«Pasaré mi Cielo haciendo el bien en la tierra»
Se conmemora [en 2010] el centenario de uno de los milagros más singulares de santa Teresa de Lisieux: el que en 1910 resolvió los graves problemas económicos del Carmelo de Gallipoli y confirmó a la Iglesia la bondad de su “caminito”, abriendo las puertas a su beatificación
El 12 de julio de 1897, agotada por la tuberculosis y con la muerte ya cercana, sor Teresa del Niño Jesús le confesaba a la priora, la madre Inés de Jesús, su hermana carnal:
«Nada me queda en las manos. Todo lo que tengo, todo lo que gano, es para la Iglesia y para las almas. El Salvador tendrá que satisfacer todas mis voluntades en el Cielo, porque yo no he hecho nunca mi voluntad en la tierra».
Su hermana le preguntó: «Nos mirarás desde lo alto del cielo, ¿no?».
Teresa, sorprendentemente, respondió:
«No, bajaré».
Diez años más tarde, el texto francés de Historia de un alma, la autobiografía de Teresa, estaba ya sobre la mesa del papa Pío X. Hacía algún tiempo que también se había publicado una traducción no oficial en italiano que terminó en las manos de sor Maria Ravizza, una religiosa que llegó a Lecce en 1905 para dirigir un colegio femenino de su Congregación, las hermanas Marcelinas.
Fue ella quien, en 1908, habló por primera vez con la priora del Carmelo de Gallipoli de esta carmelita de Lisieux que había muerto poco antes en olor de santidad. La madre María Carmela del Corazón de Jesús tenía la misma edad que Teresa y muchos problemas a los que hacer frente en aquella comunidad que ya entonces comenzaba a presentir una crisis económica generalizada en toda Italia que llevó al monasterio al año siguiente casi a la ruina. La priora le pidió prestada la Historia de un alma, se quedó muy impresionada y se lo dio a conocer a las hermanas.
Trescientas liras eran una fuerte suma en 1910. Esta era la deuda acumulada por el monasterio, que las hermanas no eran capaces de pagar con las labores de bordado y la preparación de las hostias para la diócesis. Al principio del año la madre María Carmela, convencida de que la pequeña Teresa la iba a escuchar, decidió celebrar un triduo a la Santísima Trinidad para pedir, con la intercesión de sor Teresa del Niño Jesús, una solución a los graves problemas de subsistencia del monasterio.
«La confianza hace milagros», había escrito una vez Teresa a su hermana Celina, invitándola a rezar siempre, sin cansarse.
Y así, la respuesta a las oraciones de la madre María Carmela no se hizo esperar.
En la noche del 15 al 16 de enero, la priora soñó con una joven carmelita que le sonreía y la invitaba a ir con ella al cuarto del torno, donde se encontraba la cajita con el papel de la deuda:
«Oye», le dijo, «El Señor se sirve de los Celestes como de los terrestres, aquí tienes quinientas liras con las que pagarás la deuda de la comunidad».
La priora protestó diciendo que la deuda era de trescientas liras, pero ella replicó:
«Entonces las otras sobrarán, pero tú no puedes tenerlas aquí en la celda, ven conmigo».
Pensando que soñaba con la Santa Virgen, la madre María Carmela la llamó con ese nombre, pero oyó que le respondía:
«No, hija mía, no soy nuestra Santa Madre, soy la sierva de Dios sor Teresa de Lisieux»
De este modo anticipaba Teresa, atribuyéndose aquel título, la apertura del proceso de beatificación que se estaba preparando y que fue inaugurado el 12 de agosto de aquel mismo año
A la mañana siguiente, en la caja se encontraron efectivamente, para el estupor de toda la comunidad, quinientas liras recién emitidas.
La madre María Carmela se apresuró a escribir a Lisieux una carta (véase más abajo) en la que describía el milagro detalladamente, lo cual llenó de conmoción a la madre Inés de Jesús, sobre todo por un detalle al que la priora de Gallipoli no le había dado toda su importancia: en el sueño, después de entregar el dinero, Teresa se disponía a irse; la priora la detuvo diciendo: «Espere, ¡podría errar el camino!», pero Teresa le respondió:
«No, no, hija mía, mi camino es seguro, ¡no me lo he errado!».
«Ningún milagro me ha asombrado más que este último»
Sor Teresa del Niño Jesús había confirmado de este modo su “caminito”, que ahora podía seguirse sin incertidumbre. La madre Inés respondió de este modo a la priora de Gallipoli el 4 de marzo de 1910: «Mi reverenda y buena madre, imagine con qué gozo hemos recibido su interesante relación. Teresa nos había dicho cuando estaba aquí abajo:
“Si mi camino de confianza y de amor levanta sospechas, os prometo que no os dejaré en el error. Yo volveré para avisaros y, si este camino es seguro, también vosotras lo sabréis”.
