran de gran valor, pero les causaban tambien una gran alegría... Y es que en esa edad aún no estábamos embotadas; nuestra alma, en toda su lozanía, se abría como una flor, feliz de recibir el rocío de la mañana... Un mismo soplo mecía nuestras corolas, y lo que hacía gozar o sufrir a una hacía gozar o sufrir a la vez a la otra. 

Sí, nuestras alegrías eran comunes. Lo comprobé muy bien el día de la primera comunión de mi querida Celina. Yo no iba aún a la Abadía, pues sólo tenía siete años; pero conservo en mi corazón el dulcísimo recuerdo de la preparación que tú, Madre querida, le hiciste hacer a Celina. Todas las tardes la sentabas en tu regazo y le hablabas del acto tan importante que iba a realizar. Yo escuchaba, ávida de prepararme también, pero muy frecuentemente me decías que me fuera porque era todavía demasiado pequeña. Entonces me ponía muy triste y pensaba que cuatro años no eran demasiados para prepararse a recibir a Dios...

Una tarde, te oí decir que a partir de la primera comunión había que empezar una nueva vida. En ese mismo momento decidí no esperar a ese día, sino comenzarla al mismo tiempo que Celina... 

Nunca supe cuánto la quería como durante su retiro de tres días. Era la primera vez en mi vida que estaba lejos de ella y que no me acostaba en su cama... El primer día me olvidé de que no iba a volver, y guardé un manojito de cerezas, que papá me había comprado, para comerlo con ella; cuando vi que no llegaba, sentí mucha pena. Papá me consoló diciéndome que al día siguiente me llevaría a la Abadía para ver a mi Celina y que podría darle otro manojo de cerezas...

El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión parecida a la de la mía. Al despertarme por la mañana, yo sola en aquella cama tan grande, me sentí inundada de alegría. «¡Es hoy...! Ha llegado el gran día...» No me cansaba de repetir estas palabras. Me parecía que era yo la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí grandes gracias, y lo considero como uno de los más hermosos de mi vida... 

Fuente: Historia de un alma, autobiografía de santa Teresa de Lisieux