Y precisamente a usted, madre queridísima en Jesús, le ha venido a decir este ángel cómo están las cosas:
“Mi camino es seguro y no me lo he errado”.
Quizá le ha dado usted un significado literal a esta frase, pero aquí las cosas son distintas. Lo que admiro, vuelvo a decir, es que Teresa haya venido a decírnoslo precisamente en el momento en se ocupan de su causa, cuando se está estudiando su “camino”. Oh, madre mía, desde su muerte mi pequeña Teresa ha hecho muchos milagros, pero ninguno me ha asombrado más que este último».
También por esto al milagro de Gallipoli le fue reservada una sesión especial del proceso de beatificación. La santa, en los últimos años de su vida, sobre todo en el llamado “manuscrito B”, había condensado la doctrina de su “caminito”, que por su límpida sencillez le merecería, un siglo después, el título de doctor de la Iglesia. De este tema había hablado a menudo también con una joven novicia a la que tenía mucho cariño, sor María de la Trinidad, que también declaró en el proceso. También ella había recibido la promesa de que la avisaría desde el Cielo sobre la bondad de las enseñanzas recibidas:
«Una vez, sor Teresa me preguntó si yo abandonaría, después de su muerte, el caminito de confianza y de amor. “¡Por supuesto que no!”, le dije: “Creo en él tan firmemente que me parece que, si el Papa me dijera que estás engañada, no podría creerlo”.
“Oh”, añadió ella vivamente, “habría que creer al Papa antes que nada, pero no temas que él vaya a venir a decirte que cambies de camino; yo no le dejaría tiempo, porque si al llegar al Cielo me enterase de que te he llevado al error, conseguiría del buen Dios el permiso para venir inmediatamente a avisarte”».
Cuando le pidieron que aclarara el contenido de estas enseñanzas, sor María de la Trinidad explicó:
«Lo que sor Teresa llamaba su “caminito de infancia espiritual” era el tema continuo de nuestras conversaciones. “Los privilegios de Jesús son para los pequeños”, me repetía. Era inagotable sobre la confianza, el abandono, la sencillez, la rectitud, la humildad del niño pequeño, y me lo proponía siempre como modelo. Un día que yo le manifestaba mi deseo de tener más fuerza y energía para practicar la virtud, ella repuso:
"¿Y si el buen Dios te quiere débil e impotente como un niño, crees tener menos mérito? Acepta por lo tanto, vacilar a cada paso, incluso caer, llevar tu cruz débilmente, ama tu impotencia, tu alma no tendrá más provecho que si, transportada por la gracia, logra con entusiasmo acciones heroicas, que llenasen tu alma de satisfacción personal y de orgullo"
En otra ocasión, en que me apenaba aún por mis caídas, me dijo:
"¡Aquí estás aún fuera del caminito! Una pena que abate y desanima viene del amor propio; una pena sobrenatural da más ánimo, da un nuevo impulso para el bien; se es feliz de sentirse débil y miserable, porque cuanto más se lo reconoce humildemente, esperándolo todo gratuitamente del buen Dios sin ningún mérito por nuestra parte, más se abaja el buen Dios hacia nosotros, para colmarnos con sus dones generosamente”».
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Un milagro que dura un año
Pero el “milagro de Gallipoli” no se limitó al acontecimiento de enero de 1910. A aquel primer “regalo del Cielo” le siguieron otros, y siempre con el objetivo de aliviar las deudas del monasterio. En las entradas de finales de enero se encontró en la caja un superávit inexplicable de veinticinco liras, que se repitió hasta abril.
El mes de mayo, la madre Carmela volvió a ver en sueños a la pequeña Teresa, que la tranquilizó sobre la repetición del milagro y le prometió que encontraría en la cajita un nuevo billete de cincuenta liras. Pero lo que encontraron fue nada menos que tres. En fin, en agosto, aparecieron otras cien liras. En aquel mismo mes se abría en Lisieux el proceso de beatificación.
Para aclarar tantos sucesos misteriosos llegó a Gallipoli el vicepostulador de la causa, monseñor de Teil. La narración de la madre Carmela se mantuvo conforme a la precedente relación enviada a la priora de Lisieux.
Mientras tanto, el obispo de Nardò, Nicola Giannattasio, se enteró de la prodigiosa suma encontrada por la priora. Sabía también que las carmelitas, deseosas de embellecer la pobre iglesia del monasterio, habían comenzado otra vez a invocar a su pequeña hermana de Lisieux para conseguir la suma necesaria, unas trescientas liras. Así que, para testimoniar su devoción hacia Teresa y celebrar el primer aniversario del milagro, a principios del año pensó ofrecer al Carmelo una suma equivalente a la que había sido encontrada el anterior mes de enero. Tomó un billete de quinientas liras y lo metió en un sobre. Metió en él también uno de sus billetes de visita, sobre el que escribió:
«In memorian, Mi camino es seguro, yo no me he equivocado, sor Teresa del Niño Jesús a sor María Carmela, Gallipoli, 16 de enero de 1910. Orate pro me quotidie tu Deus misereatur mei».
En este sobre, que dejó abierto, volvió a escribir «In memoriam». Metió luego el sobre en otro más grande, que cerró con un sello de cera, con sus insignias episcopales. En lugar de la dirección, el obispo escribió esta recomendación:
«Colocar en la cajita de siempre y que la abra la madre priora, sor María Carmela del Corazón de Jesús, el 16 de enero de 1911».
Hizo llegar el sobre al Carmelo y, algunos días después, con motivo del aniversario, se acercó él mismo hasta allí a predicar los ejercicios espirituales.
Nada más llegar, se enteró de que el sobre estaba intacto y que seguía en la cajita donde había sido colocada, según su deseo. La madre Carmela, invitada por el obispo, fue a tomar el sobre, quitó el sello, la abrió y se la pasó a monseñor Giannattasio, que se quedó asombrado de encontrar dentro cuatro nuevos billetes: dos de cien liras y otros dos de cincuenta, por un total de trescientas. El obispo pensó que su billete había sido cambiado por otros de menor valor, pero se quedó asombrado al ver que el billete de quinientas liras seguía en su lugar, en el sobre más pequeño. No le cabía en la cabeza.
La priora entonces afirmó:
«Este dinero es suyo, cuéntelo. Si hay trescientas liras de más, ¿no serán las que la comunidad ha pedido con tanta confianza a sor Teresa?».
No nos asombra, pensándolo bien, que Teresa se sintiera conmovida precisamente por una petición hecha con aquella “tanta confianza”, propia del niño, que representa el propio núcleo de su “pequeño camino”. Y además, también Teresa sabía lo penosa que era la situación de quien no puede pagar sus deudas. En la última fase de la enfermedad había sabido a su pesar que había sido dispensada también del Oficio de difuntos que toda carmelita ha de rezar por las hermanas fallecidas en todos los monasterios del mundo. Y a la madre Inés le había dicho:
«No puedo apoyarme en nada, en ninguna obra mía, para tener confianza. Me hubiera gustado mucho poder decirme a mí misma: estoy en paz con todos mis Oficios de difuntos. Pero esta pobreza ha sido para mí una verdadera luz, una verdadera gracia. He pensado que en toda mi vida no he podido satisfacer una sola deuda mía hacia el Señor, pero que esto era para mí una verdadera riqueza y una fuerza si lo aceptaba. Entonces hice esta plegaria:
“Dios mío, te lo suplico, paga la deuda que tengo con las almas del Purgatorio, pero hazlo como Dios, es decir, infinitamente mejor que si yo hubiera dicho mis Oficios de muertos”.
Me acordé con gran dulzura de aquellas palabras del Cántico de san Juan de la Cruz: “¡Y toda deuda paga!”. Yo siempre había aplicado esto al amor. ¡Siento que una gracia así no se puede devolver! Se encuentra una paz tan grande siendo tan íntegramente pobre, contando sólo con Dios misericordioso».
A este amor, a esta pobreza, a esta paz Teresa había añadido desde el Cielo una caridad superabundante y muy concreta.
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Carta enviada por la priora del Carmelo de Gallipoli a Lisieux en 1910 con la historia del milagro
Damos a conocer el texto de la carta enviada por la priora del Carmelo de Gallipoli, madre María Carmela del Corazón de Jesús, a Lisieux, dirigida a la madre Inés de Jesús, hermana de Santa Teresa del Niño Jesús de la Madre María Carmela del Corazón de Jesús
La carta autografiada de la madre María Carmela, priora del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Gallipoli, a la madre Agnes, con la historia del milagro; a la derecha un retrato de Sor María Carmela del Corazón de Jesús
La carta autografiada de la madre María Carmela, priora del monasterio de las Carmelitas Descalzas de Gallipoli, a la madre Inés de Jesús, con la historia del milagro:
Carmelo de Gallipoli, 25 de febrero de 1910
Muy reverenda Madre Inés de Jesús,
Que la gracia del Espíritu Santo esté siempre en el alma de vuestra reverencia. Amén.
Le pido disculpas por la demora involuntaria en responder a sus dos apreciadísimas cartas. Muchas circunstancias me han hecho faltar a este deber sagrado y usted, tan buena, ciertamente me compadecerá.
¡Imagínese con cuánto cariño he disfrutado con sus escritos y qué afortunada me considero de poder encomendarme a la oración de una hermana mía y hermana carnal de la queridísima sor Teresa del Niño Jesús, mi íntima confidente! Esta hermosa Alma, aunque en el Cielo, goza de estar y hacer el bien en esta tierra, especialmente a las almas pecadoras, así que no se sorprenda, reverenda madre mía, si la querida Sor Teresa, como ángel intercesor con el Corazón de Jesús, se ha dignado conceder un milagro en nuestro monasterio, sirviéndose del ser más abyecto de esta santa comunidad [...]. Por eso le envío el informe en italiano que usted desea, pero guárdelo en privado, ya que en Roma hay un gran documento con la firma no solo de todas las monjas,
¡sino además del ilustrísimo monseñor obispo y de una Comisión de reverendos religiosos entre los cuales incluso la de un santo padre de la Compañía de Jesús!
La noche anterior al 16 de enero de este año, lo pasé un poco mal con sufrimientos físicos. Dieron las tres y, casi exhausta, me incorporé un poco en la cama como para refrescarme y me quedé dormida. En el sueño mismo, me pareció sentirme tocada por una mano que, tirando del cobertor, me cubría amorosamente. Creí que una de mis monjas había venido a hacerme caridad, y sin abrir los ojos dije: "Déjame, no me abaniques, estoy toda sudada, esto no es bueno, siento realmente que me falta la vida". Entonces una voz desconocida me dijo:
"No, hija mía, es algo bueno y no te quita la vida".
Sin dejar de taparme y sonriendo continuó:
"Oiga, el Señor usa de los Celestes como de los terrestres, estas son quinientas liras con las que pagará la deuda de la comunidad”.
Y cuando le respondí que la deuda de la comunidad era de trescientas liras, prosiguió:
"Quiere decir que las otras quedarán de más, mientras tanto no puedes tenerlas en tu celda, ven conmigo".
Sin responder, pensé: “¿Cómo voy a levantarme toda sudada?”. Y de inmediato penetrando en mis pensamientos agregó con una sonrisa:
“Habrá una bilocación”.
Y me encontré ya fuera de mi celda en compañía de una joven carmelita, de cuyas ropas y velo resplandecía una luz del Paraíso que nos servía de escolta. Me llevó al cuarto del torno, me hizo abrir una cajita que contenía la cuenta de la deuda de la comunidad y me entregó las quinientas liras. La miré con gozoso asombro y me postré en el acto para agradecerle diciéndole: "¡Santa Madre mía!" Pero levantándome y acariciándome con cariño prosiguió:
“¡No, hija mía, no soy nuestra Santa Madre, soy la sierva de Dios, Sor Teresa de Lisieux…!¡Hoy hay fiesta en el Cielo, fiesta en la tierra!... ¡siendo el Nombre de Jesús!”.
Yo conmovida, asombrada, sin saber qué decir, más con el corazón que con los labios, dije: ¡Mamma mia! ¡esta violencia continua… no puede continuar más! Entonces la Celeste Monja colocando su mano sobre mi velo como para arreglarlo y con una caricia fraterna se alejaba lentamente. "Espera, le dije, podrías errar el camino". Y con una sonrisa angelical me respondió:
“¡No, no, hija mía, mi camino es seguro y no lo he errado!”.
Me desperté, me sentía un poco demasiado cansada, pero haciéndome fuerza me levanté, fui al Coro, a la Sagrada Comunión, etc… Las monjas me miraban y, al verme en mal estado, querían decididamente llamar al médico. Pasé a la sacristía y encontrando a los dos sacristanas que querían decididamente hacerme ir a la cama y llamar al médico, para evitar todo esto les dije que la impresión de un sueño me había sacudido un poco, y se lo conté con toda ingenuidad. Estas dos monjas me obligaron a ir a abrir la cajita, pero les respondí que no se debe creer en los sueños y que incluso es pecado. Pero su insistencia fue tal que por pura complacencia me acerqué al torno, abrí la cajita y... ¡realmente encontré la milagrosa suma de quinientas liras!
¡Dejo el resto a su consideración!¡Mi reverenda madre, todos nos sentimos confundidos por tanta condescendencia y anhelamos el momento de ver en los altares a la pequeña hermana Teresa y nuestra gran protectora!
¿Me enviará la vida de ese Ángel en italiano? Se lo agradeceré inmensamente y le estaré eternamente agradecida. Le agradezco de todo corazón la querida figurita que me envió. Que el buen Dios la recompense abundantemente por tanta caridad.
Reciba los más sentidos respetos de toda la comunidad que se encomienda a sus santas oraciones.
¡Y ahora permítame que yo de modo especial le recomiende mi pobre alma! Rezará mucho por mí, estoy segura. ¡Considéreme como una hermana suya (¡aunque muy indigna!) ya que tengo la misma edad que su hermana celestial!
Saludos fraternos a su querida comunidad, mi buena madre, y créanme en el Señor.
De su reverenda humilde, hermana y sierva,
Sor María Carmela del Corazón de Jesús, rci




